El problema no es la fuga de cerebros, es que así no se puede vivir

Por motivos de estudios he vivido fuera del país y regresé, por unos meses, con el fin de aportar con investigación. El broche de oro fue presenciar un asalto a mano armada, pocos días antes de partir. Lo más difícil han sido las semanas posteriores porque, aunque una parte de mí desearía olvidarlo –porque al fin y al cabo no soy la primera ni la última a la que la pasa algo tan “común”–, me rehúso a restarle importancia a un evento que pudo acabar con mi vida o con la de alguien que quiero.

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Esta es una opinión

Vecino del hospital General San Juan de Dios se asoma a la ventana luego de que estallara una granada. Marzo, 2015.

Foto: Carlos Sebastián (archivo)

Lo que más me ha afectado es percatarme que en un entorno como en el que vivimos, difícilmente se pueden establecer relaciones sanas. ¿Qué tan sano puede ser formar una familia en ese entorno? ¿Qué tan sano es vivir con la típica paranoia del guatemalteco? ¿Es vida esa incertidumbre de si llegarás a tu destino? ¿Es sana una relación cuando se ve condicionada a sobrevivir en un entorno violento? ¿Y una relación que normaliza algo grave? ¿Es sano no poder evitar juzgarte a vos y a los demás, por las acciones ante estas situaciones?

En mi vida he intentado utilizar lo malo que sucede, más que como excusa, como motivación para contribuir a cambiar un poco la realidad. Antes creía que irse del país y no volver era una expresión egoísta, pero esto empezó a cambiar hace un año. Con la masacre en el Hogar Seguro Virgen de La Asunción y, poco tiempo después, la muerte de la estudiante Brenda Domínguez, empecé a sentir cómo debía tragarme mis palabras. Por primera vez comprendí lo que significa no querer volver a Guatemala.

“¿Qué podés esperar de un país que quema niñas?”, dijo un amigo hace poco. “Me duele que mi familia se quede aquí, pero ahora sé que puedo vivir mejor afuera”, compartió una amiga que se casará en el extranjero, “se acabó el conflicto armado, pero seguimos en guerra con esta violencia”. “Lo normal en Guatemala es no meterte, si lo haces te matan y normalizar eso nos quita humanidad”, “yo no quiero regresar a vivir con miedo”, son frases que he escuchado de personas que se han marchado. Dejando de lado el nacionalismo y sentimentalismo, conocer otras realidades abre los ojos y jode –para bien o para mal–, la percepción de vida que tenemos en Guatemala.

Sumemos el reproche de seres queridos cuando pasa algo: “¿Por qué estabas ahí tan tarde?”. “¿Por qué llevabas abajo el vidrio?, ¿por qué no tuviste cuidado?”. También la anécdota de una amiga que casi se cae de un bus durante un asalto, recordar a aquel joven con futuro prometedor que murió por un acto de violencia, saber que el verdadero motivo por el que uno de mis compañeros con mayor potencial se fue a vivir a Europa, es que fue víctima de un secuestro exprés. Y el resultado es que no se trata de una “fuga de cerebros”, no es sólo una cuestión de oportunidades laborales y académicas, sino escapar de una realidad en la que no se puede vivir. Y esto me quiebra.

“A mí ya no me duele la idea de no regresar, pero tuvieron que pasar muchas cosas para llegar a ese punto”, me dijo alguien y no puedo evitar pensar ¿será que alguna vez llegaré yo a ese punto? ¿Quiero resistir hasta eso? Yo, que antes criticaba irse, ahora no sé si quiero volver.

Ahora comprendo, no se trata sólo de ir en búsqueda de un mejor trabajo, sino de mejores condiciones de vida, de querer relaciones afectivas que puedan desarrollarse en un entorno sano. Me rehúso a normalizar situaciones como que a tu hermano casi le disparan en la cabeza por robarle, odarte cuenta que pudiste morir durante un secuestro o un asalto.

También me lleva a pensar que esto sucede cuando tenés la oportunidad de conocer otros entornos, otras realidades. Pero vos sos privilegiado, la mayoría de guatemaltecos no van a poder decidir el entorno que quieren para su vida y para ellos lo normal seguirá siendo esa paranoia en la calle o, por el contrario, esa normalidad de ver a un muerto detrás de la cinta policiaca.

El entorno nos condiciona y pareciera que si querés quedarte sólo tenés dos opciones: adaptarte a esta enferma sociedad para sobrevivir o seguir en la lucha, pero arriesgarte a morir en ella.

Hace unos días leía a Javier Payeras y me topé con Bananos y cerebros: “Aquí pensar siempre nos duele. Aquí pensar siempre nos amarga. Aquí pensar siempre nos aísla(…) Pero es tan triste saber que irse es tan malo como quedarse sin hacer algo que cambie tal estado de cosas”. Leerlo me llevó a Augusto Monterroso y “La exportación de cerebros”, donde menciona: “La historia muestra en buena medida que la fuga de determinado cerebro beneficia mayormente al país que lo deja marcharse que su permanencia en éste”. Y bueno, entonces tal vez está bien quedarte, pero tampoco es malo irse.

