Un criminal trabajando en los juzgados

Si algo nos gusta es la paranoia. Me parece que hay cierto rasgo local, sobre todo citadino, que siente un inmenso placer en decir que está seguro y armado para la batalla (vidrios polarizados, casa con cerca electrificada, doble celular por los asaltos).

Cotidianidad n246 Opinión P369
Esta es una opinión

www.flickr.com/photos/jgoge123

Está bien; digamos que la culpa no solo es de uno, sino también de la manera en que se narran los hechos violentos en los medios, la ineficacia de las autoridades y sobre todo, porque es cierto que somos un país violento.

El problema está en sentir siempre el mal acechándolo a uno, un mal sin rostro, que termina pareciéndose más a un hombre tatuado en el rostro los símbolos de una mara. No hay junta de amigos o timeline de facebook donde no se haya hecho público un testimonio de robo. Parece que siempre que uno sale a la calle está en grave peligro.

Vivimos constantemente en una batalla imaginaria del bien contra el mal, situándonos por supuesto del lado del bien, pero en cuanto podemos hacer mal, estamos dispuestos a pagar para que dicho fallo se borre y nos devuelvan al lado de los buenos.

Tenemos frente a nosotros una dicotomía. Alguno podrá llamarla doble moral. Pero creo que va más allá. No hay tal cosa, esta es nuestra moral: el malo no es el que hace mal sino el que se deja agarrar.

Aunque, en algunos casos, no solo el que se deja agarrar sino el que se deja vencer, porque hay quienes purgan condenas y aún así la gente los aplaude; como Lima Oliva o Portillo. Nuestra moral entonces es la del astuto, la del audaz, la del capo.

Pienso en todo esto, porque hace unos días aprehendieron a un ascensorista del Organismo Judicial acusándolo de haber cometido una serie de asesinatos y varios robos a bancos, y creo que la imagen da para mucho.

Lo primero que me sobrevino al enterarme fue el asombro: ese edificio donde trabajaba es el de los Juzgados, Tribunales y Salas Penales. Sabrán que trabajo en el Ministerio Público, así que básicamente, ese edificio es mi segunda sede laboral. Abordé muchísimas veces el ascensor que manejaba esta persona.

Si algo recuerdo es que es amable y extrovertido. Que le gustaba hacer bromas con los visitantes: la última vez fingía ser un brocha metiéndonos a todos en el ascensor. El tipo cae bien. De hecho, la última vez que subí al elevador que regentaba, platicamos él, un periodista que también iba en el ascensor y yo, sobre los robos a vehículos que están sucediendo en la zona 1. Todos parecíamos consternados. Más de alguno habrá soltado algún adjetivo contra los criminales.

Ahí entonces quiero centrarme: si realmente es culpable de estos crímenes, el ascensorista, que pasaba mirando jueces, defensores y fiscales, ¿qué pensaba de nosotros? Él, que estaba entre los límites de lo salvaje y lo racional.

Leo que la asociación de Jueces y Magistrados se pronunció. Que ellos también pensaban que se veía como una persona buena y correcta. Y quizá una gran parte de su vida sí lo sea, pero que hay otras cosas graves que cometió; y que uno no anula la otro.

El departamento de Recursos Humanos del Organismo Judicial tiene deficiencias en sus procesos de selección de personal.  Eso es evidente.

La enorme responsabilidad del sistema de justicia penal es valorar el todo de la vida de los que cometen delitos. Encontrar un método para que esos errores cometidos, que terminaron haciendo un daño terrible, puedan ser corregidos.

Diez asesinatos son una cosa gravísima, añadamos robo a bancos. Parece como si hubiéramos tenido nuestro muy especial y tropical Walter White.

Por un lado no dejo de tener fascinación por todo lo que ocurría en su mente, encerrado en ese rectángulo de metal, mientras asesinos, violadores, ladrones, estafadores, víctimas, fiscales, defensores y jueces entraban al cuadro y le ordenaban ir de un lugar a otro. Yo, que simpatizo con Heisenberg, me da pasta  para escribir un cuento, novela o miniserie transmitida en Youtube.

El problema es que tengo demasiada imaginación. Haber estado tan cerca de alguien que pudo haber cometido estos delitos, antes de que fuera detenido me sorprende. No de manera en que me entre un miedo terrible y ahora antes de subirme al ascensor le quiera pasar el polígrafo al ascensorista. No, más bien me interesa cómo el mal no termina por consumir a nadie.

Siempre queda algo rescatable. Que haya gente diciendo que el tipo era amable, es de cierta manera esperanzador. No espero que la familia de sus víctimas lo vean así. Es imposible. Pero nosotros, deberíamos saber, que ese blanco y negro en el que creemos vivir es en realidad una mentira. Todo es gris.

El problema grave es que para poder ver ese panorama, el del contexto, el de las luces y sombras, hace falta pensar. Que para pensar hace falta antes estar no solo informado y educado, sino también alimentado adecuadamente. Tres cosas que les hacen falta a la mayoría de mis compatriotas. Aunque a otros, seamos honestos, lo que les hace falta es la disposición intelectual.

