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Regresé a la universidad y esto les diría a las de primer año

Las puertas de la universidad se abren de par en par y una marea ruidosa de cabezas negras se desparrama por las escaleras anchas hacia abajo. En cuestión de segundos llegan en cuatro corrientes separadas hasta la acera donde yo acabo de arribar.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Flickr: Días de lluvia. Martina15

Veo a la marea avanzando hacia mí, cada vez más cerca pero tarde, todo demasiado tarde, y ya no puedo hacer nada. El reflujo me traga igual que a la gente desprevenida de la parada de autobús. Tantas personas juntas creamos remolinos humanos difíciles de esquivar y de repente me hallo rodeada de cuerpos aniñados vestidos de manera similar con color negro dominante, leggings y las botas Ugg. No hay ninguna disidente de la apariencia entre ellas, ninguna discordancia aparte de mí y sin embargo, creo que ni se percatan de mi presencia. Soy invisible en su oscuro mundo de ombligos adolescentes. Sé que es oscuro, he estado allí.

Hay risas transparentes, miradas huidizas, algunos barritos en caras esperanzadoras que no parecen pertenecer al alumnado universitario sino a algún punto situado mucho antes en la línea de edades humanas. Más cerca del comienzo de los tiempos, casi en el principio de nuestro camino. Son muy niñas aún, ¿no lo ven?, y no obstante, se espera que ya supieran qué quieren hacer en la vida como si ahora no fueran nadie ni hicieran nada. Como si todo lo bueno, lo realmente valioso en la vida o ya fue o está por llegar y el presente es solo una especie de transición, un limbo, una pausa entre dos puntos significantes. Cuando la realidad es todo lo contrario. Cuando la vida puede ser maravillosa.

De repente noto una oleada de empatía, una necesidad extraña de abrazarlas y advertirlas que no se preocupen por lo que será ya que solo importa el aquí y ahora. Importan ellas, y su autenticidad. Es lo único de lo que verdaderamente disponemos. Pero, claro, llego a decirlo en voz alta y me tomarán por loca.

Y lo comprendo, no lo pueden remediar. Porque ellas no saben que a nosotras a su edad también nos preguntaban con una sonrisa llena de promesas qué íbamos a ser y a hacer en esta recién adquirida independencia de adultas donde las numerosas oportunidades de oro caen del cielo porque así es el cielo del libre mercado y reina la libertad total donde cada una puede ser y hacer lo que quiere porque así es la libertad del mercado.

Sin embargo, la mayoría esperaría escuchar una sola cosa de nuestros labios: que las chicas, dentro de esa libertad aparente, van a las universidades sólo para ser MMC (mientras me caso), porque la mayoría quisiera que estas jóvenes no sólo quisieran ser profesionales sino sobretodo quisieran ser madres.

Y que parieran por nuestro país y para ahuyentar ese miedo omnipresente e intergeneracional de la desaparición de nuestra nación, de nuestra tribu, de nuestras costumbres, de nuestros apellidos. Un miedo que llevamos encima como si fuera nuestra segunda piel: pero es una piel que pesa, que no deja respirar. Y vivimos con esa sensación latente, silenciosa pero terriblemente poderosa, que el gran propósito en la vida de todas debería ser el de rendirnos a paliar ese miedo muy masculino de desaparición y… parir. Solo cuando ya no hay posibilidad de procrear nos dejan en paz y ese miedo se transforma en nuestro trabajo invisible de cuidadoras.

Y yo todo esto, evidentemente, no lo percibía de esta manera. Aunque dije que sí como la que más, claro que pariré, todo por mi patria, yo en realidad no sabía qué quería. Lo quería todo y a la vez nada de lo que me estaban hablando. ¡Por Dios!, tenía 18 años.

Observo los rostros preciosos de la juventud a mi alrededor y me veo a mi misma alejándome hacia el futuro. Es una sensación extraña. Todo lo que pensé aquel entonces que iba a ser mi vida ha resultado ser muchísimo mejor. Más interesante y enriquecedora, más alegre, reconfortante, sorprendente. Más mía. Pero, claro, me costó lo mío.

Apartarte del camino marcado, rescatarte de las expectativas ajenas, de los sueños de los otros y seguir tus propias metas, trabajar por tus propios sueños no es nada fácil. Porque la libertad lleva en sí un grado de soledad y necesidad de desprenderte de la inercia de no decidir por ti misma para que la responsabilidad del curso de tu vida sea más colectiva y menos tuya. Es “el miedo a la libertad” que explicó de manera fenomenal Erich Fromm, una lectura imprescindible.

Las cosas que hagas nunca van a gustar a todo el mundo pero tú debes estar conforme, en paz con las decisiones que tomas, con tus elecciones. Debes ser honesta contigo misma. Esto es lo más importante, y sí, también lo más difícil pero si lo logras, estarás agradecida a ti misma eternamente.

Anna Maria Penu
/

Escritora, politóloga, feminista europea en cuya piel América Central está empezando dejar sus huellas. Se nota en mi mirada, en mi manera de estar en el mundo. Aquí escribo con humor, con dolor y ternura. Escribo para seguir caminando.


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    DIEGO /

    11/02/2015 12:28 PM

    A veces así nos sentimos, vivo las dos experiencias actualmente, una donde les digo a mis compañeras de promociones abajo que no hay de que preocuparse, que el tiempo pasará rápido y lo que ahora parece inalcanzable no es lo que aparenta, y por otro lado tratando de iniciar una carrera profesional con ganas de ver a mi yo del futuro que me dijera que todo va estar bien, que sea paciente y que todo valdrá la pena.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Carlos /

    08/02/2015 2:01 PM

    Bonito texto, me alegra saber que comparto la sensación de no estar peor que antes. Yo empecé a existir como a los 20, antes era solo un ente que flotaba por ahí como un fantasma.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Cristina /

    06/02/2015 2:06 PM

    Gracias por el precioso texto! De repente he vuelto a la universidad y me acordé de mis sensaciones y es verdad, lo más importante es ser una misma, tomar decisiones porque a ti te apetece uno agradar a nadie... Fue lindo volver ahí y haré que mi hijo de 15 también lea este texto tan tierno y emocional. Gracias!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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