Lo que pienso mirando la (nueva) cara de Meg Ryan

Acabo de cumplir treinta y seis años. Es como dar un salto con garrocha hacia la adultez. Ahora estoy más cerca de los cuarenta, sí: 40. Pongámoslo de esta forma: hace veinte años tenía dieciséis, parece cerca, pero no lo es; y en veinte años tendré cincuenta y seis. Sí: 56. Quizá estaré vendiendo postales y pasaportes falsos en una playa nudista griega. O quizá solo esté acá escribiendo una novela sobre la fe.

Cotidianidad n135 Opinión P369
Esta es una opinión

Meg Ryan, ahora y antes de su cirugía.

Foto: Soy502.com

Me parece divertido, en el fondo siempre quise ser adulto, porque en todo caso, ser adulto significa para mí ser libre.

De joven y temerario me gustaba hacerme el nihilista y decir que la muerte me parecía un hecho formidable. Poco pensaba en que la muerte no solo nos espera a nosotros, sino a la gente que amamos y al mundo en el que crecimos. Eso es difícil.

El único hombre anciano en la cuadra de mi abuelo, es él. Ya todos han muerto. Es un golpe duro. No tener a gente que lo haya conocido a uno cuando era niño. Como si la niñez hubiera sido un invento, una ensoñación, un recuerdo borroso.

No me asusta la muerte, pero me da mucha nostalgia la desaparición del mundo que amo. Ver irse a mis familiares, a mis amigos, algunos por enfermedades, otros por violencia, es como si fuera perdiéndome un poco, como si me fuera diluyendo.

La ciudad que conocí de niño y me hizo sentir seguro, fue demolida. El restaurante donde tuve la primera cita con mi novia ya cerró y está abandonado. También el café donde nos vimos antes de eso. O el bar donde hablamos por primera vez, que ahora es un cadáver arrastrándose por la noche.

Todo es fugaz. Y quizá ese hecho aterra por la presión que hay en trascender. En hacer que el mundo gire hoy al ritmo de nuestros deseos. Tal parece que nos creímos todos los anuncios de las bebidas energéticas y pensamos que hoy vamos a hacer una humanidad distinta con nuestras decisiones.

Qué error. Nos hemos perdido que como especie somos un organismo vivo por muchos siglos y que los cambios van más allá de lo que dura nuestras cortas vidas. Pensemos en transformaciones radicales. Serán cada cien años. Pero nosotros queremos trascender hoy.

Y un monstruo que nos lo recuerda es el rostro de las divas. Me da mucha pena leer lo que decimos de Meg Ryan, de Renée Zellweger. Como si su cara nos perteneciera. Como si debiera obedecer a nuestros designios. Como si fuera más pública que un parque y su transformación solo puede obedecer a lo que nosotros consideramos favorable.

 

Renée Zellweger, ahora y antes de su cirugía. Foto: Soy502.com

Renée Zellweger, ahora y antes de su cirugía. Foto: Soy502.com

Me da pena porque pienso en lo adictivo de la fama. En lo que hay qué hacer para conseguirla: desdoblar el cuerpo y verlo como un territorio para comerciar. Y hacerlo con un comprador voraz, despiadado. Cuánta necesidad de querer seguir bajo el reflector, tras ese deseo de someterse a cirugías con tal de agradar. Y aún así no hacerlo. No ser suficiente.

Las divas del cine contemporáneo deben donarnos su rostro. Para que lo elevemos a una divinidad, para que lo santifiquemos con nuestro amor y nos compremos camisetas con sus fotos. Y luego cuando sus arrugas aparezcan, como fracturas en nuestro templo, las obliguemos a desaparecerlas de inmediato. Y si el trabajo deforma nuestro templo. Oh. Quién aguanta nuestra ira.

Porque lo que nos enfurece es que en el rostro de una diva se forma un espejo: el de nuestra propia muerte, el de nuestra finitud.

Moriremos, sí. Pensando que habríamos de cambiar el mundo hoy. Que la historia registraría nuestros nombres como una llave hacia algo mejor.

Qué ilusorio es el progreso. Qué territorio tan pantanoso: te ofrece un placer falso. Tengo treinta y seis. Y lo primero que he entendido es que voy a desaparecer. Que el mundo es mejor hoy. Que para serlo no depende solo de mí. Que todo lo hermoso que encuentre en mi vida se terminará yendo, pero también regresará como las olas en la playa. Y que por más que lo intente, no puedo quedarme con el mar en mis manos.

