El mensaje subliminal en ‘la Bella Durmiente’ y en ‘la Bella y la Bestia’

De una Aurora pasiva pasamos a una Bella que prefiere la lectura y que cree que está en ella salvar al "príncipe", un mensaje perturbador presente en la violencia intrafamiliar.

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Esta es una opinión

Diseño: Diego Orellana

Es parte de esta serie: 
1. Psicología: Los cuentos infantiles no son tan infantiles, Blanca Nieves
2. Revisitando a la abuelita: Caperucita frente a su deseo

 

La película La Bella Durmiente fue presentada en 1959, sus características –propias de la época– demostraban una pasividad marcada en Aurora. La protagonista permanece escondida hasta que llega a una edad casamentera, crece ingenua e ignorante en su crianza. ¿Quién olvida su cinturita y su facilidad para enamorarse en cinco minutos de alguien que vio “una vez en un sueño”?

El cuento original, que se origina en la tradición oral, es profundamente macabro, lo escribió Giambattista Basile en 1634. Talía, no Aurora, es “sedada” y despierta años después con dos hijos (Luna y Sol) producto de violaciones mientras estaba dormida (¿suena familiar?). Aquí no es un príncipe sino un rey casado, y una reina que intenta matar a la “amante” y a los niños. Como, afortunadamente, no podemos borrar la historia por completo, algo del relato original de Talía se retoma en la versión de 2014 con “Maléfica”. Esta denuncia los vejámenes que sufrió “la bruja” por parte del padre de Aurora, por lo que ella anhela venganza. Esta película también forma parte de las nuevas versiones de los cuentos de antaño, en las que se presentan protagonistas algo más empoderadas.

Las versiones de la Bella Durmiente de Perrault (1697) y los hermanos Grimm se (1812) recurren al huso (la aguja de los hilares en la película de Disney) que atrae a la princesa y la hace sangrar. Este guarda la semblanza que ya hemos explorado del elemento rojo, lo punzante de la primera experiencia; a tal punto que ante el maleficio de la ofendida bruja, los padres mandan a esconder todos los husos del reino, para evitar que la niña se pinche y se consume la maldición. Es difícil para mí no pensar en tanta resistencia a la educación sexual, y cómo en la mente de muchas personas, esconder la información evitará que les “pique”. Tal como en la película de 1959, esconder la información sólo la hará más vulnerable a las peores versiones de la sexualidad ignorante.

“La Bella Durmiente” fue la última película clásica de princesas que lanzó Disney, fue hasta en 1989 que estrenó “La Sirenita”, para luego llegar a “La Bella y la Bestia” en 1991. El dato que nos compete para este texto es que es la primera película que tiene una protagonista que no es princesa, y vaya las cosas que se desatan con tal diferencia.

La película comienza con una chica más entretenida en leer (con marcados simbolismos de la “Época de la Iluminación” francesa) que en hacerle caso al chico guapo y codiciado por todas las demás. Además, si bien se mantiene el “espinudo y picante” tema del elemento rojo en la narración con la rosa que se deshoja (¿desflora?), el que está condenado por una bruja es el hombre, por vanidoso y grosero. Parecen cambios sutiles, pero importantes en cuanto a los mandatos inconscientes que recibimos.

Como si esto fuera poco, fue una mujer (Jeanne-Marie Leprince de Beaumont) quien en 1756 publica la obra. Hay diferencias importantes cuando nos historizamos unas a otras y cuando son otros los que nos cuentan los cuentos.

Otro dato que nos compete para marcar la transformación de la protagonista de los cuentos de hadas, es el rol del padre. El de la Bella es un inventor fantasioso, viudo y prácticamente ciego, quien la expone torpemente a las garras de su captor.

Algo se logra entre estas dos figuras, una Bella Durmiente pasiva y una heroína que lee y que es la llamada a salvar a su padre y a su pareja. Sin embargo, ese logro se desvanece ante el mensaje profundamente perturbador y perpetuado en tantos ciclos de violencia intrafamiliar: “con suficiente amor, transformaré a esta burda bestia”.

***

Seguiremos explorando la imagen de que nuestro cariño debe transformar a quien no quiere ni puede cambiar en nuestra próxima entrega: El síndrome de Wendy, el mito del “chico malo”. Hasta entonces que encuentren compañía en los lazos de la sororidad.

Es parte de esta serie: 
1. Psicología: Los cuentos infantiles no son tan infantiles, Blanca Nieves
2. Revisitando a la abuelita: Caperucita frente a su deseo

Claudia Castro Ruiz
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Orgullosa guatemalteca. Dice mi mamá que soy heredera de hadas y amazonas, y que soy psicóloga porque no he querido ser psíquica. Me fascina la mente humana. Del mundo y su magia, lo que más me interesa es presentárselo amablemente a mi hija.


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