Como me dijo alguien, es importante reconocer que no se puede cambiar el mundo, pero sí un rinconcito y eso puede bastar. Tampoco es malo quedarse y requiere mucho valor cuando ya le metiste cabeza. Payeras dice: “Para hacer, sobre todo en Guatemala, es necesario resistir los embates del desencanto, el escepticismo y la mediocridad. (…) Este es un lugar que nos exige sobrevivir, pelear. Pero vale la pena subirse al ring y resistir, aunque sea por curiosidad”.

He notado esa tendencia de irse al tener la oportunidad y en este punto de mi vida no lo juzgo, no hay una decisión “correcta”. Lo que puedo decir es que, sea cual sea la decisión que tomés, vale la pena recordar que hay mucho que hacer en Guatemala. Hay demasiadas necesidades ante las cuales debemos de dejar la indiferencia. Tal vez no es malo irse, podés apoyar de otras formas, tampoco es malo quedarse, mientras sea para transformar y no para adaptarte a una sociedad enferma e injusta.

Bárbara I. Escobar Anleu
/

Bióloga guatemalteca de sueños locos, que se rehúsa a despertar. Enamorada de la vida, la música, la cerveza, la naturaleza y el amor (no en orden de prioridad). Soy un bicho raro y se siente genial.


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    Guatepro /

    28/03/2018 7:03 AM

    Soy de pueblo, pero mi pueblo ya no existe. Lo vi por ultima vez hace 20 años. Eran casita espaciadas a cada 100 metros en un camino de tierra a lo largo del cafetal. La carretera estaba a un kilometro capital estaba a una hora. Toda la gente se, conocia se saludaba; trabajaba cortaba café; tenia maiz y frijol. Estudie, me gradue de la U trabaje; vi como solo los de la foto se metian los Buenos salaries sin hacer nada y a los que haciamos el trabajo nunca nos aumetabamos ni nos dieron ni las gracias. Alegue, me buscaron clavos. Busque otros trabajos y perores salaries encontre. Me fui. Regrese, que alegria ver a mi familia, que triste ver a mi pueblo. La alegria se queda al llegar a los Arcos del Bld. Liberacion. La tristeza me aguarda al llegar al pueblo. Ya no hay café, todo lo hicieron lotes; todo es casa tras casa. Gente amontonada. Un guiral por todos lados. La agricultura se fue. Ahora la capital esta a tres horas, dos de trafico. Que hace toda esta gente? De que come si ahora no hay Jornal, ni cosecha? Mas importante, que va a hacer el guiral cuando tenga 15? Ya hay ladronismo terrrible, te roban hasta el radiador y el starter de tu propio garage; estorsionan a fulano le disparan a mengano… a la proxima visito menos, solo timepo para mis viejos, a mis hermanos Whatsapp.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lucía Ortiz /

    21/03/2018 3:21 PM

    Hola a todxs!! Hace 3 años que me fui de Guatemala x una oportunidad académica. Especialmente me llama la atención del artículo "las relaciones afectivas sanas" pues siempre me pareció que la forma de interaccionar de la mayoría de parejas en guate era dolorosa, doble moral y con serias deficiencas de comunicación, incluso mis relaciones lo fueron. Soy feminista, y siempre aspiré a una buena relación, satisfactoria, saludable, equitativa. No creo que sea casualidad que hoy, en un entorno menos machista, acosador, violento, agresivo, finalmente haya conseguido construirla.

    En relación a la inseguridad y demás dolencias de nuestro hermoso país, es INSOPORTABLE, una vida tomentosa x completo, aún reconociendo los privilegios de pertenecer a la clase media. Con riesgo a ser tachada de egoísta, cada día agradezco la oportunidad de un nuevo comienzo y el haberme ido de guate.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Roberto Sáenz /

    20/03/2018 2:43 PM

    La mayoría no tiene oportunidades de salir sin arriesgar su vida en el camino, la mayoría está en Guatemala, es bueno conocer otros entornos, pero cuando mas los conoces (en mi caso) mas extrañas tu país, para los que tienen el privilegio de darse cuenta de la realidad, es preciso la lucha, por vivir en donde tocó nacer, por que hay que recordar que a donde vayamos, tendremos que vivir con nuestras propias inconformidades, hay una parte de sociedad enferma, pero también hay la que por vivir y disfrutar ve el vaso medio lleno.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Olga Bolaños /

    20/03/2018 8:44 AM

    Me gustó este parrafo: "El entorno nos condiciona y pareciera que si querés quedarte sólo tenés dos opciones: adaptarte a esta enferma sociedad para sobrevivir o seguir en la lucha, pero arriesgarte a morir en ella": Me arriesgo a morir en la lucha y creo que si todos hiciéramos lo mismo todo cambiaría; no podemos resignarnos a seguir viviendo como estamos, las cosas deben cambiar.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Marylena Bustamante /

