Yo no me rindo (pese a este binomio)

En los últimos días he comentado con gente sobre la situación del país. Decir que este ha sido el peor gobierno resulta temerario, no porque no sea verdad sino porque en la competencia, quien más quien menos, todos tienen sus joyas de desgobierno. Sin embargo, quizás el de Otto Pérez Molina ha sido el más decepcionante.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

La fotografía fue tomada el 6 de noviembre de 2011, cuando Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti celebraban el triunfo.

foto: Carlos Sebastián

Al principio de su mandato, Otto Pérez Molina llegó a alcanzar el 69 por ciento de la aprobación nacional, era uno de los presidentes más aceptados de toda Latino América, según la firma mexicana Consultas Mitofsky. Esta aprobación, aunque a la baja según la encuesta de la empresa Prodatos, se mantuvo por encima de los tres anteriores jefes de Estado que presidieron el gobierno de Guatemala.

El descenso de su popularidad en los últimos meses es acelerado y ya se encuentra en la séptima posición de sus homólogos hispanos cuando llegó a ser el tercer gobernante mejor valorado de todo el continente, siempre de acuerdo a Consultas Mitofsky. Y fue el primero en conseguir más de 2.3 millones de votos en la época democrática. Álvaro Arzú obtuvo 671,354 en 1995, Alfonso Portillo 1.1 millones en 1999 y Álvaro Colom, 1.4 millones en 2007. Es verdad, que la densidad demográfica y la participación variaron puntualmente en todos los casos pero, aun así, la diferencia por casi un millón de votos con todos sus antecesores, lo hace abrumador.

La decepción pasó a resignación. La mayoría de las personas con las que hablo han perdido toda la confianza en la política y, por ende, en el sistema. Aceptan los índices de inseguridad y la corrupción como algo patológico, ante lo cual la única salida es la protección propia. Quien más, quien menos, en la medida de sus posibilidades, busca conseguir la seguridad, los recursos y la infraestructura que el Estado parece incapaz de suministrarle. Esto convierte a la víctima en victimario.

Si te asaltan, si te extorsionan o te matan, la única culpa es tuya por no haberte protegido mejor, por no pagar tu cuota o por no ser precavido y andar armado. Una paranoia social donde todos somos parte del problema y ninguno de la solución.

Votar empieza a tener tampoco sentido como la democracia en sí, y las salidas a esta guerra no declarada que padecemos, sin oponente aparente, son cada vez menos. ¿Qué se puede hacer?, preguntan sin esperar respuesta. Yo no me rindo.
La única forma que conozco de luchar es no rendirse nunca. Me inspiran nuestros padres y los padres de nuestros padres. Aquellos que mantuvieron su firmeza ante los regímenes militares, las mujeres que siguen en la búsqueda de sus desaparecidos o los emprendedores que salen adelante sin privilegios ni subterfugios. Esos que consiguieron las pocas cosas que aún nos quedan por defender pero que debemos apreciar. El derecho de todos los ciudadanos a participar de la vida política; la igualdad ante la ley sin distinción de género, raza o religión; la libertad de prensa o de manifestación; todas esas garantías que nos parecen gratuitas, pero que se labraron con miles de vidas entregadas a las causas justas.

Yo no me rindo. Debemos seguir luchando. Exigir al gobierno –ciudadanos como nosotros que representan nuestros intereses comunes–, que administren esos pocos recursos con honestidad. Es fundamental eliminar la corrupción de nuestro sistema de convivencia.

Votemos, con escepticismo si se quiere, pero votemos. Por aquel que más se acerque a sus convicciones, pero sobre todo por el que se muestre más creíble para combatir la corrupción. Si no es ninguno, vote en blanco; es mejor que votar por el que crea que será el ganador. El voto en blanco resta legitimidad al sistema y obliga a los políticos a reposicionarse frente al electorado, por eso es mucho mejor que no votar.

Después de votar, viene lo más importante. La permanente fiscalización del sistema mediante las redes sociales y nuestro apoyo a las organizaciones cívicas, con la participación en agrupaciones de vecinos o en comunidades religiosas. A través de ellas, realizar una labor permanente de vigilancia y de protesta. Organizarse no para criticar, sino para gobernar con los alcaldes, los jueces, los gobernadores departamentales, los diputados y los servidores públicos.

El mejor modo de controlar nuestros recursos es no perderlos de vista y mantenerlos alerta del mayor delincuente que hay entre nosotros, el servidor público corrupto.

Ignacio Laclériga
/

Me llamo Nacho Laclériga y soy chapiñol. Nací en España; llevo más quince años en Guatemala. Soy máster en comunicación estratégica y coach profesional. Junto a un grupo de profesionales, ideamos Gecca, una organización que desarrolla proyectos, gestiona la comunicación y la adaptación a los cambios. www.gecca.com.gt


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COMENTARIOS

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    Herbert Caal /

    06/01/2015 1:25 PM

    No estoy de acuerdo que no se deba criticar, por supuesto que se debemos hacer una crítica constructiva de la mano con la acción, con la corresponsabilidad, pero en un país tan desigual cómo el nuestro ¿cuándo a los de abajo se les dará la razón?.. Saludos y muy buena su participación...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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