El dinosaurio llamado burocracia

Creí que no habría ningún problema para solicitar a la universidad que me extendiera una carta que hiciera constar que yo había impartido clases en su instituto durante varios años. ¿No es lo que hace una persona decente cuando un ex trabajador lo solicita? Además, me había retirado de dicha entidad -según yo- de forma cordial, así que pensé que no sería problema.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

El artículo 87 del Código de Trabajo establece que al expirar el contrato, el patrono debe dar al trabajador una constancia laboral.

Ministerio de Trabajo. Carlos Sebastián

La odisea comenzó con la primera llamada que hice. La secretaria de la Facultad me dijo que ellos ya no emitían constancias. Llamé entonces a Contabilidad y pronto me enteré que ahora tenían políticas internas que prohibían extender constancias a profesores que ya no trabajaran con ellos. Después de mi protesta, me mandaron con el Contador General, sin embargo, este me dijo que aunque estaba enterado de mi caso no podía ayudarme.

Fue entonces que le recordé el artículo 87 del Código de Trabajo. Claro que se alteró; a nadie le agrada que le recuerden sus obligaciones. Así que su reacción fue lanzarme una de ahogado cuando dijo que en teoría yo “nunca había sido empleada de la universidad porque mis contratos fueron por servicios profesionales”. Con toda la calma que aún me quedaba le contesté: “Entiendo perfectamente las políticas de la universidad, licenciado, pero como usted comprenderá, yo sí trabajé para ustedes. Quizá no en sus códigos teóricos, pero sí lo fui en la práctica: Firmé contratos durante varios años consecutivos e impartí cursos, talleres y seminarios de ochenta estudiantes por semestre. Cumplí con jornadas completas de trabajo e incluso di clases durante las vacaciones de interciclo, además de haber sido correctora de estilo de otros cursos de la Facultad”.

Se me olvidó mencionarle que además era yo la autora del Manual de Estilo que todavía usan en la Facultad y que venden de forma obligatoria a los estudiantes de primer semestre, y que de los ingresos que perciben hasta la fecha no recibo un solo centavo porque nunca quisieron firmar el contrato de derechos de autor que solicité. Así funciona el sistema capitalista que promueve la libertad en un Estado de Derecho, supongo: el sistema que promueve la universidad más cara del país.

Pasé una semana entera hablando con unos y con otros, sin ningún resultado, aún cuando la asistente del Secretario General de la universidad me aseguró que este se haría cargo de la constancia. Mentira. Ese fue el momento en el que caí en la cuenta de que mi retiro no había sido tan cordial como yo creía. Martin Luther King decía que hay momentos en los que nuestro silencio se convierte en traición, así que decidí hacer lo correcto. Conduje entonces hasta el Ministerio de Trabajo.

–¿Empresa que quiere denunciar? –preguntó la mujer de la ventanilla tres después de copiar los datos de mi DPI. Tecleaba como si estuviera aprendiendo su oficio.
–Universidad Francisco Marroquín.
Los ojos de la mujer escrutaban la pantalla del ordenador. Unos segundos después exclamó:
–Aquí está.
–¿Ya estaba registrada?
–Ya.
–¿Ya la han denunciado entonces?
–Sí, tiene varias denuncias– dijo sin despegar la vista de la pantalla.

La impresora se encendió y la mujer que me atendía sacó de la bandeja una impresión.
–Revise la hoja, por favor, para ver si sus datos están bien.

Cuando la leí vi que en “nacionalidad” había escrito “El Salvador”, tomé el lápiz que me había dado para hacer alguna corrección y marqué una raya encima.
–Señorita, mi nacionalidad es guatemalteca.
–Pero nació en El Salvador, ¿no?
–Sí, pero aquí dice “nacionalidad”, no “lugar de nacimiento”.
–No porque usted es originaria de El Salvador.
–A ver, señorita, le explico: Nací en El Salvador, eso es un hecho, pero me nacionalicé hace veinte años como guatemalteca. Todos mis documentos son guatemaltecos, mi DPI, mi pasaporte, mis propiedades, mis casamientos, mis divorcios, hasta el certificado de defunción indicará que mi nacionalidad era guatemalteca, ¿entiende?
–Sí, pero usted es originaria de El Salvador. Vea, aquí dice –y apuntando con su dedo índice la palabra en la hoja, exclamó como si hubiera descubierto el eslabón perdido– “NACIÓ-nalidad” y usted NACIÓ en El Salvador. No puedo falsear los documentos; no estoy autorizada para cambiarle su nacionalidad–. Pensé que era broma, pero ella seguía igual de inerte que la Dama de Hielo andina.

Volvió a imprimir la hoja y me la entregó. Había impreso la hoja exactamente igual, con la misma errata.
–Señorita, ¿para qué la volvió a imprimir si no cambió mi nacionalidad?
–Porque usted la manchó con lápiz.

Antes de retirarme, la mujer me lanzó una de ahogado –mientras me aguantaba las ganas de soltar una carcajada–: “Si la abogada lo considera pertinente quizá ella pueda cambiarle su nacionalidad. Y recuerde: traiga la dirección exacta de la institución”.

De camino hacia mi auto pensaba en el posible cansancio de la mujer de la ventanilla tres, en la educación cuadrúpeda que hay en este país, en el dinosaurio de Monterroso. Pensé en las personas que trabajan en las instituciones hechas por personas para las personas; en la ineficiente y estúpida incongruencia del sistema en el que vivimos.

A los pocos minutos de haber salido del Ministerio sonó mi celular. Acababa de entrar un correo electrónico a mi bandeja: Era la carta de constancia laboral firmada por el señor Secretario General de la universidad. Dicen que las coincidencias no existen. En este caso, yo prefiero creer que sí.

Beatriz Zamora
/

Profesora de Lenguaje, editora, feminista y lectora empedernida. Apasionada por el yoga, la meditación, la fotografía, los viajes transatlánticos, la autenticidad y la comida vietnamita. Su nacionalidad es planetaria y su identidad, el espejo.


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COMENTARIOS

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    Marisa Castillo /

    24/01/2015 9:11 PM

    El título de tu artículo lo dice TODO! Sería brutal cerrar el mismo con el famoso dicho: "al toro por los cuernos"

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    José Alfredo Calderón E. /

    19/01/2015 8:09 PM

    Estoy seguro que no usas el IGSS, pero una experiencia con el "moncstro" de la seguridad social, enriquecería una futura entrega... Buen estilo para recrear -amenamente- un pasaje que pudo ser baladí.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Elena Gaytán /

    19/01/2015 7:11 AM

    Me gustó mucho tu artículo. De una manera sencilla logras exponer lo que muchas instituciones privadas hacen y que, por ser privadas, pasan desapercibidas. Gracias por denunciar este tipo de faltas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Mercedes /

    15/01/2015 6:27 PM

    Buen artículo, Bea! claro, directo y valiente, te felicito :)
    Es lamentable cómo funcionan de mal las instituciones en países como Guatemala, y no importa si son públicas o privadas, si en ellas trabaja gente con una educación básica (por no decir deficiente) o, supuestamente, "la creme de la creme". Yo no sé qué nos hará falta para acabar con este tipo de abusos pero, por lo pronto, mucha paciencia ;)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Miguel /

    15/01/2015 1:25 PM

    Lamento lo que le ocurrió, pero me divertí mucho con su artículo...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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