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Ser atea en el país de las bendiciones

Mi relación con la religión ha sido complicada. Digo complicada por no decir que fue, en su momento, un duelo a muerte; una de las dos debía ceder para que la otra pudiese existir y sobrevivir. Con su muerte vino mi resurrección, por decirlo así.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Oveja negra / Wikimedia

Y antes de que me tache de hereje, le cuento. Todo empezó desde antes que naciera, supongo (todavía no entiendo las ganas de imponer las creencias propias a los hijos que ni siquiera pueden hablar) y explotó cuando tenía doce años. Nací dentro de una familia católica. Somos de esas familias con más de la mitad de sus miembros cristianos pero que la mayoría no tienen mucha idea de por qué lo son y no importa, solo lo son. A mis cuatro años empecé a estudiar en un colegio católico feminista.

Es raro, la mayoría de gente piensa que los “colegios de monjas” gradúan el mismo prototipo de mujer: súper creyentes, con letra estilizada y la medalla de la virgen María en el pecho. En el colegio fui un poco diferente al resto. Tenía compañeras católicas y otras menos, evangélicas. Éramos cuatro (de noventa) las que pensábamos abismalmente distinto y nos hicimos muy amigas.

A los doce años, un par de años después del divorcio de mis papás, mi papá decidió cambiarse de religión. Yo ni sabía que eso era posible. Me enteré por shute, revisando unas gavetas de su nuevo apartamento de soltero. Encontré un formulario completado a medias a la par de un librito con letras ­­­–ahora sé– hebreas. Supuse que era para entrar a una “iglesia” nueva. Recuerdo haber sentido que algo dentro de mí se hizo pequeño y se quedó del tamaño de una pasa. Estaba atónita y empezó la película mental. Volví en recuerdos a pensar en cuántas veces me había persignado, en las lecturas del colegio en la clase de religión, en las misas que odiaba por estar tanto tiempo parada o sentada solo escuchando, las clases de catecismo en la casa de una señora que hablaba lentísimo y los dibujos amorfos del libro que ilustraba los sacramentos.

Fue una lluvia de ideas que lo cambió todo: si era posible cambiarse de religión y de creencias así por así, significaba que ninguna tenía la razón. Porque se podía escoger. Era como cambiarse de blusa, no había UNA religión con UNA verdad sino que había varias con diferentes verdades al gusto del cliente. Todas y ninguna tenían la razón, ¿entonces ese dios padre, hijo y espíritu santo era el mismo en todas o cambiaba? ¿Por qué yo había asistido siempre a la misma iglesia si había varias opciones? ¿Por qué mi papá quería dejar la fe que me habían enseñado? ¿Qué había de malo en ella? Si él me había enseñado esta religión y ahora quería cambiarse, ¿el catolicismo no era la correcta? o es que al final, ¿ninguna lo es?

Finalmente surgieron las más importantes de todas mis preguntas: ¿Para qué servía dios? ¿Quién era? ¿Era quién o qué? ¿Era él o ella? ¿Estaba allí desde antes de las religiones, de los humanos o era puro invento nuestro?

Intenté entenderle a mi papá cuando me decía que habían muchas religiones y que todas, a la larga, enseñaban lo mismo: amor. Que el mundo estaba basado en esto, que no había respuesta correcta, solo maneras de acercarse a la verdad y que él pensaba esta era su forma de hacerlo pero mi mente se hacía pedacitos cada vez que me hablaba y terminaba enojándome con él. Estaba furiosa. Me sentía “estafada”, me habían vendido solo una parte de la historia y me faltaba un gran pedazo.

Decidí, entonces, hacer voto de silencio –ignorarlo, pues– como por 6 meses. Yo no le dirigía la palabra y mucho menos para hablar de mi “crisis”. Ni hablar de la manera que cambió mi forma de ver las ceremonias en el colegio y las clases de catequesis, las odiaba.

Después vino lo que yo considero revolución. El momento de rebelión pura, de agotamiento por seguir –sin razón aparente– a la “manada”, empecinada con una idea que lo ha cambiado todo. Para mí fue en una misa de esas conmemorativas de algo, ya no me acuerdo. Había que persignarse y decir unas oraciones, no lo hice. La maestra de lejos me observaba. Ya sabía del “mal” que padecía. La misa siguió y vino el “por mi culpa”. Yo no había hecho nada malo así que no me disculparía de gratis. Me quedé quieta. La maestra se acercaba a mi lugar. Después el Padre dijo algo y todas se pararon y yo me quedé sentada. La maestra me llamó la atención y al oído me dijo: párese ahorita, Ana Raquel. Yo le contesté: no.

