Así fue mi experiencia en un prostíbulo en Guatemala

Son las 12 de la madrugada cuando llego al local. Las ruidosas y sucias calles comienzan a calmarse. Algunos carros pasan y son varios los bares y discotecas que, cerca de fechas de pago, esperan que los trabajadores lleguen para calmar la angustia del día a día. Diciembre, el mes del aguinaldo (para muchos), es uno de los más costosos.

Cotidianidad P147 prostitución

Las barra shows se venden como espectáculos de desnudo artístico.

Foto: Carlos Sebastián

Afuera del carro hace frío. La calle está sucia, aunque, como en otros puntos, no huele tan mal. Son varios los pasos antes de que nos reciban varios hombres, de estatura baja la mayoría, vestidos con trajes y chalecos. Uno de ellos revisa y pide que abran la puerta. Una luz sale tímida a la calle y suena, al fondo, un corrido.

Estoy en una de las muchas barras show de la Ciudad de Guatemala. Locales que, de acuerdo con el fiscal contra la trata, Alex Colop, se venden a sí mismos como espectáculos de desnudo artístico. Realidades aceptadas que conviven con el día a día del país. Que encienden las luces por las noches y reciben a toda una fauna de oficinistas, políticos hasta narcotraficantes.

El lugar es pequeño. En una tarima, frente a un tubo, baila una mujer. Se ve joven, veinteañera. Lleva un diminuto vestido que no cubre su tanga, También viste tacones altos. No lleva nada más. Baila frente al espejo. Se quita el resto de la ropa.

Anuncian otro nombre y ella sale.

Me siento. Pido cerveza. En el lugar, que tiene varios ambientes, habrá alrededor de 30 hombres. Algunos son jóvenes y otros viejos. Rostros comunes que podrían estar en cualquier lugar de uno de los países más violentos del mundo. Que pasan sus tarjetas o calientan un trago mientras los meseros van de un lugar a otro con vasos o se acercan y le hablan al oído al resto de mujeres que caminan entre los sillones.

Quienes bailan en la tarima van cambiando constantemente. También la música. De Taylor Swift pasan a un rock cursi de Aerosmith. Nunca suena algo “prendido”. La luz es tenue, entonces es imposible decir si hay rostros tristes; pero seguramente los hay, y muchos.

Esa madrugada también conozco a Sara –que es su nombre de noche–. Luego de pagarle un trago. Luego de insistirle en que lo que quiero es platicar. Y dice que soy raro, pero que hablemos, si la invito a otro.

Sara es pequeña. Medirá un metro y unos cincuenta centímetros. Aunque con los tacones se ve más alta. Tiene el pelo teñido. Dice que tiene 25 años y uno de vivir aquí. “No, sí soy de Guate, pero no de la capital”.

Toma uno de mis brazos y me pregunta por mis tatuajes. Se queda viendo por un rato el Edgar Allan Poe que tengo en el izquierdo. “¿Es Pablo Escobar?”, me interroga.

“¿Y qué hacés?”, me pregunta. Ríe cuando le contesto que soy escritor. “¿Y de qué te recibís para ser escritor”. Entonces me cuenta de su breve paso por la universidad.

Hace unos años estudió Derecho, en la sede de alguna universidad, en la provincia del país. Estuvo tan sólo unos meses. Pero el trabajo, llevar dinero a su casa también era una responsabilidad. Y una muy grande.

En ese entonces ella no pertenecía a la estadística del Procurador de Derechos Humanos (PDH) que dice que el 80 por ciento de las personas que ejercen la prostitución son mujeres. Antes se dedicaba a sus estudios, luego, con el nacimiento de su hijo tuvo otro trabajo, aunque no me cuenta qué fue. Después vino a la capital.

Vino porque una amiga antes le había ofrecido trabajar en ese local. Al principio no quiso, pero en el país donde la pobreza afecta al 59.2 por ciento de la población invariablemente desde hace 15 años, cuando el dinero falta, a veces se toman medidas desesperadas. Llegó, entonces, a la capital para poder solventar una deuda.

“Pero me quedé”.

El tiempo pasa rápido. Ella sonríe, por ratos se queda viendo al vacío, se acomoda un poco en el sillón blanco y cierra los ojos. “¿En qué pensás?”, le pregunto.

“Me quedé porque me gustó y porque pagan bien”. Sonríe. Aunque por ratos su sonrisa también es algo meditabunda. Es agradable, curiosa, su voz es rápida. Tiene el cuerpo, al parecer, cubierto por brillantina; también puede vérsele un poco de sudor secándose en su cuello. A su hijo lo ve de vez en cuando.

