A 3,500 kilómetros de aquí, también pensé en nosotros

Lima me recibió de noche. El avión empezó a descender sobre el oscuro mar iluminado de vez en cuando por decenas de barcos pesqueros navegando en flotillas, como cardúmenes luminosos flotando sobre la nada. Antes de aterrizar, los contenedores apilados uno sobre otro, en mosaicos multicolor, me hicieron sentir que no dejaba de perseguirme mi casa.

Cotidianidad n789 Opinión P258
Esta es una opinión

Fotos: Julio Prado

Sin embargo la ciudad se me fue abriendo apaciblemente. El dueño del hotel donde nos hospedamos, San Antonio Abad, era el tipo más simpático que había visto detrás de un escritorio, con sus gafas muy retro y su afinado acento explicando cada una de las delicias en los restaurantes cercanos. Incluso se frotó las manos con júbilo cuando me describió el café con chocolate que vendían dos cuadras más adelante.

La habitación era cómoda y estaba en una mansión que fue dispuesta para recibir huéspedes. Las jardinizadas calles de Miraflores me prometieron una caminata agradable. Es una parte muy tranquila de Lima, la virreinal.

No estaba cerca del mar, pero se intuía. Y la avenida más próxima, además de ofrecerme manjares de media noche –como el mejor pollo asado de mi vida–, también tenía Casinos y una conexión directa con el Metropolitano, el sistema de transporte público.

La mañana siguiente a nuestra llegada transitamos por el centro de Lima, que se alza imponente con sus enormes y elegantes edificios, con sus plazas apacibles que a cierta hora de la mañana parecen incluso espectrales, bajo un cielo gris que no cedía ni una esquina.

Fue tan solo la bruma al final, porque a medida que me iba internando en sus museos, llenos de arte religioso, el sol iba alumbrando intensamente las plazas llenas de niños. El arte barroco es ese pariente en común que tenemos los latinoamericanos y que nos hace sentir eso, parte de una familia.

Pasé por las catacumbas de Catedral, la tumba de Pizarro, los templos plagados de oro, oliendo a incienso y salitre. Físicamente, los limeños se parecen mucho a la gente de la Ciudad de Guatemala. Con la diferencia de ese acento irrepetible que en cada esquina se oye apenas como un murmullo, porque si algo tiene Lima es que es callada y religiosa como las mujeres que vi, penitentes, llorando sus penas frente a sus santos agonizantes.

Muchos restaurantes vendiendo chicha morada y ofreciendo ene cantidad de platillos con ingredientes de lo más variado, eso fuimos encontrando a medida que el día fue avanzando. Las afamadas Chifas, entre otros, esos restaurantes de comida oriental ya fusionada con los ingredientes y la sazón peruana.

Por la tarde, una muchacha muy amable de una caseta turística nos recomendó ir a ver el atardecer a la playa, a la Costa Verde, un largo parque a la orilla del mar, sobre un acantilado. Le hicimos caso y tomamos un taxi hasta ahí.

En efecto, el parque, bastante verde, acoge a una gran cantidad de gente que pasa su sábado tomando el tibio sol sobre el pasto o disfrutando de sus balcones en los modernos edificios que se erigen por montones. A la orilla del mar hay un monumento a una pareja besándose, me parece que le dicen ‘el parque del amor’.

Caminamos un rato hasta buscar un punto agradable, donde podíamos ver la bahía en calma, espumeando en olas intermitentes sobre la playa rocosa. Entre el mar y nosotros, un acantilado que termina en una carretera bastante transitada y ahí algunos restaurantes sobre los muelles fantásticos, como el Rosa Náutica.

El sol empezó a pegarnos de frente antes de hundirse en el agua, mientras los parapentes multicolor iban con turistas que planeaban sobre la ciudad bastante emocionados. Había una pequeña caseta de crepes, a donde fui a comprar unos jugos de naranja. Las muchachas eran bastante sonrientes y el local, con bastantes ventanas, era una transición luminosa donde cada ingrediente resaltaba con la luz de una espléndida tarde del septiembre primaveral en Lima.

Mientras esperaba los jugos pude ver una pareja coqueteándose en una banca, y a infinitos paseantes transitando entre el verde del parque y el azul intenso del mar omnipresente. Un velero muy blanco surcaba las olas y aquella parecía de pronto la postal más perfecta de un sábado en una ciudad frente al mar.

Tanta paz me cayó de frente y fui, para ser honestos, como un tren descarrilándose entre la nieve, dejando su rastro de fuego sobre la inmaculada capa blanca. Sentí lástima por mí. Sentí lástima por nosotros, llenos de miedo en una ciudad que se hunde en días grises esperando que ilumine de nuevo.

Pero también sentí orgullo. Por resistir aún entre el pantano. Por creer en que también podríamos ser una mejor versión de nosotros, tan calmada y profunda, como este mar, que tras la sonrisa de las chicas, parecía albergar en su hondura toda clase de vida.

Recordar que las calles son de nosotros y no para el miedo, ni para el dolor, ni para la fúnebre canción que cada noche se escucha en las sirenas de las ambulancias o en cada noticia de un sistema corrupto. Tiene que haber un fin para este invierno que no termina. Tiene que haberlo. Y tiene que ser como este, un día tibio, lleno de vida.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


Anuncio

Hay Mucho Más

No te perdás las últimas publicaciones de Nómada

¡Gracias por suscribirte!

(Revisá tu correo y confirmá tu suscripción)

A qué hora te gustaría recibirlo:

Te gustaría recibir sobre:

¡Gracias!


Con qué frecuencia te gustaría recibirnos:

¡Gracias!


Anuncio

7

COMENTARIOS

RESPUESTAS

INGRESA UN MENSAJE.

INGRESA TU NOMBRE.

INGRESA TU CORREO ELECTRÓNICO.

INGRESA UN CORREO ELECTRÓNICO VÁLIDO.

*

    Abner B. Bartolo H. /

    23/10/2015 3:37 PM

    Soy peruano y estudio en Guatemala. Y ciertamente añoramos que la bella Guatemala respire paz y podamos caminar sin miedo por sus calles. Y creo que todos podemos contribuir para que se haga realidad.
    Bendiciones.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Clau /

    23/10/2015 2:25 PM

    No era yo la única chapina en Lima en ese septiembre primaveral caminando sin miedo por esas largas avenidas. Lima me encantó, superó mis expectativas: el arte, la gastronomía, las noches bohemias, la gente, la seguridad. Ojalá algún día los guatemaltecos podamos sentirnos seguros en nuestras calles.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    22/10/2015 10:35 PM

    Gracias

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    HOYPORHOY /

    22/10/2015 12:01 PM

    Fabulosa descripción. Gracias, ojalá pronto acá recordemos que ser feliz también se vale. Un abrazo!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Santiago /

    22/10/2015 11:41 AM

    Que bonita la sensación de tranquilidad que se percibe al visitar otras ciudades que sus problemas han de tener pero coincido en que en nuestra Guatemala se percibe el miedo algunas veces sutilmente otras a torrentes.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pablo Estrada /

    22/10/2015 11:21 AM

    ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh... no puedo más que bendecirte por este (otro más) texto precioso, bendita sea Lima y el espejo que puede prometer; que se acabe el invierno, que venga la primavera a esta nuestra ciudad (también) gris y monstruosa... salve pradito, salve!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



Notas más leídas




Secciones