Historias de migrantes: Jon, el somalí que lo perdió casi todo

"La vida no siempre pasa como uno la planea”, afirma este somalí que vive en Estados Unidos desde hace 20 años, y aún que sufre un estrés postraumático no sólo a causa de la guerra.

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Esta es una opinión

Tráfico

Foto: Lucía Martínez / Flickr

 

Mineápolis, Minnesota – Estamos parados esperando en un semáforo. Es hora pico, entonces, nos quedamos atorados en un tránsito bastante pesado. Subirte a un Uber o Lyft es como viajar a otro mundo. Durante tu viaje estás sujeto a la persona manejando y su idiosincrasia –su gusto musical, su historia y su manera de manejar–.

Jon es callado y amable. Tiene una sonrisa contagiosa, aquellas que te alegran el día. Hablamos del clima, está frío porque acaba de nevar en la mañana. Nota que soy nueva en la ciudad y de inmediato trata de recomendar restaurantes y lugares que tengo que visitar cuando el clima mejore. Dudo que esto llegue a suceder tras cinco meses en una tundra eterna, pero él me promete días llenos de sol.

En su tablero noto una foto de una mujer con tres niños pequeños. La esquina superior izquierda está rasgada y la foto esta un poco arrugada. No noto un anillo en su dedo y la fotografía está bastante dañada como para ser reciente. Pregunto quien está en la foto y noto una sonrisa triste en sus labios.

“Mis hermanos, mi mamá y yo en Somalia”, contesta bastante callado. “Ya no están con nosotros, esta es la única foto que tengo con ellos”.

Dejamos de conversar y caemos en silencio. Ambos volteamos a ver al celular con la información de mi destino, veinte minutos para llegar. Y ahí me lanzo, de lleno, a preguntar si lo puedo entrevistar y creo que es la pena la que lo lleva a decir que sí.

Dos semanas después, llevamos casi dos horas sentados en el café cerca de su apartamento. Hasta el momento, Jon ha comentado de su vida en su pueblo en África, hemos hablado del clima –por segunda vez desde que nos conocemos– y de su vida en Estados Unidos por los últimos veinte años.

Jon tiene casi 40 años de edad, tiene ojos jóvenes y pícaros. Es tan alto que cada vez que se mueve en su silla por los nervios le pega a la mesa y pide mil disculpas. Muchas veces me he sentado con extraños y les he preguntado de sus vidas y puedo ver lo incómodo que se sienten. Pero Jon no sólo está incómodo, sin tan siquiera comenzar con la enorme lista de preguntas que tengo, se ve expuesto y completamente vulnerable. Le pregunto algo fácil ­–acerca de Jon de chiquito en Somalia–, para empezar y ver que tan dispuesto está de conversar.

“[De pequeño] imaginaba mi vida cuando creciera. Siempre pensé que iría a la ciudad para estudiar medicina en la universidad, y mis hermanos y yo nos encargaríamos de cuidar a mis padres cuando ellos envejecieran,” comenta después de un largo silencio. “Pero creo que la vida no siempre pasa como uno la planea”.

Es ahí donde rompemos el silencio.

Minneapolis y Saint Paul –conocidas como las ciudades gemelas– tienen una gran comunidad de refugiados somalíes. Tras la guerra civil a principio de los años 90, muchas familias pudieron escapar de años de pobreza, violencia y hambruna con el asilo. El proceso es largo y muchas veces consta de pura suerte si tu caso es seleccionado, pero Jon tenía dos puntos a su favor: su familia era cristiana en vez de musulmana y  era huérfano.

“La guerra es violenta y siempre pensamos que [quienes] sobreviven son bendecidos, pero me ha tomado muchos años entenderlo y apreciar que fui yo el de la suerte, el que sobrevivió”, dijo Jon.

Es un tema todavía difícil de procesar. Volvemos a caer en un silencio incómodo, en sus ojos puedo ver la batalla interna, aquella que lleva peleando y perdiendo por los últimos veinte años.

Vivir en el campamento fue la manera como Jon consiguió seguridad, pero ahí también fue donde sufrió abusos en manos de aquellos que debían protegerlo. Jon llegó con quince años de edad. Ahí, con el grupo de niños huérfanos, empezó una lista larga de abusos verbales, físicos y sexuales. Ahí, en un limbo que parece ser eterno, comenzó un infierno que todavía lo persigue y lo apresa.

“Es difícil explicar todo el proceso, cuando ni yo lo entiendo muy bien”, comenta Jon. “En el campamento, mi mente siempre regresaba al rostro de mis padres, mis hermanos y todo lo que perdimos. Siempre tenía un pie en el hoy y el ayer, soñaba con el futuro que me prometía todo lo que perdí y más, (pero) también estaba apresado en un presente horrible”.

