El niño que cazó un jaguar (y le dieron Q350)

No pudimos dormir antes de recorrer el lago. Nuestro sueño fue interrumpido por el agudo chillido de los cerdos en el matadero del restaurante vecino al hotel. Eran las dos de la mañana. Habíamos quedado con el lanchero a las seis y media. El descanso se nos fue en escuchar el agua golpetear contra los parales del hotel y los gritos de los animales. Agua y sangre, rodeándonos.

Cotidianidad n246 Opinión P147
Esta es una opinión

El lago de Izabal. Fotografías: Julio Prado

Era nuestro segundo día de recorrido. Habíamos pasado el día anterior al Castillo de San Felipe. Parecía más pequeño de lo que imaginé. Hacía tanto tiempo que había estado ahí, que no recordaba ningún detalle del lugar. También fuimos a las cascadas del Paraíso. Un sitio cuyo nombre le hace justicia, de agua esmeralda entre un bosque espeso, mitad agua fría de la montaña, mitad agua termal.

Ahora estábamos dispuestos a dar un paseo por el lago de Izabal, partiendo de El Estor. Nos quedamos en un hotel relativamente nuevo, construido sobre pilares que se adentran en el agua. Al abrir la ventana de la habitación, uno podía verse metido en el paisaje de montañas y pacíficas olas que terminaban acariciando los muros del hotel.

Empezaba a clarear. Una ligera brisa dibujaba círculos infinitos en el lago. Sin embargo, el agua estaba mansa. Era una planicie que solo fue perturbada por la pequeña lancha de nuestro guía que se acercó al hotel.

Lo vi atracar. Era un hombre mayor. Limpiaba el bote con esmero, esperando que nos acercáramos. Nos tomó la mano para ayudarnos a abordar y en un lapsus muy corto de silencio, prendió el motor, para que la lancha se alejara suavemente del hotel, bordeando toda la playa pública de El Estor.

Una vez alejados de la playa, se detuvo. Apagó el motor. La embarcación se suspendió en un equilibrio perfecto. Dijo su nombre otra vez. Nos dio la bienvenida, dijo que tendría el gusto de guiarnos por los lugares más hermosos de Izabal. Que iríamos a ver iguanas, a Lagartos a ver el manatí y a las bocas del Polochic. También dijo que iríamos a una playa. Me pareció un gran detalle.

Lagartos

El laberinto del Estero Lagartos, Lago Izabal.

Tenía el pelo gris. Sus ojos profundamente negros parecían ser lo más vivo de su rostro, atravesado por las arrugas que los años y el sol, que curtió su piel, habían dejado. Era un tipo delgado, que se veía fuerte, a pesar de los años. Daba confianza. Transmitía en su sonrisa una calidez que se acentuaba con cierta inocencia al mostrar que le faltaban varias piezas dentales con su risa.

Primero se acercó a los árboles donde viven las iguanas. Ahí nos dijo que la mina estaba robándose el agua y contaminándola. También nos dijo que ahí había sido donde habían muerto los estudiantes de la Universidad del Valle, mientras miraba fijamente a dos guardias apostados en una especie de puente de metal que daba pie a un canal que llevaba agua hacia la mina.

Los guardias nos observaban con recelo. Estoy seguro que escucharon a nuestro capitán dar su convencido discurso anti-minero, mientras acercábamos la lancha hacia los árboles donde las iguanas parecían dominar el ambiente como una postal prehistórica maravillosa.

Cada vez que señalaba un animal, nuestro guía lo hacía como sorprendido él mismo por las maravillas que había visto toda la vida. Porque ya nos había adelantado que él llevaba más de cincuenta años viviendo ahí. En la selva, dijo.

Luego de un rato, nos adentró en el Estero Lagartos, una desembocadura del Lago que fue ennegreciendo el agua hasta volverla un espejo entre profunda vegetación de todas las tonalidades que el verde puede dar.

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Aves huyendo, Lago Izabal

Una bandada de pájaros alzó el vuelo mientras tomamos la ruta. Varias veces detuvimos la marcha porque se divisaban estelas de burbujas sobre la superficie del agua. Eran los manatís. A lo mejor veríamos una nariz asomarse. A lo mejor el animal. A lo mejor solo la brisa en aquella poderosa vegetación que parecía salir de un sueño.

