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Las tres mujeres que viajan al centro de la pandemia para darle voz a médicos y pacientes

Zulma Calderón es médica, madre y lleva 7 años dirigiendo el equipo de la defensoría de Salud en la PDH. Desde febrero pasa los días, junto con sus dos compañeras, visitando los hospitales nacionales para verificar las condiciones en que se encuentran tanto médicos como pacientes. Han sido meses de correr el riesgo al contagio, de alejarse de su familia y de conocer de mi primera mano, el lado más duro de la pandemia.

Cotidianidad COVID-19 P147

Un día de trabajo para el equipo de la Defensoría de la Salud. Fotos: Pía Flores

‘Pijama’, overol, zapatones. Primer par de guantes, mascarilla N95 y mascarilla quirúrgica. Siguen lentes, gorro, capuchón del overol y una bata desechable. Concluye con el segundo par de guantes y la careta.

Es un ritual. Reservado para un grupo selecto. Cada paso y cada pieza tiene su función y significado. Existe una orden establecida que hay que seguir de forma meticulosa, tal como se prescribe, para que tenga el efecto deseado:proteger contra una amenaza invisible. Lo saben las y los profesionales que enfrentan el COVID-19 en primera línea en los hospitales y que en esta pandemia dependen únicamente de este ritual para resguardarse de la enfermedad.

Zulma Calderon lo cumple instintivamente, sin titubear y con una serena calma que parece acompañar a la médica en cada momento. Sus colegas, Lesvia Salguero, del departamento de comunicación, y Gabriela Sanabria, no son salubristas, pero se visten con la misma seguridad y determinación por la práctica acumulada.

“Ya perdimos el miedo y los nervios. Tantas verificaciones nos han dado seguridad para entrar y aunque no somos parte del sistema de salud como tal, hemos aprendido a respetar y confiar en los protocolos que usan en cada hospital”, explica Calderón.

Juntas conforman la fuerza de tarea de la Defensoría de Salud de la Procuraduría de Derechos Humanos que sistemáticamente ha documentado la realidad que viven pacientes y personal de salud en los hospitales públicos durante la pandemia del COVID-19 en Guatemala. Desde la primera diligencia en febrero, hasta el 31 de julio, han realizado 46 verificaciones.

Han sido meses intensos de viajes por todo el país para verificar denuncias sobre medicamentos, falta de equipo de protección, pacientes y familiares sin posibilidad de comunicarse. Algunas verificaciones, como cuando vieron hombres y mujeres atendidas en bancas o en toldos bajo la lluvia, o el personal del Ministerio Público manejando cadáveres de pacientes COVID-19 con bolsas plásticas de protección, les dejaron un impacto mayor. Igual que cuando fueron al hospital temporal en Estanzuela, Zacapa.

“Fue chocante y muy duro ver esa realidad, sabiendo que tenemos un presupuesto de millones, que se asigne un centro comercial de hospital. El área de encamamiento era la “comiplaza”. Cada local se convirtió en una habitación para 4 o 6 personas. El calor era increíblemente insoportable. Aparte del COVID-19, el encierro generaba una situación terrible de desesperación en los pacientes”, narra la defensora. Resalta que por lo menos este hospital, contrario a otros, tiene un teléfono habilitado para facilitar la comunicación entre pacientes y sus familias.

La calidad humana no se pierde

El traje entorpece, encierra y deshidrata. Los constantes pitidos desafinados de los monitores que alertan sobre el estado de salud de varios de los 99 pacientes en el área COVID, parecen no distraer a las y los tres médicos residentes ni a las cuatro enfermeras de turno en el Hospital San Juan de Dios este día de junio. Tampoco distrae a las tres defensoras. Cada una cumple una función importante y, como equipo, la dinámica fluye de forma automática.

Calderón y Sanabria primero entrevistan al personal. Las y los médicos las reciben con confianza. Ninguno parece dudar al momento de compartir con la doctora Calderón, la situación que viven en el área COVID. La defensora recalca, que en todos los centros de salud y hospitales donde ha llegado para verificar una denuncia, el personal de salud siempre colaboran.

Por el traje de protección y el calor intenso en el servicio, los lentes de la defensora en un momento están casi completamente empañados. Pero ella no quita la atención del personal. Plantea sus preguntas con la misma claridad y escucha pacientemente cada respuesta. Sanabria recolecta datos y números, por ejemplo sobre el abastecimiento de medicamentos, mientras Calderón procede a platicar con las y los pacientes.

 

Foto: Pía Flores

Están hacinados. Se llenaron las camas y muchas personas duermen en sillones. Unas dos personas que acaban de ingresar, están siendo atendidas con oxígeno, sentadas en sillas plásticas.

“¿Cómo está usted?” le pregunta a una señora mayor hospitalizada en uno de los sillones. Apenas termina de formular la pregunta cuando los ojos celestes de la señora se llenan de lágrimas. Lleva 22 días en el área de COVID del hospital y 4 hisopados. El segundo dio negativo, y los otros tres positivos. Está desesperada y tiene miedo.

