Así me convertí en iraquí por un día

El pasaporte es verde. Tiene letras y un elaborado escudo estampados en dorado sobre su cubierta derecha. La veintena de sus páginas están vacías, excepto la primera que me identifica, da mi país de origen y dirección, y tiene pegada una foto donde se estoy viendo directo a la cámara, vestido con una chumpa de invierno, sonriente, con picardía.

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Esta es una opinión

El pasaporte iraquí de Harris Whitbeck, periodista guatemalteco.

Foto: Harris Whitbeck

Picardía porque en el momento en que me tomé esa foto de pasaporte, me sentía puro niño travieso. Estaba cometiendo un acto ilícito, violando las leyes de lo que quedaba de la República de Irak durante aquellas caóticas semanas después de la invasión estadounidense en el 2003, cuando la fuerza invasora no se terminaba de afianzar en el poder. Los vestigios del régimen de Saddam Hussein que no estaban escondidos: los empleados públicos seguían presentándose a sus oficinas, cumpliendo con las labores burocráticas de siempre porque en medio de toda esa locura el único remanso de paz y estabilidad lo encontraban en tratar de mantener la rutina diaria.

Me tomé la foto para optar a un pasaporte iraquí.

Llevaba ya varias semanas en Bagdad como corresponsal y me había cansado de contar la misma historia: soldados estadounidenses patrullan vecindario acompañados de atemorizados traductores locales que llevan sus caras cubiertas para evitar ser identificados y sufrir represalias por lo que quedaba de los integrantes del partido Baath; los soldados entran a las casas gritando, apuntando sus armas, obligando a los hombres a salir, sin entender la indignación y la furia de las mujeres que, sorprendidas en la intimidad de sus casas, no tuvieron el tiempo para taparse las cabezas ante la llegada de hombres extraños.

Quería buscar una nueva manera de contar la historia de lo que sucedía en Irak, el desmoronamiento total del Estado, la fragmentación de una sociedad que (para bien o para mal), bajo el férreo control de Saddam y su aparato, vivía con cierto orden y estabilidad.

Y pensé que una buena manera de mostrar la falta absoluta de leyes sería intentar hacer algo completamente disparatado, poner el sistema a prueba, comprobar de primera mano qué tan efectivo era. Como dicen en inglés, «push the envelope».

Una tarde, mientras conversaba con Odai, mi traductor, me contó que la Oficina de Pasaportes estaba en un desorden total. Tan desordenado, me dijo, que hasta un guatemalteco con cara de gringo podía ir a sacar el documento. Se me ocurrió que esa era la prueba del sistema que necesitaba. Algo sencillo, muy rutinario, pero completamente fuera de orden a la vez.

¿Cuántos guatemaltecos habrían llenado los formularios, pagado el equivalente de $70 (Q546) y recibido ese librito verde que los acreditaba como ciudadanos del Iraq de Saddam Hussein?

Y fue así de sencillo: Odai me llevó a tomarme la foto, le dí los dólares, firmé un formulario que no entendía porque no hablo ni leo árabe, y como a los dos días llega Odai con una sonrisa triunfal y me dice: «Habibi, ahora eres uno de los nuestros», mientras tira sobre mi escritorio mi nuevo y reluciente documento de identidad.

 

Mi pasaporte iraquí. Foto: Nómada

Mi pasaporte iraquí. Foto: Harris Whitbeck / Nómada

Cuando regresé a Guatemala después de esa misión, coloqué el pasaporte en una librera de mi casa  junto a unas fotos y unas piedritas que recogí en el jardín del Zigurat de Ur porque me recordaron a la señora de Castellanos, mi profesora de historia universal en sexto grado de primaria, quien me hizo aprender a puro reglazo qué eran los zigurats y dónde quedaba Mesopotamia. Era un objeto más, un recuerdito para apilar junto a los otros.