Su situación me parece injusta. A ella no tanto. En Guatemala el salario mínimo es de Q.2,364 en el área urbana. De acuerdo con el INE, la canasta básica alimentaria ronda los Q.3,123.60. Ella concluyó la educación básica e inició la universidad pero en este país el 69 por ciento no cuenta con un trabajo formal.

El limbo legal de las trabajadoras sexuales

No contar con un trabajo formal implica tampoco acceso a seguridad jurídica ni a un crédito, denunciar maltratos o tener seguro social. Son cosas que provocan dificultades, y en trabajos como el de Sara, dificultan aún más las cosas.

– Y… ¿te gusta tu trabajo?, reporteo.
–A veces sí. A veces, no.

Sí, debe ser extraño.

– Nunca dejás de trabajar, los clientes se pasan con vos, a veces da miedo.

Ella teme todos los días que trabaja, debe acostarse con hombres que no conoce y que la ven como un objeto, como mercancía.

Como el novio que tuvo, que conoció en ese local, que le pidió un baile y luego ‘servicio’. Con el que quedó de verse después. Y a quien nunca le creyó sus “te quiero”, porque “no te podés enamorar en tan poco tiempo solo porque te cogen rico”. Le pareció superficial, vacío, y por eso decidió terminar. “Así son los clientes, la mayoría”.

Tampoco le gusta la violencia. Y algunos clientes son agresivos. Recuerda otra vez en la que pasó varios días con uno. Pagó por su “salida”. La llevó a hacer algo “feo” y no le gustó. No dice qué fue. Pero “aunque estaba haciendo dinero, no quería seguir”.

Insisto en saber qué fue. “Era un narco, me sacó del país, pero como al segundo día ya no quería estar allí. Se sentía feo”, es lo único que se anima a contar.

A principios de 2015, el Ministerio Público cerró un local en la Quinta Samayoa. Una de las llamadas “casas cerradas”, donde a diferencia de las barras show, únicamente se comercia sexo. En aquella ocasión, el fiscal Mynor Pinto, sentado entre un montón de papeles en la oficina de la Fiscalía contra la Trata, habló sobre algo similar. Que la mayoría de mujeres que viven de la prostitución no se consideran víctimas.  “Llegan incluso a tener una relación afectiva con sus victimarios. Los ven como si fueran sus beneficiarios, quienes les dan una oportunidad de salir adelante”, dijo en aquella ocasión.

Legalmente, en Guatemala la prostitución no es un delito. Promocionarla o pagar por esta sí. Es decir, como en otros países europeos, no se penaliza a las mujeres que se prostituyen, pero sí a los hombres que las prostituyen, explotándolas o pagándoles. Pero las detenciones son muy pocas. En 2013, el Ministerio Público recibió 260 denuncias por prostitución y trata. Se lograron 20 sentencias. El escenario se repite otra vez: nadie habla del lado de las víctimas. También se repiten las razones: no tienen derechos, hay buena paga y el trabajo escasea en el país u ofrece salarios miserables.

Las condiciones de trabajo también varían. Donde trabaja Sara es una de las barras show consideradas como categoría alta, por eso habla de cuánto gana. Ella recibe un porcentaje de lo que pagan los clientes y puede juguetear, en ocasiones, con sus horarios. Al día, son varios los hombres que pagan más de Q1,000 por acostarse con ella.

En teoría, es un buen trabajo, desde una perspectiva económica. Pero es la excusa de los hombres para autojustificarnos. Hay una situación de abuso, violencia y explotación.

Las de la vida fácil estoy seguro que no son las prostitutas. No encuentro en qué contexto es fácil desnudarse frente a machos potencialmente violentos varias veces al día, sentir el sudor, la penetración y la autoridad de cuerpos desconocidos. Es un trabajo desgastante: física y psicológicamente.

Al local entran más clientes. La mayoría en grupos de tres. Algunos, muy pocos, aparecen solos. Se sientan y un mesero se les acerca para insistir en que consuman. Algunas de las mujeres se acercan a ellos y se sientan en sus piernas, mientras un hombre algo gordo, vestido con un chaleco desgastado, le lleva una pequeña copa a una de ellas.

