Convivimos con la muerte y así nos afecta

La primera vez que la muerte me visitó fue un día antes de cumplir mis tres años de vida.   Por supuesto, en aquel entonces no me di cuenta de la magnitud de lo que había ocurrido.   Y aunque mi padre me dejó una madre maravillosa para que me cuidara, a veces anhelo su presencia en mi vida o al menos tener una foto junto a él.   Pasaron los años y en mi infancia siempre estuvo presente la muerte de forma muy cercana.  

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Esta es una opinión

El ocaso de la vida.

Recuerdo que no hubo un sólo año en que no tuviera que estar preparando mi ropa de color negro para acompañar a las familias ya sea de parientes o amigos cercanos.   Nunca sabía qué palabras de consuelo dar, pues suponía que nadie quería escuchar lo que yo tenía qué decir en esos momentos y sigo pensando lo mismo.

A mis dieciséis, mi vida nuevamente se tiñó de blanco y negro.  Esta vez arrebatándome a mi hermana mayor. Esa fue la primera vez que sentí el verdadero impacto de la muerte y me di cuenta que nunca se está preparado para vivir esa experiencia.  El darse cuenta de que ya nunca más se escuchará la voz de ese ser querido o que ya no volveremos a verle a los ojos hace que nos duela el alma, que nos duela vivir.   Y aunque cada persona vive su duelo a su manera, no creo que haya alguien que salga indemne ante la muerte de un ser querido o una persona significativa en su vida.

La muerte nos detiene, nos obliga a hacer una pausa en nuestra vida o al menos eso sería lo mas saludable hacer para darnos la oportunidad de procesar el duelo.   La tristeza que sentimos al experimentar la muerte de un ser amado es un sentimiento válido que se supera solamente permitiéndonos sentir; es el tiempo el que luego hace su trabajo.  La muerte es misteriosa y cada persona la percibe influida por su visión y concepción del mundo, por sus propias vivencias y otros aspectos culturales o religiosos.   A veces las pérdidas ajenas también nos impactan mucho; tal vez porque nos conmueve el dolor ajeno, o tal vez porque nos conectan con nuestras propias emociones y nuestras propias pérdidas.

Años después, he descubierto que la muerte también es vida.  La muerte nos trae una inmensa tristeza, pero también nos permite abrazar a otros para consolar o buscar consuelo; nos trae lágrimas, pero también nos puede traer reconciliaciones con viejos amigos o parientes.  Y aunque los momentos de desesperación nos invadan, en el momento del adiós, la muerte es capaz de romper, por un instante, con los divisionismos y estremecer a las personas en un mismo sentir.

Al despedirnos de nuestro ser querido, nos conectamos tanto con nuestras emociones que en ese instante volvemos a ser como niños, concretos, primitivos, como esa niña de tres años que no comprendía nada.  La muerte, cruel e inesperada, me seguirá visitando por siempre y con cada visita me recordará lo frágil que es la vida.

La muerte nos arrebatará a las personas que amamos, otras veces se llevará a esos seres maravillosos e incondicionales que llamamos mascotas y que también nos dejan un vacío irremplazable.

En el mes de noviembre, muchas personas visitan a sus muertos o hacen rituales que por instantes crean una conexión espiritual única.  Me gusta noviembre, me gusta ver los barriletes que se elevan por el cielo, recordándonos, además, que la vida aunque a veces nos parezca blanco y negro, sigue siendo de colores.

Angelina González A.
/

Indignada que aún conserva su optimismo. Adepta del yoga y del tango. Irreverente, de mente abierta, de espíritu libre y amante de la soledad. Disfruta apreciar una puesta de sol, la luna y las estrellas. Poeta, cuando la poesía decide visitarla.


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COMENTARIOS

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    Carmen /

    01/11/2017 1:03 PM

    Muy bueno!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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