Me compró un iraquí llamado Dheyaa en Hi5

Hay cosas que es mejor dejarlas en el pasado. Que envejezcan como un recuerdo. Que se adornen con lo que la imaginación le va adicionando hasta convertirse mágicamente en una sección entrañable de la vida. Una bella mentira, pues. El Hi5 por ejemplo.

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Esta es una opinión

Hi5

El perfil público de Dheyaa.

El otro día se me ocurrió escarbar en un correo que utilicé hace quince años. Fue toda una experiencia leerme entonces y descubrir cómo y cuánto había cambiado desde entonces. Entre uno de los correos más recientes —hablo del 2006— estaba la contraseña y usuario del Hi5, una red social antigua, la segunda en la que me involucré después de los blogs.

En aquel entonces me sirvió para seguir en contacto con mis compañeros de la universidad después de haber cerrado el pensum. Era una maravilla. Vimos como cada uno fue tomando su camino lejos de las aulas y las amistades. Pronto iban creciendo con la alegría de encontrar otra gente con la que uno compartía gustos. O simplemente eran los nuevos amigos que traía la vida.

Duró poco la emoción del Hi5. Quizá porque fue un proto facebook, y cuando éste último llegó a nuestras vidas desde el 2007, abandonamos por completo nuestra vida hifivera. Hasta hace dos semanas.

La curiosidad me ganó y entré a mi vieja cuenta para mirar las fotos de hace diez años. Ahí estaba, pues, escarbando en los comentarios, en las amistades, cuando de pronto vino el mensaje: «Dheyaa-Alhelfe acaba de comprarte».

Por supuesto que me intrigó. Pinché en el perfil, se miraba buen tipo, elegante, fotografiado frente a un fondo falso de una calle en perspectiva, presumamos europea. De hecho se miraba un tipo serio, por lo tanto me preocupaba que comerciara con humanos en la red.

Habían pasado dos minutos de mi compra, cuando tuve una nueva dueña: Lea Thanks Joe, una chica de los Ángeles.

Estaba pasando todo muy rápido. Demasiado. Ni siquiera había terminado de entender que: 1. El Hi5 tiene un juego llamado Pets. 2. Los perfiles son las mascotas sujetas a comercio. 3. Yo era una mascota que tuvo dos dueños en menos de veinte minutos, lo cual hizo que mi valor se incrementara. 4. Yo también podía comprar personas.

Sabiendo todo esto, hice lo que debía hacer: comprar a mis familiares. Luego, compré algunos amigos. Entonces me entusiasmé y quise comprar un desconocido y escogí una mujer adulta mayor. Sé bien que la historia de la esclavitud me aconseja no comprar adultos mayores, pero la señora sonreía de tal manera que no me importó.

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Luego compré un muchacho corpulento llamado Wolf. Compré mucha más gente. Gente/mascotas. Y me vi consumido por esta nueva afición. ¿No es acaso totalmente impropio el decir compré a alguien? ¿No atenta eso contra todo intento de derechos humanos?

Al parecer nuestra consciencia como especie ha mejorado enormemente desde la abolición de la esclavitud pero aún permanece pulsante ese deseo de poseer al otro como propiedad. Y digamos, esta red lo alimenta o lo descubre a la vista de todos.

A eso quiero llegar: nuestra vida está ahora en las redes sociales y quiero que pensemos en ellas como ciudades que vamos habitando. Si ahora vivimos en el Facebook y Twitter, el Hi5 es una especie de ciudad en abandono. Una especie de Chernobyl.

Como espacio abandonado, el Hi5 fue tomado por una vida periférica, mutante. Se pueden comprar y vender personas y el Time Line, que ahora te muestra todo lo que la gente de tu país o el mundo escribe, es una sucesión de fotografías de gente solitaria, caliente, necesitada de dejar registro público de sus cuerpos, en habitaciones pequeñas, iluminadas por la luz blanca de los focos ahorradores.

Las redes sociales están construidas sobre el deseo. Y las que vamos abandonando nos revelan crudos, necesitados y con una manera bastante alternativa de abordar nuestros cuerpos como territorio de placer.

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Como esta fotografía por ejemplo, hecha pública por un usuario cuyo perfil es una colección de lencería.

Cualquier acusación de banalidad a la vida en las redes sociales queda desvanecida, cuando tomamos distancia y vemos en ellas una clara muestra de lo que somos. Quizá nos ayuden mejor a entendernos y a sanarnos en nuestras soledades e imposiciones. Quizá solo sirvan como un registro para los arqueólogos del mañana.

No lo sé. Me encantaría saber cómo serán el facebook o el twitter cuando los abandonemos y sean edificios derrumbándose, o una ciudad hundida en el océano. Eso: me encantaría saber cómo será cuando esta ciudad en la que habitamos sea una Atlántida ahogada en el fondo del mar y nuestros perfiles sean tomados por otra cosa más animal.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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COMENTARIOS

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    sara /

    10/09/2017 10:22 PM

    me agrado bastante la manera en que te expresas y redactas todo. Estoy de acuerdo contigo :)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    jc /

    21/03/2015 10:31 PM

    relájate solo es un juego

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    08/08/2014 8:23 PM

    Eso me contaron. Por algo salió de Fb.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Anonimo /

    08/08/2014 7:57 PM

    Pues lo interesante es de que esa aplicacion 'pets' estaba en facebook en el 2007, exactamente la misma; pero despues de un tiempo en uno de los tantos 'updates' de facebook, dejo de estar en alli y entonces esta fue migrada a otras redes sociales, asi que supongo que el turno de tenerla ahora es de Hi5.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    AMILSON /

    08/08/2014 12:24 PM

    Me gusta tus puntos y la forma en que los expones... muy ameno e invita a seguir leyendo el articulo completo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Martín Díaz Valdés /

    07/08/2014 4:54 PM

    Excelente nota. Destapás una reflexión más profunda sobre el individuo virtual, una especie de ente simbiótico que es y no es la persona que lo crea/manipula/vive.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Gámez /
    07/08/2014 3:30 PM

    Las redes sociales hacen que todo, o casi todo, sea posible, claro esta, en un mundo virtual. Tal el caso de aquellos que dicen tener cientos de "amigos" a los cuales les confían lo más íntimo, hasta los calzones. Ya específicamente el caso de ser propietario o propiedad de alguien, creo que es justo lo que pasa con el acoso cibernético: el acosador quiere apropiarse de su víctima y de lograrlo, le reclamará lo que sea. Enhorabuena por este nuevo espacio, un saludo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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