Árbenz, el más franco de los pro comunistas (1/5)

Durante la mayor parte de su vida, Allen Dulles, director de la CIA de 1952 a 1961, viajaba cuando podía a su casa en la costa norte de Long Island, Estados Unidos. Desde afuera era muy parecida a otras casas cercanas. Por dentro era deslumbrantemente distinta. Textiles guatemaltecos de colores brillantes colgaban de varias paredes. Una alfombra de Guatemala descansaba frente a la chimenea. Delicadas figurillas guatemaltecas decoraban la repisa.

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Allen había visitado Centroamérica durante sus años en Sullivan & Cromwell, el legendario bufete de abogados y asesores políticos donde los hermanos Dulles trabajaron por décadas. En esas visitas, Allen se dedicó sobre todo a llevar a cabo negocios de índole legal para la United Fruit Company (UFCO). Se llevó a su esposa, Clover, y ella quedó encantada con la rica cultura de Guatemala. Los suvenires que trajeron de vuelta a Long Island hicieron que la presencia física de Guatemala en la vida de Allen fuera más vívida que la de cualquier otro país extranjero.

(2/5) Cómo EE.UU. convirtió al comunismo en un demonio
(3/5) El complot de EE.UU. contra la reforma agraria de Árbenz (pero no contra otras)
(4/5) Los chicos malos de la élite, el equipo de la CIA

A principios de los 1950s, Allen y su hermano John Foster Dulles —el Secretario de Estado— empezaron a pensar en Guatemala como algo más que una tierra bananera y productora de artesanías de colores brillantes. En su cosmología de la guerra fría, se convirtió en el lugar donde la conspiración global de Moscú más se acercaba a las costas estadounidenses, lideradas por un títere del Kremlin disfrazado de nacionalista. Atraídos a Guatemala por su trabajo en la United Fruit Company, se convirtieron en árbitros de su destino.

“Alguna paradoja de nuestra naturaleza”, ha observado el ensayista Lionel Trilling, “nos lleva, una vez hemos hecho de nuestro semejante el objeto de nuestro interés iluminado, a convertirlo en el objeto de nuestra lástima, luego de nuestra sabiduría, y finalmente de nuestra coerción”.

El concepto “Guatemala” fue una invención de conquistadores españoles, un concepto difuso y anhelante. Bastante diferente era el concepto “United Fruit”. Esta empresa era todo lo que Guatemala deseaba ser: poderosa, independiente, diestra en el manejo de recursos, conocedora de las maneras en que se manejaba el mundo, y suficientemente rica como para proveer de un ingreso estable a toda su población. En algunos países, los gobiernos controlan y regulan a las corporaciones. En Guatemala ocurría todo lo contrario. La United Fruit era el verdadero poder; Guatemala, una subsidiaria.

“Si el ministro de Finanzas sobrepasaba el límite de su cuenta o el arzobispo quería a seis monjas transportadas desde Alemania”, reportó Fortune, “si la esposa del presidente quería que le extirparan cálculos, o a la esposa del ministro le gustaba el apio fresco de Nueva Orleans, o el presidente quería que tres vacas de pura raza fueran apareadas por un toro de pura raza; si alguien quiere casi lo que sea, entonces el “tramitador” de la United Fruit es quien puede lograrlo rápidamente”.

El uso esporádico de la violencia, a veces respaldado por la amenaza de una intervención armada estadounidense, había mantenido a esta empresa, con sede en Boston, lucrativa por casi medio siglo. Durante la mayor parte de su existencia, fue un cliente valorado del bufete Sullivan & Cromwell. Tanto Foster como Allen realizaron asesorías jurídicas para la United Fruit y, según consta, ambos poseyeron bloques sustanciales de acciones de la compañía. Sullivan & Cromwell también representó a las dos empresas afiliadas a través de las cuales la United Fruit Company cimentó su poder en Guatemala: la American and Foreign Power Company, que era dueña de la Empresa Eléctrica de Guatemala, la mayor productora de la electricidad guatemalteca, y la International Railways of Central America, dueña de la red de ferrocarril del país. La J. Henry Schroder Banking Corporation, otro cliente antiguo de Sullivan & Cromwell, fungió como agente financiero de las tres empresas.