Prostituciones menos incómodas

De acuerdo con la psicóloga Elizabeth Rojas, para entender la prostitución hay que ver los trasfondos. Sara parece no sentirse incómoda con su trabajo. Ríe constantemente e insiste en que le gusta bailar. “Ahí me mirás cuando suba”. Pero sí, detrás de su sonrisa dulce y sus ojos tímidos, uno de los cuales está cubierto a la mitad por su pelo teñido de castaño claro, también hay dolor.

Rojas considera que “hay prostituciones menos incómodas” cuando le cuento, unos días después, sobre el  caso de Sara. “Se sienten exitosas bajo esquemas de abuso”. Para la experta en temas sexuales, también en la prostitución “de lujo” existe una situación.

El fiscal Pinto, esa mañana en la pequeña oficina del Ministerio Público, explicó que para él se trata de la falta de oportunidades. Salir adelante en un país que intentó aprobar el salario mínimo reducido para cuatro municipios no es fácil.

Aunque salir de la pobreza en la prostitución tampoco es algo fácil. Al respecto, la socióloga Denise Phé-Funchal habla de la estratificación que existe. “En algunas casas cerradas, ellas cobran entre Q75 y Q100; además deben darle la mitad al proxeneta”. Así, en esas condiciones, no solo deben entregar sus cuerpos a desconocidos; tampoco salen de la situación de pobreza que muchas veces las lleva a prostituirse. “Afuera de mi casa hay una casa cerrada, y ellas nunca salen, además puede verse que no tienen siquiera ventanas: es un cajón de concreto, donde no van a ganar bien”.

También se puede mencionar el caso de las prostitutas en el Parque Concordia. Allí, una mujer engancha a menores de edad; las lleva a un hotel donde esperan los clientes y luego salen, siempre en horario escolar. “Llegan a su casa, pero con Q200; y por eso lo hacen”, explica Carolina Escobar Sarti, de Casa Alianza.

La libertad también es un problema. Porque Sara no duda un solo segundo en responder “sí”, que cambiaría de trabajo si pudiera. “Pero no creo encontrar otro donde gane lo mismo”, dice antes de levantarse, porque tiene que ir a bailar.

Nuevamente la libertad: “¿Y me podés dar tu número?”, pregunto. El nerviosismo se nota en su rostro; “ahorita no puedo”.

“Incluso a ellas (las prostitutas de lujo) aunque incluso las mirás caminando en centros comerciales, las siguen, las controlan. No pueden decir: me voy a fin de mes, porque ya no quiero”, me explica la socióloga Phé-Funchal.

Es que se trata de esas profesiones en que el miedo no está en un despido, sino en renunciar; porque puede traer repercusiones.

Reconocido por una parte de la ley, desconocido por otra

La prostitución en Guatemala es pública. El local donde trabaja Sara en la zona 9 capitalina está registrado como uno de “desnudo artístico”. Las casas cerradas, por otro lado, se venden como “salas de masajes”. Pero todos saben que allí se comercia con sexo, que las habitaciones están allí para eso.

A Carlos lo contacté por medio de dos amigos. Trabaja en una casa cerrada. Me pidió omitir o cambiar su nombre por seguridad. “Sin fotos a las chavas ni a mí tampoco”, dice.

“Ellas pagan una renta, nadie las está obligando. Vienen y se van cuando quieren; tampoco las tratamos mal”. El dinero que obtienen, lo reciben luego de pagar esta renta diaria.

El local es pequeño. Es una casa en la zona 12, con un enorme portón negro y una pequeña sala de espera, donde varias chicas salen a petición de Carlos cuando llegan clientes. Las habitaciones, por otro lado, están decoradas con cama tamaño king.

“¿IGSS? Me meten preso si les pago esa mierda”, ríe el proxeneta cuando le pregunto al respecto. Reciben condones y toallitas húmedas, nada más. “En algunos lados sé que les echan la mano para las cirugías”, afirma. “¿Pero y el sida y demás enfermedades”, pregunto a Carlos. Y responde, cínico, “para eso los condones. Aunque les preocupa más quedar embarazadas”.

De acuerdo con Escobar Sarti, este es uno de los problemas: ellas cuentan con un carné del Ministerio de Salud, con el cual pueden demostrar que no poseen ninguna enfermedad. Pero tampoco se les otorga ninguna garantía. En la clandestinidad, no tienen ningún beneficio real por parte del Estado. En Guatemala, según esta cartera, son más de 29 mil las mujeres que se dedican a la prostitución.