    18/03/2018 11:58 AM

    Yo tuve que salir de Guatemala en los años del genocidio, vuelvo de vez en cuando y siempre que me tengo que ir es el mismo sentimiento de expulsión, pero reconozco que no quiero vivir aquí, siempre tengo miedo. Vuelvo porque sé que en alguna parte bajo este cielo está enterrado boca abajo mi hermano Emil detenido desaparecido en 1982, él es uno de los 45000 seres humanos que corrieron la misma suerte por los hombres que sembraron el miedo que sigue vigente, esos que prostituyeron el Estado y lo tienen secuestrado. Reconozco que hay una élite de seres humanos extraordinarios que no se rinden y luchan por sanear las instituciones y vencen el miedo todos los días.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Maya /

    17/03/2018 10:01 PM

    Buscando oportunidades de crecimiento académico fuera de Guatemala, me encuentro con esa sensación extraña de seguridad/libertad, uno no sabe lo que te quita el miedo hasta que vive sin el. Imagino que muchos guatemaltecos que no viven en la capital lo experimentan esa tranquilidad. Claro, hay culpa por no retornar a echar el hombro, pero también la realidad atropella, te va nuevamente encarcelando al ver lo poco que se puede hacer y lo poco que se aprecian a los “cerebros” que se quedan, la corrupción, el tráfico de influencias, la falta de oportunidades, entre otros tantos males, son tan corrosivos como la violencia y estos si afectan a la republica fuera de la capital. En fin, no pierdo la esperanza.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Call me Ishmael /

    17/03/2018 11:46 AM

    Todos somos bichos raros, de alguna forma. Quién no se ha sentido frustrado por sentir que aquí no hay esperanza y menos futuro; quién no se ha sentido cansado, con ganas de tirar la toalla y emigrar; quién no ha querido salir huyendo de este paísito violentote, injusto, que se come a sus buenos hijos y privilegia a los malos. Pero no, tenemos el deber de cambiar las cosas. Claro, me hubiera gustado nacer en Suiza o en Suecia y morirme del aburrimiento y no por la violencia. Quiso la lotería de la vida que naciera en este singular país, al que a pesar de todo, adoro. Yo me quedo porque estamos en proceso de cambio para bien, y porque el Guatemala me necesita tanto como a ti...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Felipe Torres /

    17/03/2018 11:33 AM

    De alguna forma necesitas justificarte interiormente el alejarte de la tierra que te vió nacer. Si la violencia te sirve de consuelo, adelante. Sin embargo no fuera por la violencia, para el emigrante siempre habrá alguna buena excusa de lo que está mal en su país y lo que esta muy bueno en donde ahora vive. No todos pensamos igual y echar raices en Guatemala es algo muy bueno también. 32 años sin salir ni pensar evacuar de ésta bendita tierra a pesar de los problemas y disgustos que se viven a diario. Son problemas que tienen solución.

    ¡Ay no!

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    ¡Nítido!

      Felipe Torres /

      19/03/2018 8:56 AM

      Es decir que si yo estoy contento con vivir en mi país, en mi ciudad de Guatemala, sin guardaespaldas, sin miedos, a pesar de los asaltos y asesinatos que se ven y escuchan a diario, no son cosas que me hagan amargarme y sentir desesperanza. Y por ello en éste artículo soy un bicho raro?

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Blanca /

    17/03/2018 9:52 AM

    Quién podría juzgarlos. Es aterrador vivir en Guatemala. Por años muchas veces me han asaltado, robado, agredido. Y a veces me hago la pregunta de cómo lo he resistido. No lo doy por sentado ni parte del entorno. Ser voluntaria en algunos proyectos me ha servido para ayudar un poco. Para no albergar amargura, impotencia. Porque también soy bicho raro por no aceptar tantos bejamenes.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis Fernando Reina García-salas /

    17/03/2018 8:42 AM

    Me sentí muy identificado con tu texto yo también. El no regresar o regresar es una decisión super difícil. Y al final, una sola persona no puede cambiar a toda la sociedad, el cambio debe ser aceptado por todos. Y todos debemos trabajar juntos hacia el mismo rumbo ( representa sacrificios ).

    Hay miles de preguntas que corren por mi mente al considerar esta situación.

    ¿Cómo ayudar? ¿No sería bueno tener una plataforma para poder ayudar desde el extranjero?

    ¿Qué puedo hacer yo para dar el buen ejemplo sin que la sociedad ahogue mis acciones?

    ¿Entendemos la problematica actual, sus raíces y cómo la podemos cambiar? ¿Pueden mis relaciones en el exterior aportar con algo?

    .... Y la lista sigue, pero este comentario debe parar.

    Gracias Bárbara por tu comentario.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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