Con el tiempo pasé de la “actitud desafiante” a una actitud más crítica y tolerante. La relación con mi papá mejoró, aunque el tema no dejó de ser sensible, platicábamos acerca de su nueva religión. Compré mi primer libro acerca de la historia de todas las religiones y me abrió la mente. Pude ver, no solo a lo malo de las religiones (y eso que es bastante): guerras, genocidios y odio; sino también a un dios que, en todas sus envolturas, se interpretaba (o eso intentaba) como el sinónimo de amor. Leí Siddharta de Hesse y dejé de odiar la religión y a cultivar mis propias dudas. Ahora sabía: está bien dudar de lo enseñado. Desaprender.

Después, el budismo me atrapó con su filosofía no teísta de ver la naturaleza humana. Despertó mi admiración por el cosmos y me volví adicta a saber más sobre física, química, matemática y en especial, de astronomía.

Medité un tiempo hasta que por algún motivo “dejó de hacer efecto”. Pensé que solo era más de lo mismo: meditar no sé cuántas veces por no sé cuánto tiempo para llegar a no sé qué estado. Era más de lo mismo así que decidí dejar el budismo como filosofía y adoptar la meditación como ejercicio de autoconocimiento.

Entonces regresé al punto inicial: la duda. Tenía 19 y después de mucho pensar, decidí que no era necesario tener una religión para ser feliz ni para ser buena persona, que la ética y las buenas acciones no están atadas a una creencia ni debiesen estarlo; hacer el bien por hacerlo, no porque alguien lo haya escrito en algún libro.

Mi postura desde entonces no ha cambiado mucho, tengo 24 y no tengo una religión. Me parecen todas tradiciones heredadas de tiempos donde su función era el método para mantener a las masas calmadas y sin pensar (sigue siéndolo), con la esperanza en que si se “portan bien” aquí en la Tierra tendrán una recompensa mayor –y vida eterna– allá en el cielo (nunca entendí dónde quedaba el cielo después de saber que las galaxias más próximas a la Tierra son la Enana del Can Mayor y la Elíptica de Sagitario).

El título de esta nota dice que soy atea pero es más complicado que eso. También soy agnóstica, porque pienso que no se puede saber a ciencia cierta –todavía– si existe o no dios. Un dios que, de existir, está lejos de ser un ente controlador que sabe, ve y castiga todo lo que es en contra de su voluntad. Agnosticismo proviene del griego “sin conocimiento” y fue el británico Thomas Huxley quien finalmente acuñó el término en 1869 aunque desde antes había referencia sobre la postura. Muchos autores han comentado sobre esta postura y su perspectiva: Hume, Kant, Kierkegaard, Russell, Darwin por decir algunos. Tanto en el ateísmo como en el agnosticismo hay escalas de gris.

Se podría decir que mi postura es un ateísmo agnóstico: soy atea en un 99.99% y el restante 0.01% es la posibilidad de que exista un dios más acercado a lo que define el panteísmo: una energía natural o “chispazo” inicial espontánea de las cosas o como se le quiera decir, que en un inicio y mucho –muchísimo– antes del Big Bang “creó” el universo. No creo en la existencia de ninguna deidad y por eso no practico ninguna religión; pero al final nadie puede afirmar que dios existe o que no existe. Nadie en realidad lo sabe.

En público digo que soy atea. Me encantan las caras de quienes no entienden qué es eso o, mejor aún, de los que juzgan y me dirán que me voy al infierno por negar a dios y no temerle. En fin, digo que soy atea un poco por rebelión, un poco por pereza de explicar –una y otra vez– qué es el agnosticismo; el ateísmo, por alguna razón, suena más crudo y menos complicado; y por qué no decirlo, también lo digo a veces por diversión, cuando es un grupo bastante conservador. En este país, declararse no creyente es un acto de fe en la tolerancia ajena (y vaya que es poca).

En el país del “Dios la bendiga” para todo, yo decido contestar: “gracias, cuídese mucho”, porque respeto sus creencias pero no creo en ellas; porque coincido y comparto en desearles lo mejor en su porvenir; porque lo agradezco mas nunca entenderé cómo un dios que todo lo ve –y controla– puede bendecirme a mí (selectivamente) y no a mucha gente que aquí mismo sufre de hambre y muere con el rosario en la mano.

