Y usted, señorita,
¿viaja sola?

El recepcionista del hotel me recomendó desde el primer día solo ir en taxis metropolitanos, blancos con una raya amarilla. La municipalidad de Lima les brinda condiciones favorables para el crédito, ejerce más control sobre su actividad y los convierte en más seguros. Pero yo, ahí, en medio del tráfico, no distingo a ninguno de estas características. Varios taxis (como en Ciudad de Guatemala o Panamá) tocan mil veces la bocina llamándome -son azules, verdes, negros- y yo me niego las mismas veces con la cabeza porque ninguno es blanco con una raya amarilla. Y yo quiero una raya amarilla.

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Esta es una opinión

Foto de un taxi (de confianza) en Guatemala (que no era el de Perú).

Foto: Carlos Sebastián

Camino otro rato, me paro para descansar mi tobillo lastimado, examino lo que me rodea, que no es mucho, y sigo caminando hasta que veo a un taxi blanco que se ha detenido a diez metros de mí. No tiene raya amarilla, no es un taxi metropolitano de Lima pero es blanco. Y me siento al lado del conductor.

-¡Buenos días!

-¡Buenos días, señorita!

-Al centro histórico, ¡por favor! ¿Cuánto me cobra?

-Quince soles (Cuarenta quetzales).

El taxista, de unos 30 años, lleva una chumpa deportiva roja y azul que me recuerda la ropa con que solíamos recoger papas en Estonia en los otoños, un trabajo sucio y fastidioso que se hace con ropa vieja, pero él parece sentirse cómodo así. La radio tiembla a ritmo de rock duro y los rosarios colgando del espejito retrovisor se mecen tranquilos, rozándose, entrelazándose en el vaivén del auto.

«Al centro histórico», repite el taxista y me echa una mirada curiosa. «Tiene que tener mucho cuidado ahí, señorita. Es un lugar peligroso».

«¿Un lugar peligroso?», repito la pregunta con sorpresa fingida. «Yo pensé que era un lugar turístico».

«Sí, sí por eso mismo. Hay mucha estafa».

Seguro que él también me está estafando con esos quince soles.

«Te venden cosas caras», sigue el hombre, «digo, de marcas buenas, y las venden por precios bajos, las pagas y te ofrecen envolverlo en un papel bonito pero cuando llegas a casa… ¡sorpresa! En vez de un teléfono móvil te has comprado una barra de jabón. ¡Sí! Ha pasado miles de veces. O te piden la hora y el otro te roba la cartera. Cosas así. Y la policía… Yo no sé qué hace la policía, nunca he entendido para qué sirve pero creo que está confabulada con los malnacidos. Mejor, señorita, no compre nada, no mire nada y ni siquiera hable con nadie. No quiero asustarle pero creo que los ciudadanos de bien debemos cuidar a los visitantes para que no se lleven una imagen equivocada de nuestro país.»

¿No quería asustarme? Menos mal. Si hubiera querido no sé cómo acaba esta conversación.

«Vaya panorama me acaba de describir, señor», bromeo para aparentar despreocupación pero noto como mi cuerpo, que vive las palabras escuchadas, las imágenes recibidas como una amenaza real, se estresa poco a poco. Se pone rígido, en alerta, contrae los músculos, acelera el pulso, empieza a sudar y yo ya no estoy tranquila.

Hemos llegado a la enorme avenida de Felipe Salaverry de seis carriles y que a la altura del puente está estancada. Se oyen bocinas de carros, pitos y griterío de vendedores ambulantes que pasean entre los vehículos parados tratando de vender camisetas, banderas y gorras de la selección nacional de fútbol a los conductores impacientes y hartos que les espantan con gestos desanimados.

«Hoy juega Perú contra Venezuela,» explica el taxista siguiendo la dirección de mis ojos. Como jugaron Guatemala y Honduras o Panamá y Costa Rica. «Juegan aquí mismo, en este estadio enorme que queda a la izquierda. Sí, por eso hay tantos atascos y más que va a haber según avance la tarde. Usted tendrá muchas dificultades para encontrar taxi luego y si ahora estamos parados en esta dirección, cuando vuelva usted será justo la otra y será un caos. ¡Sí, va a ser terrible!»

«No será para tanto, señor. Pero dejémoslo y vamos a lo que de verdad importa: ¿van a ganar?,» pregunto sonriendo, con un poco de sarcasmo, es verdad, pero debo encontrar la manera de aligerar la conversación ya que el aire empieza a pesar demasiado en este taxi de pensamientos espeluznantes.

«Sí, Perú debería ganar a Venezuela, son malísimos», suelta una risita el taxista revelando la fila de dientes pequeños, amarillentos y descolocados. Hace una breve pausa, acaso dos minutos de silencio, y cuando la radio canta la hora con una voz de mujer, él sigue: «Lo que le iba diciendo sobre taxis. Mire, señorita, no es que quiera dejar mal a mi país ni nada sino ayudarle, ¿me comprende? Por eso le digo que cuidado también con los taxis porque, ¡ojo!, no solo estafan con las tarifas sino también roban y hacen de todo. Hacen cosas horribles.»

