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¿Estoy segura que soy 100% heterosexual?

Hay gente que piensa que las redes sociales sirven para fines que van más allá de mostrar fotos de su comida, su viaje a Disney o despotricar. Hay gente tan proactiva que te mete en grupos para apoyar a alguna causa. Así terminé siendo parte de uno que se llamaba “En Guatemala no hubo genocidio”, que silencié (para no recibir notificaciones) hasta que un amigo comentó que uno de los administradores no dejaría ser parte del grupo a una chava porque había revisado su perfil y en ese grupo no había espacio para lesbianas.

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Esta es una opinión

Andrej Pejic, el modelo andrógico más famoso del mundo. Ha modelado como mujer para Rosa Clará.

Foto: flickr.com/photos/nielleborges/

Mi amigo le decía al moderador que no estaba de acuerdo con esa decisión porque una cosa era la vida de la chava y otra cosa que estuviera interesada en las discusiones del grupo. Había quienes le decían que seguramente hablaba así porque era un gay reprimido, que qué sabía él de lesbianas, que era una ofensa a la moral. Mi aporte a la discusión no fue tan breve como yo esperaba. En un par de párrafos les dije que cada individuo merece respeto sin importar no solo su sexualidad, sino su raza, color, edad o religión. Volví a la discusión un par de días después para ver si mi comentario había logrado algo y me encontré con una sola respuesta dirigida a mí: «habló la lesbiana». Así, de un plumazo alguien había descalificado mi opinión.

Tiempo después de este suceso andaba paseando por las conferencias de TED y me topé con una que se titula “Fifty shades of gay” en la que la artista iO Tillett Wright cuenta su historia, que empieza cuando era niña, habla de su familia y su infancia en Nueva York, y de cómo después que unos niños no la dejaron jugar basquetbol con ellos porque era niña, llegó vestida de niño al día siguiente y no solo la dejaron jugar, sino que a nadie pareció importarle.

Cuenta cómo creció asumiendo la identidad de un niño, sobre sus experiencias como adolescente, sobre dudar si quería salir con chicos o chicas, sobre volver a vestirse de mujer y cómo, un buen día, se dio cuenta de que lo que ella consideraba normal en su mundo y su contexto, no era normal para el resto del mundo. Se dio cuenta de que ella, como una mujer transgénero, era considerada por la sociedad como una «ciudadana de segunda clase» que podía ser discriminada, tener dificultades para encontrar trabajo y ser vista como alguien «anormal».

Cuando decidió hacer algo empezó con su proyecto Self evident truths y la serie de fotos que se convirtió en We are you, cuyo objetivo es mostrar el rostro de cualquier persona que no sea 100% heterosexual, para demostrar que los límites de lo que consideramos «normal» quizás no representen lo normal porque es demasiado difícil establecer una línea definitiva entre lo gay y lo no gay y porque, a final de cuentas, todos somos únicos y diferentes.

En alguna parte de la conferencia ella pregunta cuál es el porcentaje de heterosexualidad o de homosexualidad que nos define. Yo nunca lo había visto así y me pregunté si el hecho de que me dijeran lesbiana en un foro me quitaba algo así como un 1% de mi heterosexualidad.

Cuando estaba en la primaria, pasé al lado de una escoba que estaba tirada en el suelo, que no recogí. Detrás de mí venía un compañero que sí lo hizo y la apoyó contra la pared. La maestra vio toda la escena y nos dijo que gracias a que yo no había recogido la escoba todas las niñas del grado nos íbamos a quedar sin recreo, porque no era posible que «una mujercita» no se preocupara por poner orden, mientras que «un hombrecito» que no tenía obligación de ordenar nada, lo hiciera de buena gana. Así fue como me castigaron por no cumplir con «las labores históricas propias de mi género».

Crecí y me convertí en una de esas adolescentes a las que les cuesta mucho cumplir con el ideal de femineidad. Al mejor estilo noventero, usaba jeans rotos, camisas enormes de franela, botas Caterpillar, el pelo largo y sin forma o más o menos recogido en una cola cerca de la nuca, no usaba maquillaje. Trabajaba de vacacionista en el centro comercial de la zona 4. Un día estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una banca, leyendo, cuando llegó uno de los señores de mantenimiento y me dijo disculpe joven, tengo que pintar la banca,«¿puede moverse?»

Cuando le dije «con mucho gusto don Rigoberto», él reconoció a la seño que trabajaba en un almacén del primer nivel y se quedó medio aturdido pero no me dijo más. Creo que me he sentido más ofendida cuando me dicen doña en un bus que en esa oportunidad, así que tampoco dije más. A esas experiencias puedo sumarle que prefiero usar el personaje de Mario en lugar del de la princesa Peach en los juegos de Nintendo, así que no tengo solvencia moral para decir que soy 100% heterosexual, sin que ello me haga no serlo.

Cuando elegimos una etiqueta para describirnos, no estamos hablando solo de que nos gustan las personas de tal o cual sexo, estamos presentando nuestro sexo, género, identidad de género, expresión de género y orientación sexual, cinco aspectos que definen las personas que somos y cómo nos relacionamos con otros, algo que no es tan sencillo como decir que soy hombre o mujer. De hecho, hay culturas en el mundo que reconocen la existencia de tres o más géneros.

En El paraíso en la otra esquina, Mario Vargas Llosa cuenta un encuentro de Paul Gauguin con un mahu en Tahití: “Era un varón, cerca de ese límite turbio en el que los tahitianos se convertían en taata vahine, es decir, en andróginos o hermafroditas, aquel tercer sexo intermediario que, a diferencia de los prejuiciados europeos, los maoríes, a ocultas de misioneros y pastores, aceptaban todavía entre ellos con la naturalidad de las grandes civilizaciones paganas. Muchas veces había intentado hablar de ellos a Teha'amana, pero, que existieran mahus a la muchacha le parecía algo tan obvio, tan natural, que no conseguía sacarle más que pequeñas banalidades o un alzamiento de hombros. Sí, había hombres-mujeres, ¿y?

La naturalidad de Teha’amana no debe extrañarnos, así como tampoco debería parecernos extraordinaria la visibilización de todas esas personas que pertenecen a la comunidad LGBT y que quieren que se respeten sus opiniones y sus derechos como individuos, sin importar con quien tienen relaciones, qué hacen con su cuerpo o cómo se demuestran afecto. La empatía no nos hace convertirnos en ese otro, nos ayuda a comprenderlo. Las etiquetas no nos definen, solo sirven para explicar una pequeña parte de lo que somos.

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Conoció los cómics porque un día se empachó de literatura, aunque nunca dejó de creer que se puede cambiar al mundo un lector a la vez. Ama el cine y los dulces de anís.


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    ANONIMO /

    14/10/2014 9:46 AM

    […] que recuerde lo menos posible su pasado, como la modelo andrógina tan guapa de la que escribió Adelaida. Mientras, alimentamos los prejuicios, damos armas al odio y continuamos permitiendo que cualquier […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Andrea Rodas /

    09/10/2014 2:56 PM

    Que lindo e importante todo lo que decis. Gracias por escribirlo, en serio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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