Instrucciones en la cama y la sala y la cocina y…

Yo tomo decisiones todo el día. Desde que me despierto y tengo que hacerles desayuno a los niños (diferente del que les hice el día antes, por favor), qué ropa me puedo poner con el clima bipolar de Guatemala, qué ruta tomar que tenga menos tráfico, cuál columna editar y publicar, qué necesidad de cuál hijo voy a cubrir primero… Hasta si en el súper compro una fruta u otra.

Opinión P369
Esta es una opinión

Shibari. Imagen de Wikicommons.

No estoy decidiendo acerca de cosas mundialmente trascendentes, yo sé, pero sí son cosas que afectan directamente mi mundo y eso las hace importantes para mí. Sobre todo en lo que respecta a mis engendros, porque de verdad que no me quiero cagar en sus vidas (aunque sé que seguro lo estoy haciendo en más de algo). Llega el final del día y yo sólo quiero que me digan qué hacer.

Hay una tira de Mafalda en la que ella se acerca con su papá y le dice que ya es “esa hora” en la que la mamá va a preguntarles qué quieren cenar y le van a contestar “lo que querrás”… Terminan el papá, Mafalda y Guille escondidos en las gradas del edificio y la mamá diciendo “¡Cobardes!” frente a una sala vacía. La entiendo perfectamente. ¿Quién de nosotros no ha pasado más tiempo discutiendo a dónde vamos a salir a comer ese día que lo que nos tardamos en llegar? ¿Cuántas veces nos quedamos sin ver nada en Netflix, porque no podemos escoger?

El proceso mental del tomar decisiones es agotador. Y nuestro cerebro no distingue entre decisiones que nos pueden alterar la vida, como qué carrera escoger y decisiones completamente banales, como qué blusa ponerme hoy.

Es fantástico tener tanto control sobre nuestras vidas, por supuesto. Y, si uno es mujer que comienza a disfrutar de la independencia que poco a poco estamos ganando, aún mejor. Hasta que ya no lo es.

Platicando con amigas, mujeres independientes, fuertes, capaces, inteligentes, todas esas cualidades que definen a las mujeres de las cuales me rodeo, porque quiero ser así, resulta que todas estamos igual. Llega un momento en el que ya no queremos tener el control.

Y ese momento es en la cama.

Claro que las relaciones sexuales son un juego de estira y encoge, en el que ambos dan y se dan. Los actos son consensuados. Las fantasías acordadas en conjunto. Una de mujer puede ser la que dicte el escenario y tenga en sus manos el guión.

Pero hay una fantasía muy específica de entrega que pareciera compartimos muchas mujeres que, en nuestra vida cotidiana, somos dueñas de nuestra propia existencia. Poder darle a alguien a quien uno tiene confianza las riendas de nuestro placer, sabiendo que sólo nos tenemos que dejar llevar. Pensar en no tener uso de nuestras manos, no poder ver qué sucede a nuestro alrededor, quedar a la expectativa de la acción del otro. No se trata de un acto violento, sino del ejercicio extremo de control: el de dárselo a otro.

Sólo podemos ofrecer lo que tenemos. Una persona que no se siente dueña de su existencia, de su sexualidad, poco podrá dársela sanamente a alguien más. Es como estar feliz con el propio cuerpo. Así es muy fácil desnudarse con la luz encendida.

El juego del placer tiene muchas variaciones. No quiere decir que tengamos que probar todas, pero sí que podemos explorar las que nos llaman la atención. El chiste de encontrar una pareja con la cual compaginamos es que los límites se van ensanchando en conjunto y ninguno de los dos se escandaliza por lo que el otro quiere, mientras no haya presión por hacer algo que no se quiere.

Yo sí sueño con cuerdas rojas sobre piel blanca, vendas que no dejen entrar la luz, instrucciones dadas en voz grave y seria, roces sin aviso, placer sin control. Porque lo di. Y porque es mío y lo puedo recuperar.

La siguiente vez, me puede tocar a mí dirigir.

Luisa Fernanda Toledo
/

Abogada redimida. Ahora escribe para no pagar terapia.


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    Samuel Gudiel /

    15/07/2017 5:36 AM

    Buen punto...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Usuario /

    14/07/2017 8:13 AM

    ...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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