En 2014, durante el Día Internacional de las Trabajadoras Sexuales, se presentó una solicitud ante el Ministerio de Trabajo. Se pidió crear un sindicato, para que se reconozca lo que ellas hacen como un trabajo y así, protegerse, al salir de la clandestinidad. “Queremos tener el derecho de cualquier gremio de trabajadores: el derecho al seguro social, el derecho a la jubilación, el derecho a los descansos, por ejemplo”, dijo una activista de Mujeres en Superación a la AFP en ese entonces.

“También es un problema más del imaginario”, explica Carolina Escobar Sarti. No es algo que vaya a terminar, por nuestra cultura. “Esto está silenciado y normalizado, porque incluso hay niñas que desde los cinco años son abusadas. Es impresionante cómo olvidan que su cuerpo es de ellas (…) en nuestra sociedad, una patriarcal, es algo naturalizado”.

Para ella, la legalidad sí podría protegerlas. Considera que el debate no se ha hecho como debería: va más allá. “Muchas exigen derechos laborales; además consideran injusto que se penalice al cliente, porque pierden dinero. Pero son mujeres adultas”. La ilegalidad da la pauta al maltrato, la trata y el abuso. “Como deben hacerlo a escondidas, no importa si es trata o si son niñas”.

Países como Canadá han tenido que legalizar la prostitución para evitar que se cometan crímenes contra las trabajadoras. Como el caso que usaron las autoridades como base para permitirla en dicho país; el de Robert William Pickton, quien asesinó a 50 mujeres en Vancouver,  los cuerpos los lanzó a la jaula de un oso que era su mascota.

La socióloga Phé-Funchal considera que además deberían desarrollarse programas para sus hijos, en los cuales se les explique sobre salud, esclavitud sexual y, de esta forma, tampoco sea algo generacional. “Supe de una niña de 8 años quien dijo que de grande quería ser prostituta, como su mamá. Porque con ese dinero los mantiene”.

Sin dirigirse por el lado de la moral, Phé-Funchal y Escobar Sarti coinciden en algo: la legalidad protegería sobre todo a las víctimas de trata y a las niñas. “Hay que ver diferencias entre mujeres adultas; conozco un caso de una niña de doce años que recibe entre 20 y 25 clientes al día”, agrega. Y no es un problema de acabar.

En un país injusto como Guatemala, la prostitución seguirá. “Tal vez sin demanda, deja de haber oferta. Pero vivimos en una sociedad patriarcal”, afirma Escobar Sarti.

Seguirá como el frío tubo al que se aferra Sara cuando vuelve a salir; ahora vestida con un pequeño y apretado short blanco y una blusa recortada que deja al descubierto parte de sus senos. No sonríe, se mueve despacio y comienza a desvestirse. “Es mi trabajo”, es la frase que resuena en mi cabeza, mientras más hombres se acercan a la tarima para observarla.

Pep Balcárcel
/

Músico frustrado. Llegó al periodismo por casualidad y se quedó por amor. Ha publicado un par de libros de cuento y de poesía. También fundó una editorial y sobrevive como puede. Animalista.


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COMENTARIOS

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    DF /

    29/08/2018 9:27 PM

    Genuino, y sincero. Buen artículo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    chendo /

    26/05/2018 1:33 PM

    hipsters ridiculos, quieren hacer una nota "profunda" un tatuaje de Edgar Allan Poe! ya solo le falta otro de bukowski! que nota más mediocre.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Pedro /

      04/07/2018 3:23 PM

      Hipsters*
      ridículos.*
      Quieren*
      ¡*
      Ya*
      Bukowski*
      Que*
      ----------------
      Hipsters ridículos. Quieren hacer una nota "profunda". ¡Un tatuaje de Edgar Allan Poe! Ya solo le falta otro de Bukowski! que nota más mediocre.
      ----------------
      Ahora que ya entendemos lo que el compañero quiso decir, podemos tomar su comentario como una excelente solución al problema de la ilegalidad de la prostitución.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Fernando /

    04/03/2018 6:21 PM

    "En un país injusto como Guatemala, la prostitución seguirá. “Tal vez sin demanda, deja de haber oferta. Pero vivimos en una sociedad patriarcal”, afirma Escobar Sarti."?
    Este argumento, entre todos los argumentos presentados presentados en este articulo es el mas ridiculo. En cuestiones de sexo, nunca dejara de haber demanda , sea o no sea una sociedad patriarcal. Muchas mujeres se ofrecen para este tipo de actos y ademas de esto en temas relacionados la industria pornografica en California es una de las mas billonarias que existe en el mundo, lo mismo es con la prostitucion en el pais, se mueven cantidades exageradas de dinero con esto.
    No es que yo apurebe o consienta la prostitucion, pero por mas que se trate de regular dicha actividad,la gente siempre conseguira los medios para evadir a las autoridades(no a la justicia).

