Efraín Ríos Montt vive como recuerdo de una realidad atroz

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché acerca de Efraín Ríos Montt. En mi casa, su nombre siempre estuvo presente, al igual que el de Romeo Lucas García. Mi madre, secretaria oficinista en la Central Nacional de Trabajadores (CNT), nos contaba con la voz bien baja, sobre los crímenes cometidos por el Ejército a finales de la década de 70 y principios de los 80.

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Esta es una opinión

Efraín Ríos Mont declara ante el tribunal en el juicio por genocidio.

Foto: Plaza Pública / Sandra Sebastián

El libro “Masacres en la selva”, de Ricardo Falla, también estuvo en algún lugar de la casa. No era una lectura para niños, pero la advertencia de no comentar con nadie más sobre la presencia de ese libro sólo aumentó mi curiosidad para hojearlo. Me centré en las narraciones sobre los casos emblemáticos de la violencia porque era lo único que entendía. Fue la primera vez que leí sobre los crímenes cometidos por el Ejército en contra de la población indígena de Quiché.

Recuerdo haber sentido mucha tristeza y miedo. Terminé de comprender por qué mi mamá hablaba quedo sobre esos hechos. Me impactó la posibilidad de darle muerte a bebés, niños, niñas, mujeres embarazadas y abuelos, de la manera más horrenda. Desde entonces, los apellidos Ríos Montt y Lucas García retumbaron en mi cabeza y se asociaron con el terror.

Vino la paz y la publicación del informe “Nunca más” como un inserto en algún periódico. Ahí estaban, otra vez, las escenas más terribles y los hechos más crueles en contra de la población indígena: masacres, violaciones sexuales, golpes, asesinatos, quema de viviendas y de cosechas, fosas, la huida de los sobrevivientes hacia la montaña y la selva.

Entonces se instalaron la rabia y la indignación. La convicción sobre la necesidad de conocer los hechos y buscar la justicia para las víctimas y sus familiares, se convirtió en uno de los valores de vida que creí eran compartidos por la mayoría de guatemaltecos. Pensé que nadie hablaba sobre esto por el miedo que había dejado la dictadura militar. Creí que todos estaban convencidos sobre la necesidad de procesar a los represores.

Pero la dominación no llegó muy lejos. El juicio celebrado en 2013 por el delito de genocidio contra la población ixil, en donde se procesó a Efraín Ríos Montt y a Mauricio Rodríguez Sánchez, develó los alcances del discurso racista a favor de la violencia en contra de los indígenas.

Los argumentos vertidos por líderes de opinión y representantes de los sectores más conservadores de este país y de las élites económicas que se beneficiaron de la violencia militar, fueron repetidos por una buena parte de guatemaltecos en las redes sociales y otros espacios de discusión. Entonces, se instaló la idea de que el juicio estaba sesgado, que no se probó que hubo genocidio, que los testigos mintieron, que las pruebas eran falsas, que Ríos Montt no era más que el objetivo de la venganza de una guerrilla derrotada.

Estas mentiras sostuvieron una aparente impunidad a favor del dictador, del genocida, del sanguinario (como lo llamaron medios internacionales al reportar su muerte). Dentro del sistema de justicia, Ríos Montt tuvo a su favor a operadores que trataron de frenar el avance de la verdad propiciados por los sobrevivientes del genocidio. Fueron varios los jueces que avalaron el litigio malicioso que llevó a cabo la defensa de los acusados al no contar con argumentos para debatir las pruebas científicas, los testimonios de las víctimas y los peritajes.

El último golpe lo dieron los entonces magistrados de la Corte de Constitucionalidad Héctor Pérez Aguilera, Alejandro Maldonado y Roberto Molina Barreto, quienes anularon el juicio por una cuestión de forma, y con ello se trajeron al suelo la sentencia en donde se reconocía una verdad histórica, probada en los tribunales: Efraín Ríos Montt fue culpable del delito de genocidio contra la población ixil.

Ahora, con la muerte del dictador, se pretende imponer otra mentira: Que el general vivió sus últimos años como un héroe y que murió en libertad. Pero no. Efraín Ríos Montt murió preso, llevaba años sin poder salir del país porque había una orden de captura internacional en su contra. Huía de la justicia y enfrentaba un segundo juicio por los actos atroces cometidos contra la población ixil. Sus familiares corrieron para enterrarlo pocas horas después de anunciar su muerte.

Pero Ríos Montt sí fue consciente de lo que hizo. Escuchó los testimonios de las víctimas y de los sobrevivientes. Supo, porque fue el responsable, de esas historias que a mí me contaron y que leí en los informes. En la Sala de Vistas del Palacio de Justicia, el 10 de mayo de 2013, cuando fue hallado culpable del delito de genocidio, escuchó su sentencia. Ese día, al mismo tiempo, él y yo escuchamos lo siguiente:

“Porque usted, Efraín Ríos Montt (…) utilizó el aparato de Estado para la identificación del grupo étnico maya ixil, como enemigo interno, aún y cuando fuese población civil no combatiente, en ese marco, las acciones ejecutadas por usted, inherentes a su potestad de mando del Ejército, así como los operativos militares ejecutados bajo sus órdenes, y responsabilidad de supervisión y control estaban dirigidos a la eliminación del grupo étnico maya ixil”.

Es cierto que nunca vimos al dictador tras las rejas, pero no hizo falta. La verdad histórica que plantea la sentencia por genocidio basta para que perdure la figura del represor en la memoria colectiva. Por ello, Ríos Montt nunca morirá. Será el recuerdo permanente y una advertencia sobre una realidad atroz que no podemos repetir.

Ricardo Marroquín
/

Soy periodista, comunicador social, catedrático universitario, con una maestría en Estudios Estratégicos y en proceso de elaboración de la tesis de Sociología. Soy, además de fanático de los rompecabezas de mapas antiguos, cinéfilo y lector permanente de literatura, historia, periodismo y teoría social.


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    Moises Lopez /

    17/04/2018 8:44 PM

    Me parece que alguien deberia ir y desenterrar su cadaver para desaparecerlo y ver que sentimiento tienen sus familiares, que esa rata sea quemada y desaparecida en una letrina, que ahunque muerto no terminara de pagar en el infierno todas sus fechorias, con sus evangelios del diablo y su ipocrita hijita que se cre mas inteligente que el perro que la engendro.
    Sus excrementos de decendientes deberian tener verguenza de llevar ese apellido malinchista, que de "Montt" n'avais rien car les francais sont un grand peuple humaniste. Entendistes rata en el infierno?

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Ileana Gonzalez /

    05/04/2018 8:04 AM

    Su testimonio es de suma importancia en este tema tan controversial. Me parece increíble que tanta gente enaltezca la memoria de Efraín Ríos Montt, cuando se ha encontrado tantísima evidencia de macabras torturas y horrendos asesinatos masivos, además de los testimonios de
    miles de víctimas y testigos de las
    massacres que lideró este personaje.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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