Sigo pensando insistentemente en el ascensorista. Quizá sea porque estamos acostumbrados a que los colegas sean corruptos, pero no asesinos. Y quizá sea una imagen que me explica el país: aceptamos la corrupción fácilmente.

Todos tenemos un lado salvaje y otro racional. El problema es decidir cuál va privar sobre el otro al momento de elegir. Si el ascensorista amable o el asesino despiadado. Pongo todas mis fichas en creer que podemos ser mejores, que de hecho lo somos. Que nos hemos provocado daños terribles pero que aún nos queda  algo de humanidad entre el cínico que sale para protegerse de la noticia horrible de un granadazo en el hospital o un adolescente muerto a golpes camino al colegio.

Es una ciudad con los tonos marcados. El asunto va más por relajarse. Ni estamos del lado de la luz ni de la oscuridad sino de ambos. Usualmente prefiero hacer el bien sobre el mal, pero si termino provocando un daño,  debo responder por mis errores; porque esa es la única manera de volver a la luz. Y por insignificante que parezca, eso es lo que sostiene a la vida, que es todo.

 

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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COMENTARIOS

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    Claudia Castro /

    29/08/2015 5:12 PM

    Me preocupa mucho la moral del "astuto"... Hay una serie de sistemas que la sostienen.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    toto /

    25/03/2015 12:11 PM

    Este hecho en particular no me causa ningun asombro y no es cuestion de que fallen los filtros en el departamento de recursos humanos, simplemente no se aplican, conozco dos casos en particular de personas que trabajan hoy en el O.J., una persona jubilada y otra que no tiene necesidad de empleo, los cuales llegaron a los puestos que ocupan por cuello, fueron contratados y ya al dia siguiente a firmar contrato y a ganar un sueldon, sin siqiuera estar aptos para los empleos que les fueron asignados, y esto es un secreto a voces, por eso creo que este sujeto fue contratado de igual forma, pudo ser un recomendado de alguien que ofrece plazas a cambio de una comision y que esta bien conectado con los altos mandos del O.J.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pablo González /

    23/03/2015 10:39 AM

    Me gustó mucho el artículo pero creo que se queda corto en una parte muy importante que es justo lo que, yo creo, nos afecta mucho a las guatemaltecos.

    Creemos que el bueno es el que no hace cosas malas, que como lo mencionás, no es muy posible que digamos. Entendemos la bondad como falta de acción y por eso somos ese pueblo pusilánime y dejado. LA BONDAD ES ACCIÓN y a eso muy pocos se apuntan.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ricardo Clavería /

    21/03/2015 6:17 AM

    Es un artículo atemporal, ya que en tu narración, existe la sensación que este es una muestra del universo que nos rodea ej Guatemala, y este caso en especial, nos deja la lección, que las cosas no son lo que parecen, y la famialiaridad con lo cotidiano, entiéndase lugares, cosas, personas, permite que la objetividad desaparezca siempre, no es como los determinados ya, por ejemplo hablar de un diputado o juez, ya se entiende de corrupción, ya es un silogismo de verdad, en este caso se evidente que el mal anda rampante donde quiera ir, ya que no hay orwden sino anarquía, y en este caso particular, nos llevaba de arriba a bajo... saludos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    José Pablo /

    20/03/2015 4:13 PM

    El dilema, me parece, no depende tanto de "elegir" lo racional sobre lo bestial o la luz sobre la oscuridad. Que se sopese de esta manera pone sobre la mesa un elemento interesante: el guatemalteco se ubica a sí mismo en la posición de elección, como si por un lado no supiera bien qué hacer y por otro, como si necesitara obligarse a sí mismo a no elegir el mal, romper la ley. La figura del Padre, todo aquello que representa la ley, los límites que protegen lo vivo, el orden, etc., es una figura que en Guatemala está partida, es ausente, mínima, perversa, violenta, autoritaria e ignorante. Con una figura interna así, por supuesto que todo el tiempo nos encontramos dudando de nosotros mismos, pasándonos el cemáforo en rojo, tirando una basurita donde no se debe, orinando rico en aquel arbolito. Donde no hay ley interna hay posibilidad de crimen, falta de castigo, zambullirse en el placer y la violencia. Todo eso se puede en Guatemala e incluso todavía ser perversamente simpático.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Prado
    Julio Prado /
    20/03/2015 12:23 PM

    Saludos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio Gámez /

    20/03/2015 10:20 AM

    Cuando leí la noticia me paso exactamente lo mismo, quise entrar en la mente de ese ascensorista e, inevitablemente, me pregunte ¿qué hay de común entre el ascensorista y yo? ¿qué nos diferencia? ¿por qué la bestia salió? Claro, la respuesta más rápida es "yo no he matado ni a un chucho, y por su puesto que nunca podría hacer algo como eso", pero ¿cómo podemos estar tan seguros? La bestia interna esta ahí, en algunos casos más viva que en otros, y esa es la zona desconocida que mencionas, ese gris que queremos ignorar para creer que somos blanco o negro, bueno o malo. Además de lo que ya mencionaste, para reconocer ese contexto, ese gris, hace falta atrevimiento, quitarse el miedo de descubrir a esa bestia. Quien sabe, a lo mejor es un lindo gatito nomás. Un saludo tocayo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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