Jimmy y cómo representa al sistema corrupto y caduco

Unos más descabellados que otros, varios discursos se han originado y esparcido desde los grupos pro impunidad para mantener a Jimmy Morales como presidente de este país, pese a la demostrada incapacidad del mandatario y sus nefastos y prepotentes esfuerzos por echar mano de la institucionalidad que tiene a su alcance, para sortear a la justicia que le persigue a él y a miembros de su familia por actos de corrupción. 

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Esta es una opinión

Jimmy Morales, en un apretón de manos con su ministro de Defensa, Williams Mansilla.

Foto: Carlos Sebastián

Pese a las declaraciones de varios funcionarios, líderes religiosos de iglesias evangélicas neopentecostales e, incluso, algunos generadores de opinión, Dios no colocó a Jimmy en la silla presidencial. No, eso simplemente no es cierto. Jimmy no es el ungido de ninguna fuerza sobrenatural, porque tal cosa no existe.

Que Morales haya ganado las elecciones en 2015 no fue nada más que el resultado de una coyuntura que, como cualquier fenómeno social, surgió de la convergencia de una serie de hechos y situaciones desencadenados por la decisión y acción de personas concretas, reales. Nada tuvo que ver divinidad alguna, aunque ahora nos quieran hacer creer lo contrario.

A Jimmy no lo respalda ningún dios (sí, es una afirmación obvia que se hace necesario repetir). Más bien, la llegada de Jimmy al frente del Ejecutivo puede leerse ya como la constatación más evidente que este sistema político y electoral ya no da para más, que ya no funciona para lo que fue creado y que es urgente (ahora sí) cambiarlo.

El actual presidente de Guatemala es la representación más burda de un sistema que se mofa de la esperanza de la ciudadanía que va cada cuatro años a emitir un voto con la vista puesta en un cambio que jamás llegará. Millones de personas acuden a las urnas pensando que la cosa puede componerse, que los problemas sociales relacionados con la pobreza y la violencia pueden solucionarse y que el ejercicio de la función pública sin actos de corrupción puede ser una realidad. Pero Jimmy, a casi dos años de su presidencia, ya no es nada más que una cachetada contra la dignidad y expectativas de la población.

Jimmy, además, es cínico. Cada vez que emite una declaración — en un espacio controlado porque también es incapaz de enfrentarse a la prensa — transforma la realidad, miente descaradamente y se sostiene de los argumentos más reaccionarios y nacionalistas para justificar sus acciones en contra del avance de la justicia y el esclarecimiento de la verdad por actos de corrupción.

Al recurrir a este tipo de argucias, Jimmy no hace más que demostrar un desprecio profundo por la población. Nos cree ineptos, ignorantes y lo suficientemente irracionales como para tragarnos cada uno de sus discursos envalentonados con ideas relacionadas con la defensa de la soberanía nacional. Al mismo tiempo, sus acciones no hacen más que perpetuar la cooptación del Estado por parte del crimen organizado y asegurar los espacios de acción para las mafias que se procuran impunidad.

Jimmy también demostró que es mentiroso. Durante la campaña prometió una serie de acciones que nunca cumplió y cuya falta constituye una traición hacia quienes confiaron en él. Por ejemplo, el mandatario nunca realizó acciones significativas para luchar contra la corrupción. Al contrario, ahora se encuentra aliado con grupos que atentan contra el desarrollo de la democracia en el país y sus acciones parecen beneficiar únicamente a los acuartelados en la prisión de Matamoros, una bola de rufianes que se valieron del Estado, al igual que Jimmy, para alcanzar sus objetivos personales y que atentaron contra la institucionalidad pública y, con ello, contra la vida de la población.

Jimmy también es un rufián, un aprovechado que desangra los recursos del Estado para garantizarse una vida de opulencia que se vuelve ofensiva en un país en donde la mayoría de la población se encuentra en situación de pobreza y uno de cada dos niños es víctima de desnutrición crónica. Haber recibido una bonificación de alrededor del 36% de su salario por parte del Ejército no solamente es indignante, sino que también raya en lo perverso, sobre todo cuando la característica principal de los servicios públicos es su precariedad.

Si bien es cierto que Guatemala necesita de un espacio de diálogo, un proceso sistemático y continuado para construir un sistema político que logre representar las necesidades y la diversidad de la población que vive en este país, pretender que el mismo sea liderado o cuente con la presencia de Jimmy Morales no es más que una nueva afrenta contra la dignidad de las personas.

Frente a los discursos que atentan contra el avance de la democracia y la justicia y que se sintetizan en las palabras y acciones de Jimmy Morales y de quienes lo respaldan, la población lo ha dejado muy claro: el presidente y los funcionarios que han actuado como él deben renunciar.  Sólo así será posible un diálogo, sólo así podríamos imaginar un proceso de refundación del Estado.

Ricardo Marroquín
/

Soy periodista, comunicador social, catedrático universitario, con una maestría en Estudios Estratégicos y en proceso de elaboración de la tesis de Sociología. Soy, además de fanático de los rompecabezas de mapas antiguos, cinéfilo y lector permanente de literatura, historia, periodismo y teoría social.


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    Bernardo Cifuentes /

    02/10/2017 10:49 PM

    Totalmente de acuerdo con R. Marroquin, ese idiota fantoche que tenemos por presidente debe renunciar y punto.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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