Pero el pasaporte era mucho más que un recuerdo. En su momento me ayudó a entender y contar una historia. Me ayudó a conectar de una manera, por más sencilla y superficial, con los ciudadanos de un país que, sumido en el caos, intentaba lidiar con el resquebrajamiento absoluto y repentino de su sistema.

En mi vida diaria trato de ser un ciudadano ejemplar. Creo firmemente en la importancia de la institucionalidad, en los deberes que tenemos todos. Mi calidad de periodista no me exonera de mis responsabilidades ciudadanas. Pero también creo que el periodista a veces tiene que hacer cosas que normalmente no haría para entender la realidad y su contexto. Situaciones que hacen que reflexionemos, que identifiquemos lo que nos gusta y lo que no nos gusta para tratar de cambiarlo, o para poder tomar decisiones conscientes sobre lo que sucede a nuestro alrededor.

Mi pasaporte iraquí de contrabando me hizo caer en la ilegalidad, pero me ayudó a contar una historia.

Harris Whitbeck
/

Harris Whitbeck tiene una maestría en periodismo por la Universidad de Columbia y empezó su carrera desde 1991 en CNN. En Guatemala, dirigió Entrémosle a Guate. Realiza coberturas especiales en América Latina para Al Jazeera.


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    Enrique Espana /

    09/09/2014 7:35 PM

    "Mi calidad de periodista no me exonera de mis responsabilidades ciudadanas", ojalá todos los periodistas pensaran y actuaran de esta forma.
    Buena historia y gracias por el punto de vista interno de Iraq, que pocos hubieramos creído o sabido que Saddam podía mantener con cierto equilibrio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ROBERTO MOLINA /

    09/09/2014 3:33 PM

    El fin justifica los medios.... el camino al infierno esta empedrado de buenas intenciones... la proxima viole a una menor para demostrar que no hay castigo para el criminal!!! nos guiamos por los ejemplos no por las palabras!!! para usted esto es un juego... bien financiado. sea serio si quiere ser tomado en serio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Fredy R. Ochaeta A. /

    09/09/2014 12:59 PM

    Historia inédita, que refleja y ejemplifica para el aprendizaje el aburrimiento de la cotidianidad, que encamina a la creatividad, y plasma r la escuela de la Vida, que es la que ilustra y conmueve, al lector Felicitaciones por la anécdota

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Johanna Timeus /

    08/09/2014 6:34 PM

    lo bueno es tener una idea y luego tratar de concretarla..... asombra que muchas veces se llega al cometido pero si no probamos, no sabremos nunca que hubiera podido ser... y fue!!
    (me gusta eso de coleccionar piedritas para recordar después en qué lugar las recogimos)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    jean-louis trombetta /

    08/09/2014 5:39 PM

    La señora de Castellanos; todavía tengo abollada la mollera de los anillazos...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pamela Vargas Santacruz /

    08/09/2014 3:48 PM

    sabes... mas allá de tu anécdota que no deja de ser arriesgada en ese contexto... no me veo viviendo en un país donde las represiones son el pan de cada día, donde las libertades solo reflejan lo primitivo de las decisiones de políticos retrógrados que solo buscan afianzar el poder a costa de la vida de los ciudadanos... dijiste algo muy importante... debemos cambiar, pero no solo aquello que no nos gusta, si no aquello que no es correcto especialmente para nuestros países en los cuales los ciudadanos damos el poder a alguien... y nuestra responsabilidad es convertirnos en guardianes de la democracia... los políticos avanzan hasta donde se les permite... ojo con eso... especialmente en Ecuador...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Reinaldo Sierra /

    08/09/2014 11:19 AM

    perdon , ningun anonimo, soy yo!!!!:)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    08/09/2014 11:18 AM

    corrupto!! jejeje que chevere leer estas aventuras tuyas y dejame decirte que tuve que buscar donde quedaba mesopotamia jajajaja.
    Saludos

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Jefferson Velásquez /

    08/09/2014 9:32 AM

    ¡Interesante anécdota!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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