Nosotras seremos la excepción, saldremos a las calles

Vengo de una familia indígena K’ iche' de Totonicapán, uno de los departamento más pobres de Guatemala. Mi bisabuela Isabel cuenta que de niña sus padres la escondían debajo de la cama para que no fuera a la escuela. En esa época la idea era que las niñas estaban para atender la casa y la familia, no para estudiar. Lamentablemente, esto no ha cambiado mucho.

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Esta es una opinión

Foto: Carlos Sebastián

A mi abuela Juana la casaron sin su consentimiento con un hombre que la vio en la calle y la pidió en matrimonio. Mi abuelo dispuso que era buena idea entregar a su hija casi en calidad de regalo. El resto de la historia se desarrolló en mil y una historias dolorosas de permanente violencia contra ella y sus hijos e hijas, fue un matrimonio de terror que acabó en una separación dolorosa de la que ella se sintió responsable.

La idea de que las mujeres indígenas nos organicemos es complicada por el machismo estructural que impera. Tampoco es exclusivo de los pueblos indígenas sino de todo lo que nos rodea de manera sistémica, económica y política.

Venimos de un pasado de permanente lucha, de mujeres monolingües analfabetas, comerciantes, empleadas domésticas, cocineras, lavanderas, que abrieron brechas inimaginables para nosotras, para que ahora tengamos otros accesos y facilidades como mujeres indígenas. En mi caso, como mujer indígena urbana tuve zapatos, comida y educación hasta nivel universitario que me han permitido conocer otras cosas.

Siempre he creído que mis padres se unieron para romper paradigmas y reglas establecidas Ellos, sobre todo mi mamá, me enseñaron que las mujeres podemos hacer todo o casi todo lo que nos propongamos. De niña fui estimulada y nunca censurada por mi condición de mujer, algo que no vivieron mis tías, mis abuelas ni propia madre.

Cuando fui a la escuela preprimaria existían actividades con roles asignados para las niñas y los niños. Desconozco por que rechacé la imposición de que la niñas éramos buenas para ser bailarinas o integrantes de la banda escolar, y pedí se me asignaran con los niños a la clase de karate. Sin duda causé revuelo, me dijeron que no hasta que un profesor me apoyó y dijo que debían de respetar mi decisión.

Salimos a la calle en un desfile escolar, recuerdo las burlas y señalamientos por haber ido en el lugar que les correspondía a los hombres. Mi mamá caminó conmigo, me dijo que ignorara a la gente y que siguiera caminando, y así lo hice, hasta la fecha.

Lamentablemente esta no es la historia de cientos de niñas indígenas de mi pueblo. Muchas casadas, no estudiaron y son abusadas en casa. Y aun con estas historias de terror, hay muchas mujeres indígenas en los rincones de este país que luchan por cambiar esta realidad en sus comunidades, que trabajan en radios y medios comunitarios y hacen su servicio comunitarios en las comunidades. Desempeñan todos los roles de la construcción comunitaria.

Andrea, mi hermana, decidió romper el silencio y nos convocó a mí y a otras mujeres de edades similares e historias parecidas. Nos reunimos para romper el silencio, para buscar cómo organizarnos, para hablar de los cambios y retos que tenemos. Hablamos de cómo nos vemos y cómo vemos a la comunidad, y todas coincidimos que la conmemoración del 8 de marzo nos articula, pero buscamos ir más lejos.

En Totonicapán, el 8 de marzo pasa desapercibido o mal interpretado. Dicen que es un día para felicitar a la mujer, cuando nosotras creemos que esa fecha es de conmemoración y lucha, no de fiesta. Una de las mujeres dijo estar presente por su hija y por ella, pues desea que su historia no se repita. Todas manifestamos están ahí por nuestras abuelas, por nuestras hermanas, por nuestras madres y primas que no han tenido opción de elegir qué hacer con sus vidas.

Hablamos de las violencias que nos duelen, que vivimos, de los femicidios, de los casamientos de niñas, de la masacre reciente de las 56 niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción en la ciudad de Guatemala. Reconocimos los aportes que las mujeres han hecho a la comunidad en todos sus niveles y eso nos dio esperanza.

Tenemos muchas dificultades y retos pues el machismo está enraizado en nuestros pueblos, por eso vamos a salir el 8 de marzo. Vamos a buscar cambiar esa realidad, por acercarnos más en la calles, en los barrios, en las colonias, en las cuadras para generar espacios de información y apoyo entre nosotras.

¡Ni una menos, vivas nos queremos!

Lucía Ixchíu
/

Soy una mujer indígena urbana, nacida en Totonicapán, me identifico como una mujer postguerra, creo en el arte como una forma de transformar la historia y el mundo, soy gestora cultural desde los 13 años, he trabajo por buscar la democratización de espacios estudiantiles, parte de la agrupación Usac Es Pueblo. Fundadora del espacio Festivales Solidarios donde trabajo desde la investigación y acompañamiento la prisión política.


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COMENTARIOS

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    Hugo /

    15/09/2018 9:21 PM

    Entonces que hacemos con el discurso de la pertinencia cultural, respeto a al estilo de vida y tradiciones de los pueblos indígenas?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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