Después de tres años, Jon recibió asilo en un país, ciudad y cultura nueva. Sin saber donde quedaba Minnesota en un mapa o hablar el idioma, Jon se subió al avión lleno de esperanza.

“Cuando vine (a Minnesota), al principio mis días estaban llenos con clases de inglés y con mi trabajo en una tienda cerca de la casa hogar que compartíamos con cuatro muchachos”, dice Jon. “Cuando empezamos a aprender creamos una regla, solo inglés y por cada palabra en árabe o en dialecto teníamos que meter un dólar en una jarra en la cocina. Mi plan era ser un ciudadano americano lo más pronto posible”.

Siendo el más joven del grupo, Jon quería acomodarse tanto como fuera posible a su nuevo ambiente. Consumía todo aquello que representaba la cultura americana, se volvió -y todavía es- adicto al programa Friends. La música rap y pop se volvieron su método favorito de aprender palabras y dichos, y el periódico una ventana hacia un mundo nuevo. Pero es difícil balancear una identidad, cultura y vida nueva cuando todavía hay tanto de tu otra vida tan presente.

Mientras Jon planeaba una vida nueva, sus sueños le mostraban su pasado. Todos las noches despertaba sudando frío y durante el día le costaba concentrarse. Se sentía perdido y perseguido, no confiaba en nadie, le costaba comer y poco a poco fue cayendo en un abismo. En su segundo año, un compañero le sugirió hablar con alguien acerca de sus sueños. Y fue ahí donde Jon descubrió lo que estaba pasando.

“Yo nunca supe que era TEPT (trastorno por estrés postraumático), depresión o ansiedad, ni siquiera consideré la terapia”, dice Jon. “En mi casa la depresión es para hombres ricos y si se reza con fe no hay nada que Dios no cure”.

El estigma que se le da a los desórdenes o trastornos mentales en la comunidad migrante no conoce idioma, etnia o raza. Todos formamos parte de una comunidad exiliada de nuestra propia casa. Hablamos de cómo nos afecta –no solo personalmente– y  a la gente a nuestro alrededor también. Reconocer trastornos mentales llega a representar, de alguna manera, una falla en nuestro carácter, el de nuestros padres y sus habilidades en nuestra crianza, e incluso puede ser la razón para excluirnos totalmente.

“(Para mí) cambió totalmente como interactúo con gente nueva”, dice Jon. “Es algo tan personal, tan pesado y tan mío que es difícil compartirlo. No sé como explicarlo, es mi mejor amigo y mi enemigo, mi lugar feliz y mi abismo, todo al mismo tiempo. Solo nosotros podemos entenderlo y (llegar a) amarlo. Aunque también lo odiamos”, dice riendo.

Y es cierto. No todos los episodios son malos o largos. Algunos duran 24 horas y no dejan marcas en el alma. Otros son periodos largos y llenos de soledad. Pero no todos son iguales y la mayoría no son obvios. A diferencia de enfermedades físicas, estas no tienen síntomas visibles y por eso mismo llegan a ser mas difíciles de diagnosticar. Y de entender. Porque es difícil comprender lo que no se ve, lo que no se llega a vivir, lo abstracto en un mundo concreto.

Jon dice que aunque el tiempo que pasó en el campamento y lo que sufrió durante la guerra afectó su salud mental, no considera que esos dos eventos fueran la causa de su depresión. Jon recuerda ver a su abuela llorar en la cama por semanas después de la muerte de su tío, y como el tío de su madre, cuando era joven, decía que la tristeza se traga y se olvida como el alcohol.

“No quiero que la gente piense que sólo los que sobrevivimos la guerra o cualquier tipo de trauma fuerte tenemos un derecho a sufrir de esto. Esto no se llega a merecer, solo a padecer, pero con las herramientas correctas se puede llegar a sobrevivir”.

Y es que eso es lo difícil de entender, hay vida después de un episodio de depresión o de bipolaridad. Hay vida después de sobrevivir un abuso o un trauma muy fuerte. Lo difícil es hablarlo, en confianza, con libertad sin ser juzgado. La ropa sucia no se lava en casa, se tiende a la intemperie para señalizar: yo también sufro, pero vivo. Y vos también podés sobrevivir.

También puedes leer: Historias de migrantes, Ale

(*) El nombre Jon es ficticio, el protagonista pidió identificarlo con este seudónimo.

Andie Contreras-Muralles
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Guerrera desde el '92, chaparra a partir del 2003. Futura revolucionaria, defensora del feminismo, hablante del Spanglish. Basicamente el sueño de mi abuela y la pesadilla tu padre.


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