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    007 /

    07/02/2018 11:23 PM

    La prostitución como una de las profesiones más mas viejas... a veces simplemente quieren seguir ahí, ya que es una oportunidad de seguir sobreviviendo en este país que no brinda oportunidades, lo ven como el trabajo donde no te piden requisitos, y donde pueden obtener beneficios a pesar de cambiar sus cuerpos por comida, comodidad, ayuda a sus familiares... total una salida

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Fernando /

      07/05/2018 6:56 PM

      Aparte de ser un pais con escasas oportunidades de trabajo y de desarrollo, muchas de estas mujeres no sirven para nada, no tienen estudio,no saben un oficio, no tienen habilidades laborales utiles, y han sido criadas de la manera que tengan que depender de los hombres toda la vida, por eso prefieren la prostitucion, porque tambien es una profesion que les da para todos sus vicios(addiccion al sexo, drogadiccion, dinero facil, etc).

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Victor /

    07/12/2017 8:49 AM

    Realmente interesante, es cierto que la oportunidad en nuestro país es limitada muchas veces. Que lo hacen por ganar más que un salario mínimo, la verdad yo lo haría también pues la situación es precaria, la relación ingreso / canasta básica es abrumadora y siempre hay que ver de donde se obtiene ese extra. Muchos solo sirven para juzgar, pero ellas no roban ni hacen daño a nadie, uno va por elección propia a visitarlas y relajarse, si estoy en contra de que las maltraten pues son mujeres y sea lo que sea que se dediquen merecen respeto todas por igual. Tengo amigas del medio y se que no siempre es fácil para ellas, claro, fácil es decir que es fácil cuando no estás en su lugar.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Mario /

    02/07/2017 10:18 AM

    Yo siento lástima por alguna de ellas tal vez no es la manera que ellas quisieran además con el paso del tiempo ya no le hayan el mismo sabor a la vida, quisiera poder ayudarlas a ver de nuevo una luz o algo de esperanza en su vida, porque se que es lo que se siente estar asi.
    Muy buen artículo no todas están ahí por que quieren, otras lo hacen por necesidad.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    EDUARDO /

    08/05/2017 2:55 PM

    Ña verdad es que hay k tener hagallas para hacer esto pero por necesidad lo hace uno y ya lo unico k hay k tener cuidado pero esas so experiencias k solo pasan una vez

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    María /

    02/02/2017 5:45 PM

    Muy buen artículo, debo decir que el autor del artículo sabe como relatar los hechos para que uno lo sienta como si lo hubiera vivido!!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Stuard Boror /

    03/01/2017 9:46 AM

    Muy interesante el artículo, la verdad es que se puede ganar la vida de varias formas e ideas creativas, pero a veces el dinero fácil te invita muchas veces a cometer actos ilícitos o llevar estilos de vida que no concuerdan con la moralidad básica. La verdad nunca he ido a uno de esos lugares, pero tengo amigos que contratan a "modelos" por precios desde Q.500.00 en adelante, se reúnen en buenos hoteles y pues el servicio es de lujo, son prostitutas independientes que las podés contactar por facebook o alguna otra red social, y se te garantiza un buen servicio, la verdad es que sin demanda no hay oferta, pero al parecer siempre hay demanda. Sería bueno que hicieras un reportaje sobre este tipo de prostitutas que no trabajan necesariamente en un club nocturno, sino que muchas de ellas o ellos, son estudiantes, ejecutivas, modelos en fin, mujeres que nunca pensarías que tendrían ingresos extras de esa manera.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Alberto /

    27/12/2016 12:31 AM

    La realidad en la que vivimos es desigual, la situación económica influye pero es mas la forma de pensar y como querer ganarse la vida es desicion de cada quien ya he tenido expericias en bares en donde he visto a hermanas trabajar en el mismo lugar como dijo Phefunchal que es generacional, al ver como la mayor se gana la vida sabiendo a que se dedica Mas sin embargo ella emprende esa misma ruta, en mi opinion es el pensamiento y la voluntad la que las puede sacar de su situación ya que también ellas te pueden contar que hay chavas que han salido de ese medio y se han dedicado a otra cosa

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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