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Progres hasta que nos quedamos “sin muchacha”

No hay salida –decía una vieja amiga de la familia– mal con ellas y peor sin ellas. El dilema de contratar a una trabajadora doméstica. En hogares guatemaltecos donde el presupuesto lo permite, vas a encontrar al menos una de estas mujeres ocupándose de la limpieza, cocina, cuidado de niños, mascotas, y otros quehaceres domésticos y de mantenimiento. En muchos casos, se trata de una relación amor-odio; casi una prisión para ambas partes. El empleador sacrifica dinero (bastante menos que en otros países), privacidad e independencia por comodidad. Y la empleada acepta el trato para sobrevivir y ayudar a su familia. Qué rico que alguien haga todo –decía esta señora– pero si fueran invisibles y mudas, mejor todavía…

Cotidianidad Opinión
Esta es una opinión

Foto: Carlos Sebastián

Aclaro que ésta no es una crítica a la “institución” de la empleada, que en Guatemala es sacrosanta. Tampoco juzgo a quienes tienen empleadas. Reconozco que en algunos hogares, trabajan en un ambiente digno, respetuoso y reciben una remuneración acorde al costo de vida. De entrada acepto que crecí con empleadas, cuando me hice adulta las contraté yo misma. Pero estas contrataciones llearon a un final cuando me fui de Guatemala.

No me opongo a que una persona devengue un salario por prestar un servicio y que ambas partes sostengan una relación laboral de consentimiento mutuo.

Habiendo hecho esa aclaración y sin ánimo de entrar en generalizaciones, percibo que entre los temas que causan más alergia social está que gradualmente estas mujeres han ido adquiriendo conciencia de sus derechos. Luego de décadas de salarios bajos (que muchas veces sufren deducciones adicionales en concepto de alimentación, alojamiento, agua caliente, ruptura de licuadora), jornadas interminables, descansos mínimos, separación familiar, y en algunos casos, abuso, humillación y discriminación, la comodidad guatemalteca sufrió un golpe contundente: las “muchachas” se enteraron que tenían derechos.

Y eso no es todo. Algunas estudiaron, buscaron mejores trabajos, decidieron migrar al norte; otras pidieron aumentos, demandaron a las familias que se negaron a pagarles su tiempo y hasta denunciaron a acosadores y violadores dentro de las casas donde trabajaban. Aparentemente esto de que las empleadas piensen, cuestionen, tengan deseos de superación y salgan de décadas de ignorancia ha tenido un impacto tremendo sobre las economías y estabilidad mental de personas que nunca se pararon a pensar que eso de explotar a otro ser humano no se vale. Y más allá de eso, que es prohibido.

Tocá este tema en una reunión familiar o con amistades y verás cómo se producirá una secuencia más o menos así: rostros desencajados, se raya el disco, silencio incómodo, cambio de tema. Y es que al final del día, todos somos progres hasta que nos quedamos “sin muchacha”. He escuchado a gente caer en una crisis nerviosa cuando se da esta ruptura contractual y han tenido que pagar más (pues contemplar la idea de hacer las cosas por sí mismos es inadmisible).

Aumentos salariales, más tiempo libre y descanso, exigir sus derechos laborales –¡las muy malagradecidas! Todos conocemos a algún condescendiente que se expresa así y se resiste al cambio, añorando los días en que una empleada doméstica prácticamente era de su propiedad. Es como ver The Help y tener la espeluznante sensación de que esas escenas de la post-esclavitud sesentera del sur de EEUU aún pasan en Guatemala, donde el tiempo no avanzó.

¿Pero acaso no es señal de progreso que el servicio doméstico mute? ¿No está en el mejor interés de nuestra sociedad que salgamos del oscurantismo (y de la esclavitud moderna) y reconozcamos el valor del trabajo de estas mujeres? El doble estándar de querer que las cosas cambien en Guatemala, pero sin abordar la disfuncionalidad de nuestros propios hogares, es contraproducente.

Con los años, seamos o no consecuentes entre lo que pensamos y hacemos, nos enfrentaremos a una nueva realidad: el trabajo doméstico será más caro y escaso, los abusos serán castigados, crecerá la movilidad hacia otros sectores laborales, las demandas judiciales serán más costosas. Un día, ojalá, tendremos que aprender a vivir sin ellas.

Todos podemos ocuparnos de las tareas domésticas –sí, todas. Aun cuando uno trabaja y regresa cansado a su casa. Cuesta cambiar una vez que te acostumbrás y acomodás a un estilo de vida. Lo triste es que pensemos erróneamente que el trabajo doméstico es denigrante y por eso prefiramos que lo haga alguien más y por muy poco dinero. Después del luto inicial y de despojar nuestros prejuicios, no solamente podremos cuidar a nuestros propios hijos, cocinar nuestra propia comida, planchar nuestras camisas, etc. Podremos tener una amistad con una de estas mujeres, invitarlas a comer a la mesa con nosotros y verlas como iguales.