*** Una versión de este artículo fue publicado por primera vez en Brújula.

Ana Raquel Aquino
/

Me gusta el cosmos, me gustas tú. Aquí en la Tierra, un cartón dice que soy abogada. Todavía no sé qué quiero ser de grande.


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    Miguel Sac /

    23/09/2016 7:38 PM

    Me agrado su artículo y respeto mucho lo que dice. Personalmente creo en Dios y asisto a una iglesia cristiana, pero comparto que se debe respetar si alguien no cree en algún tipo de deidad, dios o se denomina abiertamente ateo. Felicidades por mantener una postura y expresarse de una manera respetuosa. Saludos cordiales.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Héctor Valdés /

    22/09/2016 7:54 AM

    Te felicito por la búsqueda de la verdad, por poder desaprender y te digo que estás bastante cerca de encontrar lo que estás buscando. Te invito a que con ese juicio Y capacidad analítica que tienes no estudies la religión cristiana, Qué es la que tienes más cerca sino que estudies a Jesús su muerte y resurrección y me cuentas!!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Verónica Yoc /

    20/09/2016 3:12 PM

    Ana Raquel, me sorprende la madurez con la que escribes, leerte me hizo pensar en mi propio proceso de entendimiento, cuando explicabas que experimentaste la admiración por la astronomía, la física (cuántica en mi caso) y otras cosas relativas me identifiqué contigo, y creo que ahora estoy en el proceso de la meditación. Comprendo tu postura, la comprendo perfectamente y en hora buena que ese entendimiento te llegó siendo tan joven, yo tengo diez más que tu pero sigue siendo una pasión el querer encontrar un poco más al respecto. Lo que si te digo es que muchas noches ¨quizá todas las noches¨salgo a ver las estrellas y es en ese instante en el que me pongo a pensar que es posible ese 0.01% del que tu hablas.

    saludos! excelente artículo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lillian Irving /

    20/09/2016 11:57 AM

    Felicito a Raquel por su valiente artículo, en el país donde decir "soy ateo" es sinónimo de haberse asociado con el mal, lo cual no es así. He tenido a lo largo de mi vida diversas experiencias que me han convencido de que las religiones (todas) existen para mantener a los seres humanos comportándose de manera correcta, ya sea por convicción o por amenaza de un castigo. Y la promesa de un mundo mejor cuando abandonen este mundo. Sin embargo, todas me han decepcionado porque si no tienen carencias, ambiciones desmedidas, falsas promesas, tienen otras falencias peores como la pedofilia, la corrupción, el anulamiento de la voluntad, etc. Y me refiero a la mayoría. Hay religiones que proclaman ser la única verdadera, y ven de menos a quienes no la profesan. Hasta los insultan. No me gusta nunca decir "Que Dios te bendiga" o que me lo digan, lo siento falso y carente de sentido, una hipocresía más de los creyentes. No me considero atea ni "no creyente", porque si creo en una energía superior que mueve la vida y los fenómenos del universo, pero las religiones me han decepcionado desde hace mucho tiempo. Comparto sus puntos de vista casi totalmente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Oscar Solórzano /

    19/09/2016 8:19 PM

    Muy buen artículo! Acertado; y respetable punto de vista!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Hosni /

    19/09/2016 8:10 PM

    Hola Raquel. Lamentablemente creo que su experiencia, es fruto de la hipocrecia con la que vivimos muchos que nos llamamos cristianos. Queremos encasillar a Dios, en una religion. El no es eso, El es un estilo de vida. Lementablemente nuestras iglesias estan llenas de personas con doble moral, que decepsionamos al que esta afuera y que nos observa. Creo que ese 0.01% que la hace no califecarse como atea 100%, es ese vacio que todos los humanos tenemos dentro y que nos hace buscar "eso" fuera de nosotros que nos complemente. Los que creemos en Dios, lo hacemos por fe. Es esa esperanza que tenemos en algo que no podemos ver, pero en lo cual decidimos creer. Para muchas una locura y una estupidez. Pero es lo unico que nos da paz en nuestra intimidad, en nuestros peores momentos o incluso en ese que hacer diario. Gracias por respetar a los que creemos en Dios. Le pido que nos disculpe por aquellos fanaticos que la juzgaran, criticaran y hasta insultaran dandole a usted toda la razon de su postura. Espero que ese 0.01% encuentre lo que verdaderamente anhela su corazon. Eso que en sus noches de reflexion no la dejan intranquila. Que Dios le bendiga Raquel.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Alfredo Humano /

