El reencuentro que nunca ocurrió…

He conocido de cerca historias de niñas y niños que viven en hogares de protección.   Cada historia es única, pero todas tienen como denominador común el dolor y la separación.

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Esta es una opinión

A la espera

Algunos están ahí por antecedentes de agresiones físicas, psicológicas o sexuales dentro de su ambiente familiar; otros están ahí por malas decisiones tomadas por adultos con el poder suficiente para decidir sobre la vida de niños y niñas a quienes no conocen, pero que creen saber qué es lo mejor para ellos.  Y en otras ocasiones, están en el hogar esperando su próxima fecha de audiencia, ya sea por  el largo tiempo que toman algunos procesos judiciales o porque simplemente no pudieron asistir a dicha audiencia por falta de un vehículo para ser transportados en el momento que les correspondía.

Independientemente de los motivos de ingreso y de su edad, la niñez está expuesta a otro tipo de riesgos debido a que la cantidad de población dentro del hogar, muchas veces, excede la capacidad de la institución y por lo mismo se torna muy difícil mantener una supervisión adecuada.

No imagino lo larga que le puede parecer la noche a una niña o a una adolescente que sólo espera el día en que pueda reencontrarse con su familia.  La mala alimentación, la falta de artículos de higiene personal, la falta de ropa de su propia talla, todos son aspectos que se tornan secundarios si cada uno se concentra en su propio dolor, en la falta de afecto que reina en el ambiente y la percepción de un mundo hostil donde importa todo, menos yo.

En este escenario de desesperación e indiferencia, las opciones parecieran ser agredir para no ser agredidos, agredirse a ellos mismos, caer en conductas adictivas o simplemente huir.  Si la calle parece ser una mejor opción, entonces la institución se tornó, sin duda, disfuncional.

Recuerdo la historia de una adolescente proveniente de Melchor de Mencos, Petén quien anhelaba el reencuentro con su padre y con su hermana.  Tuve la dicha de verla mientras los abrazaba y tomaba el bus rumbo a casa, rumbo a su futuro y aún puedo imaginar los latidos de su corazón mientras su vista se perdía en el horizonte.

Estoy segura que las niñas y las adolescentes fallecidas el ocho de marzo de. dos mil diecisiete también soñaban con un reencuentro significativo en su vida, el cual nunca llegó.

Yo siempre tuve la dicha de tener un plato de comida en la mesa, tuve la dicha de poder estudiar sin tener que trabajar; tuve la dicha de conocer y criarme al lado de mi madre. Mis hermanas siempre fueron un buen ejemplo a seguir. Crecí en una cuadra donde se podía jugar y donde nadie me ofreció drogas.  Todo esto me salvó de no morir abusada o quemada en un hogar estatal.

Y no dudo que existan buenos hogares de protección que sí cumplen con su rol, de hecho podría mencionar varios hogares muy buenos donde la niñez encuentra esa familia que aunque no lleva su sangre, les dan las condiciones y el afecto que necesitan para crecer sanamente.

Las niñas y los niños necesitan de igualdad de condiciones para iniciar su vida, una vida digna, no una vida que bloquee el desarrollo de sus potencialidades.  Ojalá todas las historias terminaran como la de mi niña petenera, ojalá ya no fueran necesarios los hogares de protección, ojalá todos nos involucráramos más.

Angelina González A.
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Indignada que aún conserva su optimismo. Adepta del yoga y del tango. Irreverente, de mente abierta, de espíritu libre y amante de la soledad. Disfruta apreciar una puesta de sol, la luna y las estrellas. Poeta, cuando la poesía decide visitarla.


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