Punto ciego

Estoy parada frente al punching bag: arriba la guardia, cabeza metida entre los dos guantes, torso enconchado, codos pegados a las costillas, pie izquierdo al frente, bailando en saltitos cortos. Suena la campana virtual y comienzo a golpear. En cada golpe, giro las rodillas y escucho el sonido del guante impactar la superficie turgente del saco al ritmo de mi respiración agitada. Pego un gancho izquierdo y siento cómo el golpe encaja impulsado por toda la rotación de mi cuerpo, la fuerza triangulada del hombro, pecho y bíceps tiene la contundencia para mandar al oponente a la lona. Lo puedo imaginar atarantado y sorprendido por el golpe lanzado desde su punto ciego.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Letales son los golpes que vienen desde el punto ciego.

Imagen: Flickr, William Shannon

Cualquier boxeador sabe que los golpes que más duelen son los que no vio venir.

El punto ciego es la esquinita exterior del ojo que carece de sensibilidad lumínica. Ante la falta de información visual, el cerebro recrea virtualmente y rellena esa pequeña área en relación al entorno visual que la rodea. Esa es la razón por la cual cuando estamos buscando algo, como las llaves o el control remoto, y nos queda en el punto ciego, nuestro cerebro nos dice que no están ahí. Cuando volvemos a pasar la mirada, los objetos quedan traspapelados en una percepción anterior, porque ya hemos decidido que no están ahí, aunque descansen frente a nuestras narices.

Pienso que al igual que el ojo, nuestra consciencia tiene puntos ciegos. Es decir, carecemos de cierta sensibilidad sin la cual es imposible entender nuestro entorno y a nosotros mismos desde perspectivas más luminosas. Ante la falta de claridad, rellenamos el razonamiento con espejismos construidos o aprendidos.

Si esta noción aplica para la consciencia individual, aplica también para la colectiva. Tomemos como ejemplo los recientes acontecimientos en materia de justicia, más puntualmente, la captura de los 17 veteranos militares: un grupo de 14 involucrado en desapariciones forzadas entre 1981 y 1986; y otro grupo por la desaparición de Marco Antonio Molina Theissen, en septiembre de 1981.

Como sociedad, estamos acostumbrados a recibir y procesar esta información desde la perspectiva de la guerra ideológica de izquierda vs. derecha. Y en base a esa sensibilidad emitimos nuestros juicios de valor. Si yo le pido al lector que saque de la ecuación el discurso de la guerra ideológica y que se enfoque en conectar con el dolor de las víctimas y con su lucha por encontrar justicia, usted automáticamente redireccionará la conversación al equilibrio de los bandos, dejando a un lado el sufrimiento del prójimo. Y eso que no estoy tomando en cuenta las capas de información que nos fue ocultada por los productores ejecutivos de ese espejismo llamado guerra, que contaba con todos los efectos especiales para hacernos cómplices del horror.

Conste que este es solo un ejemplo de los centenares de problemas que enmarañan nuestra realidad como país y que día a día nos lanzan ganchos y jabs directo a la mandíbula y la sien.

Estoy parada frente al punching bag: arriba la guardia, completamente consciente que mi principal oponente soy yo misma.

Claudia Armas
/

Pirómana.


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    Jose Byron Gonzalez /

    22/01/2016 5:57 PM

    Muy de acuerdo. Creo que, como sociedad, es uno de nuestros peores defectos (al mismo nivel que la pereza intelectual de no poner un poco de su parte para entender causa y efecto).

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Claudia /

    22/01/2016 11:13 AM

    Brillante

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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