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¿Sos espectador o agente de cambio?

Mark Twain decía que es más fácil engañar a las personas que convencerlas que han sido engañadas. Sí, la verdad duele y la negación es cómoda; y si la verdad incómoda toca mis intereses o los del clan al que pertenezco, destruyendo todo lo que aprendí y construí en mi mente, creando una disonancia cognitiva, el mundo se viene abajo.

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Una situación similar ocurre cuando una sociedad como la guatemalteca, que ha desfuncionado desde la concepción misma del Estado, empieza a hacer las cosas de otra forma y comienza a llamar a las cosas por su nombre. Como pasa con “democracia”, que por fin empieza a ser compatible con conceptos como Estado de derecho, aplicación de la justicia y el fin de los privilegios. Asimismo, cobra conciencia de que la corrupción no ocupa a un solo sector, sino que potencialmente es el resultado de dinámicas ancestrales de abuso de poder e impunidad que dejan a la ciudadanía sin recursos y sin opciones.

El tsunami, y la serie de eventos –desafortunados para unos, acertados para otros– que pretenden desarticular las redes de corrupción en Guatemala, revelan nuevas categorías entre la ya dividida sociedad. Todo proceso de cambio cuenta con fuerzas promotoras y resistentes, con lo cual es esencial plantearse de qué lado se quiere estar. Guatemala está haciendo historia, es un ejemplo para otros países de la región y del mundo; pero no solamente se trata de prestigio, sino de un proceso interno de escribir su historia, donde cada ciudadano procure no acabar en la página equivocada.

Las dos categorías o roles fácilmente detectables son los perpetradores y los justicieros. Los justicieros tienen la autoridad y el poder de denunciar y perseguir a quienes han abusado de sus propias posiciones de poder para aprovecharse de los recursos públicos con fines personales. Estos justicieros incluyen naturalmente al MP, la CICIG, uno que otro juez, agentes externos, algunos miembros de la sociedad civil organizada y de los medios de comunicación (algunos, pues naturalmente no todos actúan con responsabilidad y muchas veces comprometen su rol fiscalizador).

Los perpetradores, quienes abusan de sus posiciones de poder para alcanzar objetivos personales, básicamente son los tramposos. Buscan ventajas y tener acceso a recursos mediante transacciones opacas, haciendo uso de privilegios y lavando conflictos de intereses. La trampa como elemento inseparable de la injusticia es la esencia misma de una acción corrupta, porque desgarra la columna vertebral de la democracia y detiene el desarrollo. Se usan recursos que nos pertenecen a todos por igual para hacer avanzar intereses privados, como resultado de alianzas público-privadas.

Por último, hablemos del observador o bystander. Esta persona, si bien no se ensucia las manos, sí forma parte del juego sucio, pues sabe quiénes están rompiendo las reglas, sabe del daño que causan y, lo más grave, es que no hace absolutamente nada al respecto. El observador no se atreve a decirle nada al tramposo, no quiere pasar por la incomodidad de incomodar, de hacer preguntas, de dejar de visitar su casa en el Puerto, ni romper relaciones. No se trata del que no se entera y vive en una burbuja; es el que podría darle vuelta al juego pero no se arriesga, pone excusas o se hace de la vista gorda.

Tiene que venir un agente ajeno, un outsider, a mover el árbol para que finalmente se caigan las manzanas podridas. Del tramposo sabemos qué esperar, pero del observador solamente quedan sorpresas e inconsistencias. Como los ciudadanos que en abril de 2015 gritaban en la Plaza pidiendo limpiar a Guatemala de corrupción, pero hoy ven esa limpieza como amenaza. El observador es encubridor del perpetrador aunque no sea responsable ante la ley ni se lleve dinero al bolsillo.

La ignorancia y el miedo impiden que el ciudadano pase de observador a denunciante y deje de tolerar la trampa y la injusticia, convirtiéndose así en factor de cambio. Pero: ¿qué se necesita para que todos vean lo que ven los justicieros y esos pocos ajenos que nadan contra la corriente?, ¿y por qué a algunos ciudadanos les cuesta tanto quitarse la venda de los ojos? El sentido de pertenencia, el temor al aislamiento, así como la falta de sentido de responsabilidad son determinantes para seguir en negación ante las pruebas de que el sistema no puede continuar como hasta ahora.

Previsiblemente, una persona que deje de adorar al clan, cuestione sus principios y se atreva a desafiar las convicciones y paradigmas culturales creados, puede llegar a una posición donde no tiene nada que perder y ya no le deba nada a nadie. Si ya no tiene nada que perder, deja de tener miedo y se atreve a actuar. Esa necesidad de pertenencia y aceptación dentro de un grupo es sustituida por un nuevo conjunto de principios y valores ciudadanos, que constituirá la piedra angular de la nueva nación.

Solamente desarmando el andamiaje de creencias que sostiene a una sociedad, se podrá concebir una realidad distinta. Mientras eso no ocurra, los ajustes serán superficiales y de corto plazo. No hay una solución simple a la corrupción, pero la condena social juega un papel indispensable dentro del cambio de paradigma. La transición de la indiferencia a la integridad cuando se trata de expresiones tanto menores como espeluznantes del uso de los recursos públicos para beneficio privado, debe ser la nueva piedra angular.

Berna, 2 de agosto de 2016

Mariana Castellanos
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Guatemalteca por decisión y gitana por destino, recorre el mundo buscando desaprender para aprender. Estudia la corrupción y la fiscalización social - promueve su conocimiento y concientización. Cuestiona, investiga, escribe y baila mientras cocina.


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