Otro paciente pide discretamente la atención de Calderón desde una de las camas. Tiene puesto un pañal, cuyo contenido ya desbordó las orillas y ensució la parte externa del pañal y atrae moscas. Apenado confiesa que lleva casi 12 horas con el mismo pañal y no se lo han cambiado. Las enfermeras, que corren de un lado para otro, ya no dan abasto.

Es una diligencia de trabajo, pero Zulma Calderón atiende a cada paciente no solo con calidez humana sino confiando suficiente en su equipo de protección para acercarse, verles y escucharles.

“Tenemos que guardar distancia pero es imposible. Es un momento del paciente con nosotros, es nuestra razón de ser y esa conexión con cada persona es fundamental. En nuestro trabajo el enfoque es en los derechos humanos, y vemos todas esas injusticias. No podemos dejar de sentir. Nos ha tocado ayudar pacientes para ir al baño, porque no había nadie más. Muchas veces los pacientes están desesperados. Y se entiende. Los servicios en este momento no son ni amigables ni accesibles. ¿Cómo lo van a ser si son tres médicos para 100 pacientes? O dos afuera para hacer hisopados a 200 personas. ¿Cómo? Y nadie les pregunta a los médicos cómo están ellos”, relata.

Lesvia Salguero, de comunicación social de la PDH, se encarga de documentar en fotos y video las condiciones del servicio y de respaldar cada uno de los puntos específicos que señalan tanto el personal como los pacientes. Ese día llamaba la atención la acumulación de basura en todo el piso, que se debía a que desde hace dos días se quedaron sin personal de limpieza.

De repente todo el personal corre hacia una cama en el centro. Un paciente masculino entró en fallo respiratorio y el personal necesita intubarlo para salvar su vida. No hay tiempo, ni recurso humano, ni otro espacio, para mover al señor, y no atender la emergencia ante las miradas nerviosas del resto de pacientes que están conscientes.

“Necesito respirar un momento”, dice Zulma Calderon cuando regresa a la sala del personal en el Hospital San Juan de Dios, después de quitarse el traje de protección y salir del área COVID-19. Cierra los ojos, trata de procesar toda la información y las imágenes de este día. Esta verificación es una de las que, por las condiciones para el personal del hospital y sus pacientes, le afectan más que otras.

 

“Esa situación duele mucho. Yo sé que hay sistemas de salud en todo el mundo que han colapsado ante esta pandemia. Pero esto es Guatemala. No es lo mismo verlo en la tele, como verlo en las caras de las personas”, dice conmovida, la médica que ya perdió varios amigos colegas debido a la pandemia.

Cambios de vida

La pandemia es el reto profesional más grande que ha enfrentado desde que se graduó de la facultad de medicina de la Universidad de San Carlos hace 26 años, dice Zulma Calderón. Lo acoge en su totalidad y sin peros, como parte del compromiso que hizo con su gremio.

“Esto nos cambió la vida a todas. Mi vida cambió por completo. Trabajo sin horario, realmente son pocos los días que no me toca salir, y en la casa me la paso frente a la compu”, explica.

Para la profesional de 48 años el cambio más complicado es la distancia que ha tenido que tomar con su familia para no ponerla en riesgo por su trabajo. En su casa pasó a dormir en una habitación aparte, y se priva de abrazar al hombre con quien lleva 19 años casada, y a su hijo de 12 años, a quien describe como “el amor de su vida”.

“La que se tiene que exponer al riesgo soy yo, yo soy médica, me formé para eso. Pero la situación más difícil es ese temor a llevar el virus a la casa, porque obviamente soy una persona de riesgo”.

Su familia comprende su trabajo y el riesgo. No hay reclamos, al contrario solo ha recibido apoyo, dice la defensora. Comparte sus experiencias de su trabajo con su hijo, para que sepa y entienda por qué a su mamá a menudo le toca salir en la madrugada antes de que él se levante, o por qué a veces no está en la casa los fin de semana, o por qué no pasó el Día de la Madre en casa.

 

Aparte de conocer y observar la enfermedad de cerca en su función de defensora, se levanta temprano todos los días para leer y actualizarse a través de los recientes estudios sobre COVID-19.

“Estudiar me encanta, siempre lo he hecho. Me oxigena la mente”, dice Calderón que además de ser médica tiene una maestría en salud pública con énfasis en epidemiología y gerencia, una maestría en derechos humanos, y una especialidad en Administración y Mantenimiento Hospitalario.

Luego de terminar su residencia en el Hospital General San Juan de Dios en 1994, se fue a Petén a trabajar en un proyecto que tenía como objetivo el de cumplimiento de los Acuerdos de Paz. Desde allí comenzó a formarse su camino para trabajar con los derechos humanos ye quedó 12 años en Petén, donde conoció a su esposo. Regresaron juntos al departamento de Guatemala en 2008 y Calderón comenzó a trabajar en el Ministerio de Salud en el Programa de Seguridad Alimentaria y Nutricional.