Lo miro alterada. ¿Otra vez empezamos?

«Sí, desafortunadamente es así», sigue al ver mi expresión de espanto. «Hay taxistas que roban y violan a las mujeres y luego, que no quiero asustarle pero supongo que lo quiere saber, las matan. ¡Es terrible! Ha habido varios casos en las últimas semanas, y en especial con mujeres extranjeras. ¡Sí, como usted misma! Y pasa cuando menos lo esperas. Le recogen en la acera y entonces llaman a alguien y dicen, por ejemplo, sí, cariño, ya he hecho la compra o algo parecido. En todo caso, si escucha la palabra cariño o mi amor en una llamada de un taxista, entonces seguro que no está hablando con su esposa o amada sino con su compinche. Sí, y ya se sabe que pronto el taxi se girará a una calle poco concurrida, le robarán, le violarán, hasta le pueden matar y le dejarán allí en la calle como si fuera una bolsa de basura».

¿En serio estoy metida en esta conversación?

Decido tomar la iniciativa, mezclar aguas, borrar huellas, intercambiar destinos y le pregunto si él nota la prosperidad de Perú (como Guatemala o Panamá) desde su posición privilegiada de taxista, y digo privilegiada por la posibilidad de conversar con tanta gente distinta mientras pasa por los rincones más prósperos y más míseros de esta ciudad en construcción. Me mira confuso. No, no lo había visto así, dice, no a su profesión, que fuera privilegiada, aunque sí, ahora que lo piensa, ha advertido que hay mucha más plata en las calles, en las carteras y en los cuerpos de la gente a pesar de que aún persista el oscuro y vasto lado de Lima donde el sol de la riqueza no brilla ni tiene intención de hacerlo. Lo mismo que pasa en otros países latinoamericanos.

Y me cuenta su único viaje a Argentina. Fue en avión, dice, en un vuelo directo que duró diez horas. No pueden ser diez, pues tardan cuatro horas. ¿Está seguro que fue en avión? Pero él insiste que sí, que fueron diez horas largas, llenas de cansancio e ilusión porque llevaba quince años sin ver a su mamá que trabaja de cajera en un supermercado y un instante más tarde ya estamos hablando de centros comerciales en general. Él está orgulloso por tener varios gigantes en la ciudad de Lima y los alaba, los admira, los resalta como si fueran árboles milenarios mientras yo estiro del hilo de la conversación, lo tenso hasta el límite para que el tiempo se diese prisa, para que el destino llegue antes y sin embargo, cuando la conversación se muere lentamente y miro a mi alrededor me doy cuenta de que hemos avanzado apenas cien metros.

Es exasperante.

-Y, usted, señorita, ¿viaja sola?, pregunta el taxista echándome una mirada breve. Pero no sonríe, ya no sonríe y esto ha dejado de parecer una charla amistosa, una conversación amena de encuentros casuales.

-Sí, viajo sola pero tengo muchos pero muchísimos amigos en Lima.

-¿Está casada?

Mi incomodidad se eleva hasta niveles insoportables. Hago un esfuerzo tremendo para bloquear el miedo que golpea fuerte a las puertas de mi mente, trato de calmarlo a pesar del pequeño e incesante temblor en la nuca que insinúa casi a susurros que el cuerpo tiene razón, la tenía desde el principio, que el taxista puede estar planeando algo.

«Sí, estoy casada y tengo tres hijos. Dos niñas y un niño. También tengo un perro y un loro», improviso rápido esbozando una sonrisa y mirándole directamente en los ojos, desafiante. De repente tengo la certidumbre que es la única vía por la que puedo salvarme, por la que puedo serenar la bestia y sin darle tiempo para pensar le pregunto por su estado civil, por su familia. Una esposa y dos hijos, responde y un ligero brillo se enciende en sus ojos cuando añade que uno tiene apenas tres meses. Es un pequeño destello de amor que no se me pasa desapercibido. Y le felicito exaltando la importancia de la familia, de ser buena persona, trabajar y ganar su pan de cada día de manera honesta, con el sudor de su frente de color tostado, nacido en un barrio desfavorecido de un país en vías de desarrollo, como dirían los informes de la cooperación internacional sin ninguna poesía. Porque al final del día lo único que nos hace feliz es nuestra paz interior, inalcanzable para los desalmados, los que derraman sangre, los que beben del sufrimiento de las otras personas.

Las palabras que vienen de no sé dónde salen de mi boca como lluvia torrencial, sin cesar, furiosas, con la intención de derrumbar todo lo que queda en su camino y yo solo sé que tengo que seguir hablando, tengo que llenar este espacio entre nosotros con imágenes que puedan poseer algún valor para él.