Quizá si dejáramos de intentar cambiar los siglos en un día, podríamos ver los pequeños pasos que podemos dar para mejorar. Y no subirnos al tren de las expectativas que termina siendo una montaña rusa, una en la que este país lleva dándose un paseo desde su nacimiento, entre subidas y bajadas de ánimo, buscando necesariamente el acto luminoso, la victoria final.

Porque victorias sí que nos faltan, que nos hagan sentir orgullosos como país. Me parece muy ilustrativo nuestro entusiasmo por un empate de la selección: necesitamos tanto ganar, que con no perder es suficiente. Viva la patria que empata.

Qué aflicción la nuestra por ser los héroes de la historia. Qué gana de querer que nuestra voluntad se cumpla hoy. Quizá lo que nos convendría es bajar la guardia. Aceptar que el utópico país por el que peleamos todos los días en las columnas de opinión, no llegará. O al menos no mientras dure nuestra vida. Conformarnos con los pequeños pasos. Vernos como somos, sin cirugías. Y a partir de ahí, reconocernos, terribles y valientes. Sobrevivientes. Tomar una pausa para pensar, planificar. Cambios en un siglo, qué alivio pensarlo así.

Como yo, que claramente me veo de anciano vendiendo postales y pasaportes falsos en una playa nudista griega. O escribiendo una novela, larga, sentida, y muy íntima, sobre la fe.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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16

COMENTARIOS

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    Ismael /

    01/01/2018 1:17 PM

    Maravillosa reflexión de alguien que entendió todo, y en ese todo encontró la calma...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Angel Abandonado /

    16/07/2015 10:49 PM

    Hagamos ganar a los pequeños, a los débiles, a los menos afortunados ;
    y hagamos que su triunfo sea el nuestro.
    Renacer cada vez que veamos un nueva vida florecer.

    Después de 3 chelas, empiezo a filosofar ; salucita . . . hip !

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    I Mazariegos /

    16/07/2015 3:16 PM

    Excelentes reflexiones en relación a lo finitos que somos, a la muerte y al paso del tiempo. Un tanto escéptico en relación a los cambios en nuestro país.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Ana lopez /

      01/01/2018 12:18 PM

      Tal vez el excepticismo sea por las luchas del autor libradas desde las trincheras del MP, muchas veces el ideal de la justicia frente a la realidad es simplemente una utopía.. desafortunadamente!

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    ANONIMO /

    16/07/2015 12:17 PM

    muy buen artículo, expresa en cada párrafo el sentir de muchos y más aun expresa la verdad de la misma vida, concuerdo en que el titulo no le hace justicia al contenido... pero muy bueno

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pablo Estrada /

    16/07/2015 8:50 AM

    Ahhhhh maestro... Aunque tus apariciones en Nómada son esporádicas para mi avidez de tus textos, cada uno de ellos es un gancho duro a mi emotividad, a mi corazón triste y feliz! Muy bien!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    16/07/2015 4:48 AM

    Excelente artículo. .. el título no le hace honra a la profundidad del contenido

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    jorge /

    15/07/2015 3:50 PM

    que buen articulo.....mis felicitaciones.....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    14/07/2015 6:52 PM

    Sigue escribiendo así, me encanto tu artículo, has descrito el sentir de muchos que vemos la vida con los ojos abiertos. Esa sensación de libertad a cada momento, y saber que aunque tengamos sueños (imposibles), todo se va construyendo poco a poco, porque la vida misma marca sus ritmos y nos lleva de la mano con ella.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Karla Giovanna Girón /

    14/07/2015 6:39 PM

    Entiendo ese sentir de un joven hambriento al cambio, yo fui una de esas contemporáneas de Meg Rayan. Y si te consuela, existe un cambio abismal entre tu generación y la mía. A mis 36 yo era la filosofa de mi grupo de amigas y jamás llegue a profundizar como tú, sobre envejecer aunque la muerte me parecía un trascender divino, claro, hasta que toco tantas veces mi puerta. Los cambios en la vida son sutiles, pero cuando antes los cambios trascendentales se generaban de 6-8 generaciones, hoy estamos viéndolos de generación en generación. Quizá no conozca esa Utopía de país como tu lo llamas, pero he visto en un estado ciudadanos guatemaltecos de toda clase social unidos hombro a hombro cantando con Arjona, quien tiene un éxito internacional. Todos los días un guatemalteco ilustre hace historia en el mundo y hoy manifestamos unidos por una revolución que tuvo que esperar casi 75 años. Si son sutiles los cambios, pero se dan. Y tu eres parte de este plan divino como yo y todos tus lectores.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    14/07/2015 5:05 PM

    Gracias a ustedes.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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