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País de cercos policiales y zombis

A punto de aprobar un presupuesto opaco, que no responde a las prioridades del país y que destina millonarios recursos a oenegés patito, que nadie conoce pero que tienen vínculos cercanos con algunos políticos oscuros, el Congreso de la República ha logrado avanzar en sus perversos propósitos.

Blogs Blogs Congreso Fernando Barillas P369
Esta es una opinión

Militares y policías en la calle para evitar que los manifestantes se acercaran al Congreso, donde Morales presentó su informe de gobierno.

Foto: Carlos Sebastián

Para ello, ha optado por enconcharse tras madrugadores cercos policiales para impedir el derecho de manifestación y el tránsito por sus alrededores, cuando sabe que lo que discute o aprueba allá adentro va contra toda decencia. 

De la misma manera, Jimmy Morales ha pasado los últimos meses de su mandato evitando las masas, ordenando el cierre de las calles aledañas a la Plaza Mayor, para sentirse protegido y perderse solitaria y cómodamente en sus delirios de gloria. Solo son capaces de acercarse a él quienes lo adulan o quienes comparten sus objetivos de garantizarse impunidad y esconder bajo la alfombra su mediocridad. 

En este contexto, la ciudadanía se mantiene ahí, impávida, monótona; ausente. 

Se dice tanto que Guatemala es un país en donde la mayoría de su gente apenas logra sobrevivir. La pobreza nos abraza y aprieta cada vez más, lo cual hace que en las comunidades olvidadas, donde la realidad del país se vive crudamente, no haya posibilidad de soñar y, en consecuencia, capacidad de exigir o luchar.

Mas los citadinos, los guatemaltecos privilegiados que viven en la región central, también sobreviven alrededor de una ciudad más parecida a una jungla. Cual zombis, se ven forzados a empezar su jornada a eso de las cinco de la mañana para pasar un par de horas en el denso tráfico, antes de llegar a su trabajo, ese al que tanto aspiraron. Ahí dejan ocho horas de su vida -o más- a cambio de un salario que sirve básicamente para sobrellevarla.

Al terminar les esperan, barato, dos horas más de tráfico, si tienen suerte de que no llueva o que haya sucedido algún accidente en su ruta. Dan gracias a Dios porque no los asaltaron en el camino, pero regresan a su hogar estresados; agotados física y emocionalmente. Lo que les queda del día, antes de dormir, se va en ver Netflix o tener algún mínimo contacto familiar. 

Para encajar en esa dinámica, han tenido que empeñar la mitad de su salario en adquirir un vehículo medianamente decente o enganchar un apartamento chiquito, pero que tiene garita de seguridad y en donde están condenados a seguir las reglas del condominio, a escuchar los ruidos del vecino y a pagar una renta de mantenimiento de por vida.  Eso, sin contar que se viene la época de regalos navideños, útiles escolares, uniformes y pago del bus escolar. 

Si no trabajan los sábados, la opción del fin de semana es, ante la ausencia de opciones dignas de ocio, dar la vuelta por el centro comercial, llevar a los niños a Pasos y Pedales, jugar una chamusca o ir a la iglesia. Como el tráfico los fines de semana puede ser peor que el resto de los días, ir a La Antigua Guatemala ya no es tan buena idea, tomando en cuenta que volver a la ciudad implica unas tres horas. 

Así, sin opciones y con una vida con pocas motivaciones, los guatemaltecos de la ciudad han perdido también la capacidad de soñar un mejor país, y en consecuencia ya no les importa reaccionar o preocuparse ante los abusos que, cómodamente, realizan los diputados en el Congreso. Solo les queda ocuparse por ellos mismos. Votar se volvió en el único aporte ciudadano. De la puerta de su casa para afuera, sálvese quien pueda. 

Esa, justamente, es la Guatemala que le conviene preservar a los sectores poderosos, a los políticos corruptos y la gran patronal. Esa Guatemala sumisa, somnolienta e indiferente.

Desde una retorcida moral pero con una retórica que permea en un país de zombis conservadores, estos actores están teniendo éxito criminalizando y desacreditando la crítica, la manifestación pública, la fiscalización, la transparencia y la rendición de cuentas, elementos que justamente inspiraron, desde el trabajo de la CICIG, la indignación ciudadana del 2015.  

Para mantenerse impunes tienen claro que deben destruir toda creencia de que la lucha contra la corrupción es el camino para un mejor país. Sus intereses, sus privilegios y sus bolsillos son lo único que importa, y si para ello es necesario invocar a Dios, cercar las calles, usar la fuerza pública y utilizar a tontos útiles como la familia Zimeri para mentir abiertamente ante una parodia de Comisión de la Verdad, lo seguirán haciendo y de manera más descarada. 

Saben que algunos zombis les creerán, otros no querrán saber, y a los demás les dará igual. 

Si alguna vez se preguntaron qué tan lejos estamos de un despertar ciudadano como el de Chile, Ecuador o Colombia, ahí tienen la respuesta.

Fernando Barillas
/

Desobediente. Ex vocero de gobierno. De aquéllos a los que les decían Los Peludos. Consultor de comunicación e integrante de Antigua Al Rescate. Ha aprendido a tener paz antes que tener razón. En este espacio se representa a sí mismo, a sus perros y gatos —quizás—.


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