Homo migrans

Hoy la violencia vuelve, igual en el viejo Beirut que en París. Hacemos otra vez lo que mejor nos sale: apropiarnos de la tierra, disputarla con sangre, inventar propios y ajenos, proscribir al otro, migrar, matar y morir.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Manifestación a favor de los derechos de los migrantes en Lausana, Suiza.

Foto: Flickr, Gustave Deghilage

Migrar es lo que siempre hemos hecho los humanos. Migrar fue lo nos trajo hasta acá, de haber nacido en un valle en el este de África, a ocupar todo el globo.

No contentos con el calor tibio de las sabanas, salimos a conquistar el Levante, la medialuna de entre ríos, hasta el mar de la China y Oceanía. Por migrar cruzamos el Bósforo y desplazamos a la gente del Neandertal. Migrando saltamos el estrecho de Behring primero, surcamos el mar Atlántico después, y lo ocupamos todo, todo hasta la Tierra del Fuego.

Migrando plantamos banderas en los polos. Por migrar algunos disputan con pingüinos en antárticas estaciones científicas. Por migrar, una bandera de estrellas y rayas ondea sin viento sobre el gris estéril de la Luna. Por migrar, modernos Colones ya aprestan naves y contemporáneas Isabelas dotan tesoros para zarpar hacia Marte.

No todo es bueno, somos violentos. Una y otra vez se repite la historia. Los que llegan primero plantan estacas y dicen «es mío». Cuando otros les siguen corre la sangre, aunque los primeros no hayan hecho otra cosa que encontrar una tierra que ya estaba allí. Pasan los siglos y, cansados de muertes, inventamos leyes, fronteras, aduanas; llamamos Estado, Patria, Nación a la tierra ocupada. Nos creemos nuestros inventos, inventamos al ciudadano, inventamos la frontera e inventamos al ilegal.

Así en Europa, los de la tez blanca y dios crucificado (al que hace rato cambiaron por el dinero habido de las armas), ven de reojo al moreno advenedizo que no quiere pintar a su dios escrito, aunque los dos estén viviendo de inventos. Y en las barriadas frustrantes se acumulan, hasta estallar, los odios y las balas. Y en el Líbano rebalsan las guerras de otros –sirios, iraníes y árabes; turcos, rusos y americanos– todos queriendo poner su parte en la miseria humana. Migran pacíficos por millones y violentos por docena. Pacíficos que apenas buscan lo que todos ansiamos: vivir tranquilos. Violentos que leen a su profeta sin entender y pintan con sangre la paz que no tienen.

Pero migrar es tan positivo que lo seguimos haciendo. Lo hace el pobre aunque pierda una patria inventada y se encuentre con otra que no lo quiere. Lo hace el pobre aunque pierda la familia y hasta la vida. Migrar es tan bueno, que las élites se lo han querido apropiar solo para ellas y sus capitales. Porque mercado libre quiere decir opción de migrar para los pocos que tienen y arraigo forzado para los muchos que carecen de todo.

Cuando empezamos nuestra aventura migrante, era mucha la tierra y poca la gente. Pero cada vez fue menos la tierra y más la gente. Fueron más las disputas y menos las ideas: imperios, cruzadas y califatos por igual partían la tierra y, al henderla, hacían brotar sangre.

Ya cansados de la carnicería, hace tres siglos y medio los reyezuelos europeos inventaron un Leviatán arraigado para hacer paz entre ellos, un Estado que los sujetaría también a ellos, para confirmar el esto es mío y aquello es tuyo hasta en la fe: cuius regio eius religio. Pero fue a costa de ignorar lo obvio: somos Homo migrans.

Hoy la violencia vuelve, igual en el viejo Beirut que en París y por la misma historia. Hacemos otra vez lo que mejor nos sale: apropiarnos de la tierra y nombrarla nuestra, disputarla con sangre, inventar propios y ajenos, poner barreras, proscribir al otro, migrar, matar y morir. El Leviatán se agota y la historia vuelve a retar al ingenio. Porque, igual que a esos reyezuelos la paz no les llegó por una guerra de treinta años, hoy no vendrá de nuevas guerras ni de la exclusión. Tampoco vendrá de la religión farisaica.

Hoy tendremos que hacer una paz que nos reconcilie con el hecho de que somos el humano que migra. Tendremos que hacer leyes e instituciones que reconocen que lo nuestro es movernos. Tendremos que construir una economía mundial que valoriza la movilidad de los muchos, una economía democrática que les da parte en la riqueza que crean al cruzar las fronteras. El migrante no es el problema o el enemigo, sino la razón y la víctima. El migrante somos nosotros.

Félix Alvarado
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Félix Alvarado. Médico, consultor (sí, uno de esos). Apasionado por la educación. Creyente en la colaboración, a pesar de todo. Luego algo más. Ya veremos qué.


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    Homo Migrans | Sin Excusas /

    25/11/2015 5:21 AM

    […] Original en Nómada […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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