Guatemalteco, hasta en Nueva York

No; no es posible tenderse en una banca de un parque en Nueva York, admirar las primeras estrellas y no sentir envidia por los árboles, las montañas y las rocas que optaron definitivamente por no decir una palabra (…) tranquilos orgullos hacia la más perfecta arquitectura del silencio.  Luis Cardoza y Aragón 

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Foto por Alan Kritzler Colección: Society on the Verge of a Nervous Breakdown Fecha: enero 2012 Brooklyn NY

Zeitgeist One

Me siento a gusto en el silencio. Y, curiosamente, toda mi vida la he transcurrido en ciudades. Principalmente en la de Guatemala, donde nací y crecí. Esa masa informe, colapso urbanístico que apenas resiste las oleadas de migrantes del interior y que se acumulan con la precariedad como único principio organizacional por más que cierto gusano blanco insista lo contrario desde la Municipalidad. Es una ciudad, eso sí, flanqueada por monstruosos volcanes, solemnes, hermosos en su hermetismo, indolentes en su potencial para aniquilarnos.

Pero también he pasado parte de mis años en el Área de la Bahía, al norte de California, donde estudié mi licenciatura. En un San Francisco que esconde secretos oscuros detrás de una de las más hermosas fachadas ondulantes, con sus puentes colgantes que han servido como instrumentos para el suicidio de muchos que se tiran buscando un último atisbo de transcendencia. ¿Y cómo culparlos? El Golden Gate, esa colosal elegancia arquitectónica, es uno de los lugares con más suicidios registrados en todo el mundo.

Hoy escribo desde un diminuto apartamento en Brooklyn, Nueva York, donde vine a estudiar mi posgrado. Es una ciudad que radicalmente no es mía, pero que después de cinco años se mi insiste en todo lo que hago y escribo y que entra por la ventana a modo de rascacielos y ambulancias. Ese sonido urbano por excelencia que no es más que el recuerdo de la radical diferencia entre el concreto de la ciudad y el cuerpo humano vulnerable y suave, la correspondiente deshumanización de la mortalidad como mero accidente.

(Al respecto podríamos escribir una historia urbana de muertes patéticas, como la de Gaudí o Barthes que en su genial ensimismamiento se murieron arrollados por vehículos en las calles de Barcelona y París, respectivamente. Daría risa sino diera pena.)

Me siento cómodo en el silencio, en las horas muy de la noche, en espacios vacíos o enruinados, en cantinas a medio día y en los numerosos escritos privados que no he publicado y que se pudren entre archivos y el caldo informe que es mi desdén por mi propia escritura pasada. Pero llega la hora de romperlo y esta ciudad, este año y este blog marcan el momento para mí.

Donald J. Trump ganó las elecciones en noviembre del año pasado. Desde la primera semana de su presidencia empezamos a entender que era imposible no tomarlo en serio en sus intenciones teñidas por completo de fascismo. Una derecha populista como esta no se ha visto jamás en este país y, tanto Nueva York como San Francisco, que son unas de esas burbujas muy socialmente liberales- aunque fiscalmente conservadoras- se sienten como epicentros de resistencia.

Me duele escribir sobre Guatemala, como me duele no poder haber participado directamente en los movimientos políticos recientes por estar lejos. Me cuesta superar ese punto ciego propio del que escribe y piensa sobre una tierra, un territorio, un tiempo incluso, que siempre se presenta con la húmeda nostalgia del hogar. No hay nada más cercano que el trauma. Mi ficción busca encargarse de descifrar lentamente y en silencio esa hermosa herida.

Pero sobre Estados Unidos puedo escribir  abiertamente precisamente porque me he encargado de no sentirme en casa acá, de preservar mi acento al hablar y de no revelar los secretos líricos de mi español cuando me han obligado a enseñarlo en la universidad. Pequeñas batallas simbólicas que me permito.

Me acerqué a Nómada porque en ese juego de distancias y cercanías me siento en un lugar privilegiado para ir registrando los movimientos políticos que a los guatemaltecos nos afectan directamente por eso de la dolorosa historia neo-colonial que nos arrastra buscar como destino los Estados Unidos. Por supuesto, a mí personalmente me afecta por ser un inmigrante.

No me molesta si me llaman neo-romántico.

Con la suficiente arrogancia del caso, pero también con el suficiente autoconocimiento como para no tomármelo muy en serio, busco insertarme en esa colosal tradición literaria formada por los poetas latinoamericanos y españoles que vinieron a Nueva York y se lanzaron a sus calles, algo atemorizados, a intentar entender el desorden propio de una modernidad de principios de siglo pasado que todavía veían con un poco de esperanza en una ciudad que reunía ciertas características utópicas.

Hablo por supuesto de Martí y Lorca, entre muchos otros, pero por sobre todo de nuestro Luis Cardoza y Aragón quien pone a Dante a caminar por las calles de Nueva York,

“sonoro de salmos y catedrales góticas (…) en un mundo demente y mecánico de cifras y máquinas, que corre sin ir a parte alguna, descubre un poco de húmedo y tibio estiércol de caballo, que lo liberta de la pesadilla y lo hace llorar conmovido al restituirle el universo del animal y la flor.”

Considero que hay algo profundamente político en una actitud estética en la forma de vivir. Es una política basada en la aceptación de lo radicalmente particular, que, por el amor de dios, no hay que confundir con diversidad. Se refiere a una insistencia en la suspensión del sesgo y en el esfuerzo por la recuperación del presente. En mi caso específico se refiere a la capacidad crítica del asco y la diatriba en la forma de acercarse al mundo, algo que he heredado del gran Horacio Castellanos Moya.

Con esto me presento como Diego Azurdia, escritor y académico, formado en el Liceo Javier, viviendo en Estados Unidos por diez años ya. Con esto me abro a sus críticas con la esperanza de algún día merecerme de nuevo el anonimato y el silencio.

 

Diego Renato Azurdia
/

Nací al menos dos generaciones muy tarde. Confío más en los animales y en los humanos muertos que en los vivos. Soy agresivamente ateo, pero mi ateísmo, como el de James Joyce, tiene acento Jesuita. Mantengo un pequeño Maximón en mi apartamento de Brooklyn para colaborar desesperadamente con el inútil esfuerzo secular por re encantar el mundo. Tengo una hermosa Pitbull llamada Lola. Soy muy hijo de mi madre.


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COMENTARIOS

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    Rodolfo Monterroso /

    17/03/2017 10:27 AM

    Lo importante es que ya está la portería abierta, para que le metan una serie de goles, lo acribillen con la puntería tan mala que tienen los jugadores de Guatemala, bueno, de todos lados jaja.... en todo caso, enhorabuena, seguro se vienen columnas muy interesantes y narrativas intensas. Me pareció por demás interesante la adopción del estilo en todas las formas, yo ni siquiera diría neorromántico, sino romántico y basta, quizás una mezcla del avant-garde y del sufrimiento como símbolo para dictar un mensaje, pero pues, que se vuelva explosivo y que se abra a todas las críticas, que no pasa nada, que para eso se escribe.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Diego Renato Azurdia /

      20/03/2017 11:59 AM

      Pues tenés razón, habría que rescatar el Romanticismo y sus aspiraciones a trascendencias, ahora más que nunca.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Guillermo González /

    15/03/2017 5:13 PM

    Adelante Diego, siempre adelante. Enhorabuena por tu nueva columna, siempre busca opinar en lugares diversos, nunca sabemos en donde nuestras voces sean mejor llevadas y mejor escuchadas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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