El Estero fue convirtiéndose en una especie de laberinto formado por un jardín maravilloso. Lirios alrededor de inmensos árboles, que después se fueron convirtiendo en hogares de grupos de zaraguates que aullaban con fuerza.
Deteníamos la lancha para oírlos; para verlos de cerca sostener a sus criaturas, hurgándole las pulgas, para verlos comer pequeños frutos; para observar cómo sus pequeños y negros cuerpos resonaban en un alarido feroz que encontraba eco en la espesa selva.

Estaba maravillado. Me sorprendí viendo una inmensa serpiente amarilla caer en el agua, la cabeza de un lagarto, pájaros de todos colores. Aún el cielo estaba gris, aún no amanecía del todo, aún parecía que dormía y soñaba con un sitio perfecto.

Pasamos un buen tiempo en el lugar y después nos encaminamos a la desembocadura del Polochic donde vimos otra tonalidad de agua, una más achocolatada. Muchos más zaraguates reinando en un concierto salvaje que bien aterrarían a cualquiera. La lancha detenida, para que escucháramos la potencia del grito.

BFagartos árbol

Árboles sobre el espejo del Estero Lagartos, Lago Izabal.

Bien podrían confundirse con el aullido de un tigre, dije, de la emoción. “No”, me replicó nuestro capitán. Cuando un tigre grita la tierra tiembla. Yo vivía con mi mamá aquí entre el monte. Viera cómo se oía. Mi mamá le gustaba tener gallinas, pobrecita no va a ver que una vez entró el tigre y se comió como 25 gallinas, nos contó, mientras sus ojos se encendían.

Los dejó en la quiebra, pensé. ¿Qué hicieron? Le pregunté. Ah tuvimos que esperarlo en la noche. Yo tenía como doce años. En eso llegó y lo vimos y lo tuvimos que matar.

¿Era un jaguar? Pregunté. Sí, era jaguar, grande. ¿Y la piel? Volví a preguntar. La fuimos a vender y nos dieron Q350, me dijo. Lo pensé recibiendo el dinero. Lo pensé siendo un niño sosteniendo un arma. Lo pensé siendo un niño que mata a un jaguar con una pistola y en su amor por el paraíso en el que vive. Todo parecía natural. No había engendrada maldad en sus actos. Toda esta sangre se lavaba con el agua.

Con esos Q350 compramos un motor marino, dijo. Y luego nos contó muchas más aventuras en su pequeña lancha cuando dormía en el estero esperando la pesca del día.

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La comida del Manatí.

Había en él una vida que me parecía rotundamente hermosa. Lo dejamos hablar, porque a través de sus historias el lugar tomaba otros tonos, como si nos revelara más secretos de los que presentaría al visitante sin suerte.

Nos devolvimos al hotel. Ya el lago estaba picado. La caña que estaba en la vera del Polochic se abrió para encontrarnos con olas suficientemente fuertes como para hacer saltar a la embarcación.

El Estor se veía lejos. Metí mis manos en el agua que salpicaba al lado de la lancha y estaba tibia. Empezó a lloviznar. Miraba el pueblo cada vez más cerca, mientras escuchaba el ruido del motor marino partir el agua. Y pensaba en los ojos del jaguar la noche que acechó al niño con la escopeta.

No basta con ser hermoso para que no te alcance la muerte. No basta con ser salvaje. El capitán, el jaguar y yo, eventualmente, todos volveremos al mar.

Caña polochic BF

Bocas del Polochic, Lago Izabal

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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    Lu /

    29/01/2015 8:34 PM

    ¡Carajo! Quiero ir ahí.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lu /

    29/01/2015 8:34 PM

    ¡Carajo! Quiero ir ahí.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Elena Gaytán /

    19/01/2015 7:19 AM

    Excelente historia. De repente sentí que estaba ahí en la lancha. Me encanta tu lenguaje sensorial.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    14/01/2015 2:36 PM

    Gracias a todos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Bernardo Arévalo /

    14/01/2015 2:08 PM

    Hermoso, Julio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Trudy Mercadal /

    14/01/2015 10:39 AM

    Belleza pura.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Bryan /

    14/01/2015 10:27 AM

    Sentí que estaba leyendo a Rodríguez Macal. Saludos!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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