Revisitando a la abuelita: Caperucita frente a su deseo

¿Qué tan inocente es el diálogo entre la niña y el "perro salvaje"? La debacle parece ser entre la ingenuidad de la niña que se enfrenta con inocencia a la sexualidad y lo feroz del deseo.

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Esta es una opinión

Diseño: Diego Orellana

Contaremos con un acento diferente la historia de La Caperucita Roja y el lobo feroz. Retomemos a nuestra heroína: la mujer y sus articulaciones con su sexualidad. También, el “elemento rojo” del que hablamos en Blanca Nieves, sólo que ahora no será desde el advenimiento de la maduración sexual, sino como representación del deseo sexual.

No es casualidad que el color rojo sea utilizado en el logo de bebidas gaseosas, restaurantes de comida rápida, ni en los típicos labios rojos de imágenes sexys. El rojo representa algo apetecible: deseable para el punto que quiero hacer ver. Por eso, muchas veces la imagen de “la Caperucita” ha sido tomada en escenas sexuales explícitas. El debacle parece ser entre la ingenuidad de la niña que se enfrenta con inocencia a la sexualidad y lo feroz del deseo.

Mucho de esto queda en nuestro imaginario a la hora de hacernos cargo de nuestro deseo: “hacete la difícil”, “finge como que no quieres”, “no seas tú la que busca”. Nos quedan pocos medios para que se nos note el interés.

Les dejo estas inquietantes reflexiones a la hora de hacer cualquier tipo de acercamiento cuando, como mujeres, nos topamos con aquello que nos atrae.

Volvamos al cuento de los hermanos Grimm. En esta historia la protagonista no es huérfana y la madre tampoco es una figura con quién rivalizar. Es Caperucita la que toma la escena de manera central.

La mamá pide a Caperucita que atraviese el bosque para llevar una canasta de ricas viandas a la abuelita. De nuevo aparece el elemento oral en un cuento de hadas de niñas: la comida como intercambio y demostración de afecto. La travesía que se simboliza en el cuento es, en realidad, el trayecto interno de toda niña al dejar la fuerte dependencia hacia la madre que necesitábamos en la infancia, y encontrar luego a la abuela como una representación simbólica de una madre en proceso de envejecimiento.

Así nuestra Caperucita interna y nuestra madre externa, durante la adolescencia, tendrán que enfrentarse al proceso de maduración de una y de la pérdida de vigencia de la otra (o por lo menos, de sus reglas).

Como cualquier otra madre antes de que la hija salga vestida de rojo, ella dicta la siguiente instrucción: “No vayas a hablar con desconocidos”. Pero vamos: ¿Qué más desconocido que la irrupción del deseo lejos del hogar? Ni modo que dejemos pasar la oportunidad de experimentar.

Los protagonistas de los cuentos de hadas, generalmente obtienen su nombre de un rasgo: la Sirenita, la Cenicienta. La Caperucita no es la excepción, el nombre proviene de la caperuza roja que utilizaba con frecuencia. La caperuza roja, que representa el deseo, cubre la cabeza de la niña al nomás salir al bosque, por lo que poco dura la advertencia de la madre.

En el bosque, Caperucita se topa con el lobo. Este, digámoslo de alguna manera, es un “perro” salvaje, feroz/voraz. Otro elemento doméstico que atraviesa una transformación simbólica en este relato: el perro mascota pasa a ser un perro salvaje.

Este es el diálogo que narra Charles Perrault, el autor francés que recogió la historia y la incluyó en un libro de cuentos para niños en 1697, y que luego fue adaptado por los hermanos Grimm (1812).

—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
—¿Vive muy lejos?, preguntó el lobo.
—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

Si releemos este cuento, diríamos que es bastante ingenuo lo que la niña hace: ella le da instrucciones exactas de cómo alcanzarla en la cama.

El relato continua con el “engaño” del lobo quien se adelanta y se “traga” a la abuelita. Cuando llega a su destino, Caperucita se encuentra, ni más ni menos que al lobo disfrazado en la cama.

Ahora: ¿qué tan inocente es lo que se representa este intercambio? Me gustaría poder dibujar con palabras la curiosa escena: como quien juega adivinanzas, la caperucita pregunta poco a poco por las partes del cuerpo del lobo, en un lento strip-tease:

–Abuelita, pero ¡qué ojos tan grandes tienes!
–Son para verte mejor.
–Abuelita, pero ¡qué orejas tan grandes tienes!
–Son para oírte mejor.

Es difícil imaginar que Caperucita no haya caído en cuenta antes de quién era realmente quien la esperaba en la cama. Pero de nuevo, he aquí alguien dispuesto a oírla mejor, a verla mejor. Un lobo con una “protuberante nariz” (wink, wink) bajo una sábana.

Las adivinanzas continúan hasta llegar a la boca, punto álgido del cuento en el que el lobo feroz revela sus malignas intenciones: tragársela a ella también. Ahora sí Caperucita está en aprietos.

El resto del cuento original de los hermanos Grimm perpetúa la noción que algún héroe externo vendrá a nuestro rescate, y reforzar esa idea no es la pertinencia de esta serie. En esta serie, trato de enfatizar los procesos de la mujer a través de sus distintas travesías; queda entonces la siguiente pregunta abierta: ¿No será entonces que para alojar nuestro propio deseo, debemos resolver los mandatos familiares, atravesar el bosque, enfrentarnos al lobo y vernos mejor, oírnos mejor?

Para nuestro próximo desvelo: “De la Bella Durmiente a la Bella leyente”. Dulces sueños.

Lea también: Psicología: Los cuentos infantiles no son tan infantiles, Blanca Nieves

 

Claudia Castro Ruiz
/

Orgullosa guatemalteca. Dice mi mamá que soy heredera de hadas y amazonas, y que soy psicóloga porque no he querido ser psíquica. Me fascina la mente humana. Del mundo y su magia, lo que más me interesa es presentárselo amablemente a mi hija.


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    Rodrigo /

    05/08/2018 7:49 PM

    Me gusta todo el aspecto femenino del análisis! le agrega una riqueza a los contextos socioculturales de la actualidad. Ver el mito desde la lección del matriarcado y no al revés. Algo curioso es que se dice que del viaje del heroe/heroína su sombra es la familia, o la familiaridad de las cosas que pueden aprisionar en la comodidad. Y leer la aventura de la heroína autorealizandose sin un principe azul es magnífico.

    Gracias por escribir tan bien.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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