    19/09/2016 7:09 PM

    Porque lo agradezco mas nunca entenderé cómo un dios que todo lo ve –y controla– puede bendecirme a mí (selectivamente) y no a mucha gente que aquí mismo sufre de hambre y muere con el rosario en la mano.
    – ANA RAQUEL AQUINO

    Disfrute cada linea.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    alejandro /

    19/09/2016 5:24 PM

    me encanto tú columna, serias tan amable de recomendarme alguno de los libros que te ampliaron la visión acerca de historia de las religiones. Gracias

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    JOSUE AUGUSTO PEREZ FIGUEROA /

    28/08/2016 9:12 PM

    Muy humana la posicion. Ante lo que se ignora no se puede tener certeza alguna. El hombre o la humanidad mas inteligente a optado por ignorar el tema y dejarle la religion a los tontos e ignorantes, sin embargo, tanto el cree en Dios como quien lo niega somos ignorantes. No "vemos a Dios" por ningun lado. Tanto asi, que los filosofos (los que aman el conocimiento), tampoco pueden dar una explicacion a lo inexplicable. Nadie sabe porque y para que estamos aqui, Jean Paul Sartre, dijo que el hombre esta en este mundo sin haber pedido venir, y los padres no pueden explicarle al hijo porque fue que lo tuvieron. Lo mas logico seria que toda la humanidad desapareciera, pues sin futuro para la humanidad, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo decidiendo, por lo que Sartre concluye que el hombre esta condenado a estar DECIDIENDO desde lo mas sencillo hasta lo mas complejo. Nadie escapa a este destino de "ESTAR DECIDIENDO". No puede dejar de decidir, aun cuando decidiera ya no decidir, las necesidades lo obligan a decidir. La autora no escapa a este terrible designio humano: "Ahora el hombre es como un dios, sabiendo el bien y el mal" Nadie escapa a esta condicion humana de estar CONTINUAMENTE DECIDIENDO. Estar en duda permanente es un tormento eterno. En lo que a mi respecta he tomado la decision de CREER QUE DIOS EXISTE Y QUE ESTA CONMIGO SIEMPRE. No practico ninguna religion como tal, no obstante, me congrego con personas que como yo CREEMOS EN DIOS. Hay una sentencia que dice: SE FRIO O CALIENTE, Lo tibio provoca vomito.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Mario Rodas /

    26/08/2016 12:49 PM

    Pues la verdad ser creyente y saber que otras religiones creen las mismas cosas locas que tu te da mucha humildad, yo no digo "Dios te bendiga" no digo "primero Dios" o termino alguna frase de algo suertudo que me paso con un "Gracias a Dios" por que si Dios existiese la verdad le pelaría muchas cosas y lo que le importaría es que la mara viva haciendo el bien a los demás, por eso soy católico, no sé si Dios existe o no, pero sé que si existiera me encantaría que fuera como el Dios cristiano y punto, no se si soy un gran ignorante por creer en la posibilidad de un Dios que me encantaría que fuera como el Dios cristiano humilde para nacer desnudo y morir desnudo, pero la vida me ha enseñado que ese ideal si que es hermoso y que es positivo intentarlo vivir. La verdad existimos tan poco que debatir o no si Dios existe la verdad me parece aburrido y cuando yo estudie era el único creyente de mi salón de aulas y por alguna razón la mara terminaba hablando de religión y de Dios y de hipocresía y temas muy bacanos pero desde su óptica Atea, Panteista, humanista y agnóstica (realmente la gran mayoría eran agnósticos). Nací en una familia atea también y la verdad que es un tema interesante pero siempre las conversas de gente pensante más de alguna vez llega al tema de Dios y es algo que aún no entiendo.

    Por cierto no me gusto esa primera parte del artículo ya que prejuzga que la mara tildará a la autora de hereje y no sé si eso sea así, la verdad Guatemala según una encuesta bastante viejita de latinobarómetro es uno de los países más seculares de américa látina con un 13% de "no religiosos" así que no sé si somos el país del "Dios te bendiga" yo ya tengo mucho que no escucho esa frase la he escuchado más en otras partes de latinoamérica que en Guatemala.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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