La educación prohibida

Cuando en una sociedad se debate sobre posibles soluciones para cualquier problema sociopolítico o cultural hay un punto donde coincide todo el mundo: la educación. Hace falta más educación, decimos y nos quedamos tan tranquilos porque nadie puede no estar de acuerdo con algo tan esencial. Pero decir eso es como no decir nada.

Cotidianidad educación feminista Opinión P369 pensamiento crítico
Esta es una opinión

ninos

Porque, ¿de qué tipo de educación hablamos? ¿Para qué sirve? ¿Para educar más productores y consumidores obedientes y automáticos o necesitamos formarnos para que seamos más independientes, comprensivos y libres? ¿Cómo tiene que ser la educación impartida en las escuelas públicas para conseguir el bienestar de la población? ¿Se puede excluir la educación emocional, la teoría feminista y el pensamiento crítico?

En estos temas iba pensando el otro día en una conferencia cuando en la pausa del café coincidí con un profesor peruano muy peculiar.“La educación nos mutila,” me dijo a los cinco minutos de conocernos. “Así es. La escuela tradicional nos vomita al mundo con deficiencias emocionales graves y es perjudicial. Para los seres humanos y por lo tanto para la sociedad. Para la humanidad entera. No nos ayuda a comprender el mundo. Sí, así de claro lo digo y yo soy profesor.”

Por eso, añadió, en su tiempo libre imparte talleres a los jóvenes marginados para ofrecerles algo mucho más necesario para la vida, ese otro tipo de filosofía que les recuerde que son más, mucho más de que les han dicho que son.

“Espere un momento,” le interrumpí animada por el curso que estaba tomando la conversación. “¿Ha visto la película “La Educación Prohibida”? Va justo sobre esto.”El profesor no la había visto y, sin embargo, me contó exactamente como la película que desde pequeños nos hacen memorizar cosas en vez de reflexionar sobre ellas, nos entrenan a pensar y actuar dentro de ciertos límites mientras nosotros no tenemos límites.

No nos enseñan a cuestionar la autoridad, cuestionar lo establecido. Nos mecanizan, nos motorizan pero somos todo lo contrario. Somos pura creatividad. Nos dicen en esa exaltación de la competitividad extrema, feroz que para sobrevivir en la selva neoliberal tenemos que ser como nuestro tíoSam o como alguien famoso.

Nos dicen que tenemos que ser como Steve Jobs o como Hillary Clinton. ¿Qué locura es esa? Si yo soy yo, ¿por qué debería querer ser Hillary Clinton? ¡Si ya existe una! Pero no hay nadie como yo con mi singularidad, con mi aportación única…Hemos sido incapaces de introducir la educación emocional, la gestión de algo tan fundamental en nuestra existencia humana como son las emociones a las escuelas porque el profesorado tampoco está educado de esta manera.

“Además está la cuestión de género,” sigue el profesor mirándome con severidad, con indignación. “A los varones no nos educan para saber tratar con nuestras emociones. Todo lo que nos dicen es: “¡No llores, no te quejes, sé fuerte, cállate y aguanta y si alguien te hace o dice algo que no te gusta, ataca primero!” y más sandeces sin sentido… ¿Cómo se supone que tenemos que vivir con ese tipo de consejos de mierda?”

Lo sé, lo sé.

“¡Mire! Tanto mis amigos como yo que vamos acercándonos a los cuarenta hemos vivido hace poco una crisis emocional, personal muy fuerte y todos nos hemos dado cuenta que no sabemos, no hemos sido capacitados para siquiera conocernos a nosotros mismos y comprender qué demonios nos está pasando. Nuestro arsenal de remedios consiste en dominar a los más débiles, ignorarte a ti mismo, a tus emociones, al amor, al cariño y todo lo que hace que la vida con los demás sea posible, que tenga sentido… Y es aún más doloroso por evitable e injusto.¿Cómo es posible? ¿Cómo ha llegado a ocurrir? ¿En qué han estado pensando nuestros profesores y padres? ¿En qué estamos pensando nosotros, los varones? ¿A qué esperamos?”

Una sombra se deslizó sobre la expresión conmocionada del profesor y como si lo hubiese notado cerró los ojos y pasó sus manos por la cara. Fue entonces cuando me di cuenta de que tres jóvenes que se habían parado cerca de nosotros – los tres con vaqueros, camisetas y peinados iguales -estaban escuchando lo último con gran interés. Ninguno de ellos superó los 20 años.

El profesor les dedicóuna sonrisa pero solo con media boca subrayando así la pesadumbre de su última frase. Dos de los jóvenes rehuyeron su mirada pero uno siguió con sus ojos pensativos clavados en el profesor como si intentase visualizar en él su propia vida dentro de veinte años. Puede ser que estuviera pensando que éramosdos paranoicos y que a él ese tipo de cosas no le iban a pasarnunca. ¿Acaso a su edad no lo pensábamos todos?

Aunque prefiero creer que se quedó con la sabiduría del profesor, con lo que estaba expresando en esa conversación casual y, sin embargo, tan profunda: que el desarrollo personal, nuestra educación no debería significar ser tanto o más que los demás, sino debería ayudarnos a llegar a ser todo lo que uno o una puede llegar a ser.

Anna Maria Penu
/

Escritora, politóloga, feminista europea en cuya piel América Central está empezando dejar sus huellas. Se nota en mi mirada, en mi manera de estar en el mundo. Aquí escribo con humor, con dolor y ternura. Escribo para seguir caminando.


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    uses for paper straws 052442 /

    20/04/2015 4:00 AM

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    Javier /

    27/11/2014 2:26 AM

    !Enhorabuena Anna-María¡ De nuevo uno de esos artículos vivos, actuales y lleno de esos momentos de realidad que nos hacen volver al útil ejercicio de la introspección constante ¡Gracias!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Karen /

    26/11/2014 8:53 PM

    Simplemente, ¡Excelente! Buena Película "La Educación Prohibida". Inmortalizando el final de tu artículo: "[...] el desarrollo personal, nuestra educación no debería significar ser tanto o más que los demás, sino debería ayudarnos a llegar a ser todo lo que uno o una puede llegar a ser."

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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