Mis razones para no ir al convivio de Facebook

Hay algo que no me convence de los convivios. O varias cosas. Permítanme argumentar: es una fiesta donde simpatizas con tus compañeros y jefes, como si fuéramos familia; pero no lo somos. Es un grupo de niños frente a un pastel pero que no pueden tocarlo. Es una mezcla imposible: negocios y amistad.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Foto: Sean MacEntee Flickr CC

Llevo trabajando cerca de dieciséis años y cada una de esas navidades me ha tocado asistir a eventos que acontecieron en lugares tan dispares como un campo de golf donde jugamos un rato para luego darnos un banquete con un cerdito mirándonos con sus ojos de aceituna, hasta una fiesta con pino en la oficina y tamales que hizo la madre de un compañero.

Innegable resulta el deseo, el ansia, los nervios de los compañeros que pasan preguntando cuándo será el convivio, como si ese día tuvieran permiso de hacer cosas que usualmente no hacen. Y partiendo de esa idea, todo irá mal. Porque por algo no se permiten decir o hacer esas cosas, picarones.

Pongamos el caso de aquel excompañero que pensó que el convivio era un círculo de catarsis y tomó el micrófono para arengar contra los gerentes. Mientras enlistaba cada una de sus observaciones de por qué tenía jefes de idiotas, en mi cabeza sonaba potente la voz de José Alfredo Jiménez cantando “diciembre me gustó pa’ que te vayas…” Y mis jefes se la cantaron después.

Recuerdo también aquel otro en el que me pidieron una cuota significativa de dinero para la fiesta, como a cada empleado, para pagar un sitio de moda; pero en los años 40. Junto al lago de Amatitlán, con precios por la comida como si fuera un restaurante en la costa sur de Francia, donde estoy seguro, nos imaginaron disfrutando del agua verde del lago mientras luchábamos por morder una pieza de viuda con hueso al carbón.

Quizá por ahí vaya también mi animadversión: no quiero indagar mucho en la vida de mis compañeros de oficina, me da miedo. No quiero que nuestros mundos se vuelvan uno solo, no quiero que nos juntemos los sábados, los domingos, los martes al salir, y que después del horario de trabajo pueda recibir llamadas alegres pidiéndome que haga algo laboral. Ya Francia prohibió los correos laborales en vacaciones, para dar un ejemplo.

Y qué tal si uno traba amistad con los jefes pero uno es un pésimo trabajador y merece ser despedido pero no lo hacen porque es el alma de la fiesta cada viernes y pone la casa para el desmadre. ¿Qué hacer?

O qué tal con los acosadores latentes que en los convivios van sobre las colegas diciendo vení bailemos esta que siempre he querido estar cerca y Romeo Santos será testigo de mis sucios deseos. O con los que se van sin pagar, como me pasó en el convivio de un medio en el que escribí y dos columnistas nos dejaron alegremente su cuenta de borrachera para pagárselas a los que nos quedamos.

Me parecen bien las reuniones de fin de año, realmente me parece genial que podamos relajarnos alguna vez y utilizar esta fiesta como un lubricante para las ásperas relaciones laborales. Pero creo que estas fiestas son un reto emocional. Para gente que logra separar los sitios de amistad con los de trabajo.

El problema es que como diseñamos nuestras relaciones, la mayoría de personas casadas, no tienen más vida social que las piñatas y las fiestas de trabajo y eso va muy mal. Toda esa presión los hará ceder. Y quizá horriblemente, cederán cantando borrachos el Burrito Sabanero con Elvis Crespo

No sé ustedes pero pienso que algo así está intentando hacer Facebook cuando compró a Whatsapp. Dos mundos que no deberían mezclarse ahora están por fusionarse, inevitablemente.

Cuál fue mi sorpresa cuando FB empezó a sugerirme como amistades a nuestros contactos de Whatsapp y eso, por supuesto, incluye a todos los colegas de oficina cuyo teléfono está en el directorio telefónico.

Vienen las invitaciones. Ya están. Y ahora mi timeline será como un convivio todo el año. Salvo que haga listas. Lo sé. Pero igual habrá colados. Qué miedo. Placer y trabajo quieren ser uno y yo digo no, no, no. Como Amy Winehouse.

Facebook, camaradas, comprando Whatsapp, compró nuestro directorio telefónico. Y con ello, toda la información de nuestra primitiva red social: el teléfono. No imagino el alcance de la compañía ahora que sabe con quién me comunico. Cuándo, dónde. Da un miedo. Mucho más que pensar que tendré que ir a los convivios, a pesar de lo que diga, y al día siguiente, mirar las fotos en el Timeline y eliminar uno a uno cada tag. Salud.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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COMENTARIOS

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    Antonio /

    16/12/2014 2:36 PM

    la parte de los convivios laborales da risa pero la verdad es cierto

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Benedicto L /

    11/12/2014 7:12 PM

    Felicidades Julio, cada día tu estilo se asemeja más y más al de Dina Fernández. Quién quita y dentro de unos años vos escribás la versión masculina de Siendo Puta me jué mejor.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    11/12/2014 2:10 PM

    La gente que no conozco por algo no la conozco. No se me da eso de ser un tipo social. Salud.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    José Alfredo Calderón E. /

    11/12/2014 11:01 AM

    Me maté de la risa. Puro cierto diría el emplumado ex presidente...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Gámez /

    11/12/2014 10:42 AM

    Yo quiero organizar un convivio con gente que no conozco. Salud!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Gámez /

    11/12/2014 10:42 AM

    Yo quiero organizar un convivio con gente que no conozco. Salud!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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