Mi percepción de las mujeres que trabajaron conmigo durante mis últimos años en Guatemala cambió cuando salí de la burbuja en la que vivía. Aprecié su labor, agradecí su dedicación en cada taza de café que prepararon, me sobrecogí ante sus lágrimas el día de nuestra despedida. Presencié su humanidad y en ese instante se manifestó la mía. Aprendí una de las lecciones más importantes: salir de la zona de confort es duro, pero te abre los ojos y la verdad te libera. Gracias también por eso, Mercedes y María.

Mariana Castellanos
/

Guatemalteca por decisión y gitana por destino, recorre el mundo buscando desaprender para aprender. Estudia la corrupción y la fiscalización social - promueve su conocimiento y concientización. Cuestiona, investiga, escribe y baila mientras cocina.


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    José Esteban Reyna /

    11/12/2016 1:14 AM

    Discriminación y racismo en Guatemala
    Progreso hasta que nos quedemos “sin prejuicios”
    La disfunción de los chapines, es no reconocer que todos tenemos sangre indígena, y que al ver alguien vistiendo traje típico, nos asalta la soberbia de sangre azul. En la actualidad, hay maestras y estudiantes universitarias que orgullosamente visten trajes de sus pueblos de origen, sin menoscabo de ninguna naturaleza. Espero que este siglo21, sea cuando a los pueblos indígenas los respetemos y consideremos nuestros iguales, en lugar de seguir sometiéndolos a esclavitud y menosprecio.
    Las familias más fanáticas a religiones, son quienes peor tratan y pagan al servicio doméstico.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Jose Byron Gonzalez /

    06/12/2016 5:56 PM

    Me llega, muy bien dicho.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    P. Choy /

    06/12/2016 3:20 PM

    Por ejemplo, un ejemplo similar, que haces tú cuando parqueas tu auto y aparece un joven que te dice " se lo lavo joven" le cobró Q 40

    O cuando alguien te dice, "se lo cuido joven" por 10 quetzales

    O cuando en el semáforo de la esquina le compras un chicle a un niño, o aceleras para que un limpiador de vidrios no te eche agua en el vidrio....

    Que es más malo, pagarle mal porque ofrece un servicio que el presta, o decirle no porque es malo y te sientes mal apoyando el subempleo?

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Andrea Tock /

    06/12/2016 9:47 AM

    No soy la primera que lo dice, pero vaya si hay que decirlo más. ¿Por qué asumen que una mujer indígena que va caminando en la calle es una empleada doméstica? Con la elección de esa foto para el artículo, evidencian el racismo que con el artículo quisieron combatir.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

      Juan Pablo Pira /

      06/12/2016 2:08 PM

      Todos los estereotipos de ese estilo provienen de un abuso de las medidas de tendencia central... específicamente de la moda. Si bien no todas las empleadas domésticas son indígenas, muchas lo son. Ahora, pensar al revés -que todas las indígenas son o quieren ser empleadas domésticas- es inaceptable.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Walter Pimentel /

    06/12/2016 8:30 AM

    Ojalá quede instituido en ley. Por su parte el IGSS debería mejorar su oferta de cobertura para este sector. Recomiendo a la columnista hacer un estudio de las falsedades que el IGSS les otorga.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Oscar Castaneda /

    06/12/2016 7:39 AM

    En 1990 cuando regrese a vivir a Guatemala por primera vez todas las generaciones anteriores en mi familia y la de mi esposa se escandalizaron cuando nos vieron comer en la mesa con la sirvienta. Le dabamos bono 14 y aguinaldo. Nos acusaron de dar mal ejemplo con las muchachas de la familia. Me alegra que aunque sea 25 an~os mas tarde, esto se este escribiendo en un medio en Guatemalita.
    Yo soy testigo directo (y algunas veces culpable tambien) del esclavismo que las sirvientas en Guatemala vivian (o aun viven). Aun en los 90s.
    Recuerdo tambien muy claramente que varios de mis amigos de los tiempos de colegio se cogieron a la sirvienta. Ante los oidos sordos de los papas que veian al patojo con cierto orgullo paternal.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Fernando González /

    05/12/2016 5:01 PM

    Empleada*

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Fernando González /

    05/12/2016 5:00 PM

    Mi madre fue empleado domestica por muchos años. Me agrada leer este tipo de artículos, que lejos de mostrar opiniones viscerales nos acercan a una visión mas humana y realista de este tipo de profesiones.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Shaili Zappa /

    05/12/2016 4:44 PM

    Ve, qué artículo más acertado. Gracias por hablar de esto. Genial.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    El Gnomo /

    05/12/2016 4:05 PM

    Acertado criterio.

    Una sociedad desarrollada es aquella en la que tener un@ emplead@ doméstic@ cuesta un ojo de la cara.

    En países donde la riqueza está mejor distribuida no es nada fácil darse el lujo de contratar personas para que nos hagan la vida más cómoda, hecho los clasemedieros tercermundistas ya damos por sentado. Es un avance social y económico que la brecha entre esta relación extremadamente desigual se esté cerrando.

    Interesante también sería analizar la situación laboral de "los guardianes" o los empleados de seguridad privada.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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