Me sudan las manos.

Me sudan las manos pero no importa. Las mujeres aprendemos desde pequeñas a tratar a los hombres, en la casa y en la calle, andar de puntillas procurando no despertar su ira, no molestarles, cedemos, aceptamos y vivimos alertas, siempre alertas para captar algún cambio a peor en ellos y modificar según lo percibido nuestra actitud, aspecto o hasta forma de ser si es necesario porque si no adormecemos la bestia, puede lastimarnos. Mientras los hombres suelen temer ser ridiculizados, cuestionados en su poder, en su honor viril, las mujeres directamente tememos ser violadas y asesinadas y así vivir atemorizadas, vivir condicionadas se vuelve natural para nosotras. Pero no lo es.

Y por todo ello, por miedos personales, colectivos, de género muy reales, solo espero que no haya exagerado demasiado en mi papel de madre de familia pero puedo haberlo hecho porque yo no tengo ni idea cómo son las madres de familia, si ellas dispararían palabras con esa intensidad, con ese fervor hacia extraños taxistas, ni siquiera sé si utilizarían las mismas palabras, no lo sé, pero confío porque toda mi estrategia se basa en poco más que una cuestión de fe. Esperar que lo dicho surta el mismo efecto en el taxista que sus palabras en mí.

Por fin las filas de autos comienzan a acelerar su movimiento, fluir hacia direcciones diversas, desperdigarse por la ciudad y lo vivo como una liberación. En un instante hay más aire, más espacio, más esperanza en el mundo. Atravesamos una rotonda donde la policía gesticula con los brazos en alto, llegamos a otra avenida casi desierta y nos adentramos al centro histórico por una calle estrecha unidireccional con una muchedumbre ocupando las aceras y los autos, como no, otra vez atascados.

-Esto ya es el casco antiguo, ¿verdad?, pregunto ilusionada.

-Sí, en unos doscientos metros está la Plaza Mayor y a la izquierda…

-Ah, perfecto, le interrumpo con un gesto de la mano. Me bajo ya aquí, así caminaré y veo más cosas. Aquí están los quince soles.

«Pero, señorita ¡espere un segundo! Luego usted no va a poder encontrar un taxi, ¿no me estaba escuchando? ¿No se acuerda lo que le dije sobre los taxis? ¡Son peligrosos! Pero usted me conoce ya y me puede alquilar para estas dos, tres horas que pase aquí, yo le espero y luego le llevo de vuelta. Es mucho más seguro», anuncia con los ojos bañados en angustia porque se le ha acabado el tiempo y yo ya he abierto la puerta del taxi y salgo rápido, tan rápido como me permite mi cojera mientras murmuro que no se preocupe por mí y le agradezco por el viaje sin saber muy bien por qué, pero lo hago en un acto reflejo antes de cerrar esa puerta para siempre, cerrarlo con un golpe fuerte.

Y solo entonces, ya en la acera, quieta en medio del río humano, suelto un suspiro prolongado de alivio y vuelvo a respirar. Respiro despacio, respiro profundo. Y lo repito varias veces con un auténtico gozo como si no hubiera podido respirar en siglos.

Anna Maria Penu
/

Escritora, politóloga, feminista europea en cuya piel América Central está empezando dejar sus huellas. Se nota en mi mirada, en mi manera de estar en el mundo. Aquí escribo con humor, con dolor y ternura. Escribo para seguir caminando.


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COMENTARIOS

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    Javier /

    16/09/2014 8:18 AM

    Genial este artículo, !gracias por estas palabras sobre Lima¡ Sobre esa ciudad donde hoy su alcaldesa, Susana Villarán, está llevando a cabo una reforma del transporte como nunca se ha hecho antes, y tan polémica a pesar de su necesidad. Tu artículo da mucha luz sobre esos lugares que ahora tendrán a los llamados "corredores azules", intentando poner orden en los trancones (atascos) inmensos de avenidas como la Arequipa. Hace unos meses vivía allí y he vuelto por unos momentos a los trayectos en taxi, a las conversaciones con los taxistas, a los temores en esos destartalados carros a menudo con tendencias suicidas (o asesinas), que tantas veces me llevaron de un sitio a otro. Gracias por este texto que se me hizo tan familiar, tan lleno de recuerdos. Volví a viajar solo yo también camino a aquella Plaza de Armas, recorriendo los colores de una ciudad siempre gris, siempre insegura, donde sin embargo me sentí de todos los colores y seguro de mi mismo como pocas veces.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Eva /

    16/09/2014 7:51 AM

    Qué valor tienes. Admiro tu lucha. El hecho de viajar sola ya de por si es una lucha. Cantidad de mujeres no lo hacen por miedo,perdiendo así su libertad. Una lucha constante es la que debemos asumir todas y todos para conseguir el respeto que todo ser humano se merece. Por mucho que se quiera vender, no existe la igualdad.

    Me indigno, Anna!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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