Disfrutaba su trabajo pero con la llegada del gobierno del Partido Patriota en 2012, y el ministro de Salud, Jorge Villavicencio, las cosas cambiaron. Comenzaron a surgir sospechas. Calderón se quitó la duda un día de febrero de 2013, cuando se le pidió que firmara una serie de facturas e informes de personas que ella nunca había conocido en su lugar de trabajo.

“Yo me fui por el tema de corrupción. Se daban cosas que nunca habíamos visto antes, en mi caso me negué a firmar facturas e informes. Ese día estaba segura que tenía que renunciar. Pero no es justo, hay mucha gente como yo, que hemos luchado toda vida para llevar una existencia en dignidad”, dice.

Nueve meses después, en noviembre de 2013, fue contratada para la Procuraduría de Derechos Humanos, como defensora de salud.

5 meses cuidándose entre ellas

El bus que las transporta se ha convertido en su oficina andante. Aquí, entre lugar y lugar, el equipo tiene sus momentos de respiro. Desayunan, almuerzan, hasta a veces cenan, mientras platican y reflexionan sobre las experiencias de cada verificación que por momentos han sido duras. Allí descargan y se recargan. Y se rien, por ejemplo, al recordar que una vez les tocó ducharse 10 veces en un día, cuando hicieron una ronda de verificaciones en los hoteles que el Ministerio de Salud contrató para pacientes leves.

Nunca dejan un lugar con pacientes COVID-19 sin bañarse y cambiar de ropa. Desde hace 5 meses que ni Calderón, Salguero o Sanabria salen de sus casas sin un maletín con una mudada de ropa limpia, y un kit completo de cosas de higiene personal. Son sus salvavidas. Se han bañado en duchas móviles de Mapreco, y en baños de hoteles de tres estrellas, cuentan las tres entre risas.

Para Zulma Calderón, el rol tradicional de las mujeres como principales cuidadores, y el hecho de ser mamá, hace que entre las tres compañeras se cuiden aún más entre sí.

“Nosotras en el equipo tenemos consciente que en cualquier momento una de nosotras se puede enfermar. Si eso pasa significa que el resto del equipo se va a cuarentena. Entonces yo tengo un compromiso de cuidar a mis compañeras también. Tal vez como madres nos despierta aún más esta intuición de cuidarnos. Y pues ya han pasado 5 meses y aquí sigamos de pie”.

De la crisis nacen oportunidades

Para Zulma Calderón, la pandemia del COVID-19 llegó a visibilizar más que nunca antes la necesidad urgente de priorizar el derecho a la salud y trabajar para crear instrumentos específicos, así como la convención para los derechos de la niñez, o los derechos de las mujeres.

“Creo que si los defensores de derechos humanos perdemos esa oportunidad hoy de luchar por este instrumento, nunca más se nos va a volver a presentar. Es un desafío para nosotros. Existe una oportunidad de oro para cambiar, porque tenemos algo que nunca antes habíamos tenido: el dinero para actuar. Nunca más lo vamos a volver a tener. Es tan importante más allá de la tragedia, aprovechar esta oportunidad”, recalca Calderón.

 

Una de las más de 40 verificaciones hechas durante la pandemia.

La médica no pierde la esperanza, pero reconoce que ve difícil la situación ante las acciones recientes del Gobierno y el Ministerio de Salud. Indica que existe un esfuerzo estratégico para dejar una impresión en la sociedad de que todo está bajo control, incluso que la pandemia está bajando.

Asegura, que aunque haya menos pacientes en los hospitales, Guatemala no ha superado la pandemia y que cada día hay nuevos casos. El problema principal, según la médica, es que no existen datos fidedignos para respaldar la imagen que dan las autoridades de que todo está bajo control.

Además a la defensora le preocupa que siga la opacidad respecto a la cantidad de personas fallecidas a causa del COVID-19. Pone como ejemplo su más reciente verificación en el hospital de Cuilapa en la que pudo constatar discrepancias con los datos de personas fallecidas que fueron registrados para el sistema de alerta del semáforo en el municipio.

“A mi me da mucha tristeza, que nos vendan este gran plan, y que sea una falacia. Lo único que hicieron fue validar la reapertura económica que reclamaban los poderosos del país. Ahora solo se ha generado más desorden por el tema de la movilidad, la gente anda con mucha tranquilidad, hasta sin mascarilla. Pero el virus sigue circulando”, comenta.

“Estamos en otro momento, sí, pero esta crisis no ha terminado”, insiste.

Cuando se le pregunta si extraña ejercer como médica, responde sin duda:

“Es que no siento que lo haya dejado de ejercer nunca. Ahora solo lo hago desde otra perspectiva”.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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    Mirna Ramírez /

    31/08/2020 10:17 AM

    Buen reportaje porque hay muchas personas que como Zulma y las otras dos chicas, no figuran entre quienes están también apostándole a estar en una primera línea de acción.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Sandy Granados /

      01/09/2020 7:27 AM

      Excelente reportaje, como medica aunque no estoy en primera linea como ellas, me inspiraron de gran manera.
      Gracias !!!

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      hermanyco7 /

      31/08/2020 3:41 PM

      Totalmente de acuerdo con usted

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!



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