Los acuerdos unilaterales que Sullivan & Cromwell concibió para promover los intereses de la United Fruit en América Latina se volvieron legendarios. Uno de ellos, firmado en 1936 por el General Jorge Ubico, el dictador de Guatemala entre 1930 y 1943, concedió a la empresa el control, durante noventa y nueve años, de terrenos que comprendían un séptimo del total de tierra arable en el país, así como el control de su único puerto. Estos contratos fueron elaborados por el abogado estadounidense de mayor experiencia en el exquisito arte de exprimirle concesiones a países débiles.

“(El más tarde Secretario de Estado) John Foster Dulles, en los días en que Sullivan & Cromwell, su bufete de abogados, representaba a la United Fruit, tenía fama de ser el autor de las concesiones que el bufete negoció a petición nuestra,” escribió en su historia de la United Fruit Thomas McCann, un ex-vicepresidente de la empresa. “Esto me lo contó Sam G. Baggett, el consejero general durante mucho tiempo de la United Fruit, y también la persona que hubiera estado al tanto de esta información”.

El largo reinado de United Fruit en Guatemala empezó a desmoronarse en 1944, cuando oficiales reformistas derrocaron al General Ubico. En las consiguientes elecciones, un régimen democrático llegó al poder. El nuevo gobierno adoptó un código laboral que establecía el salario mínimo y limitó la semana laboral a cuarenta y ocho horas.

Durante décadas, la United Fruit había manejado sus plantaciones como feudos privados. Ahora un gobierno reivindicaba su derecho a penetrar ese dominio. Un ejecutivo de la United Fruit le dijo al New York Times que si toleraban este cambio, sin duda llevaría a “asaltos legales y pseudo-legales a empresas extranjeras en muchos lugares”.

El Presidente Truman dio cabida a las preocupaciones de la United Fruit y autorizó la planificación inicial de un golpe de estado orquestado por la CIA. Pero el Secretario de Estado Nombre Acherson se opuso enfáticamente —de acuerdo con una versión, creía que “ningún desarrollo en América Latina merece arriesgar la reputación internacional de los Estados Unidos”— y logró ponerle fin a la operación. La empresa bananera solo podía aguardar hasta que los eventos se ajustaran a sus intereses. En última instancia lo hicieron, como recuerda Thomas McCann.

“El gobierno guatemalteco era el más débil, corrupto, y maleable de la región”, escribió el historiador de la UFCO. “Luego algo salió mal: un hombre llamado Jacobo Árbenz se convirtió en Presidente.”

Árbenz era el hijo de un inmigrante suizo cuyo suicidio lo dejó sin dinero para pagar la universidad. Ingresó a la academia militar, se convirtió en un cadete y oficial brillante, y en 1944 ayudó a organizar la revolución que trajo la democracia a Guatemala. Fungió durante seis años como ministro de Defensa, y luego ganó las segundas elecciones libres en la historia de Guatemala.

El 15 de marzo de 1951, lleno de fervor patriótico y con solo 37 años de edad, Árbenz se paró frente a una muchedumbre que lo aclamaba mientras la faja presidencial era puesta sobre su pecho. En su discurso inaugural se comprometió a llevar a cabo “tres objetivos fundamentales: convertir a nuestro país, de una nación dependiente y de economía semicolonial en un país económicamente independiente; a convertir a Guatemala, de un país atrasado y de economía predominantemente feudal en un país moderno y capitalista, y a hacer porqueesta transformación se lleve a cabo en forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo… El capital extranjero será bienvenido siempre que se ajuste a las distintas condiciones que se vayan creando en la medida que nos desarrollamos, que se subordine siempre a las leyes guatemaltecas, coopere al desenvolvimiento económico del país y se abstenga estrictamente de intervenir en la vida política y social de la Nación”.

Árbenz solo podría haber logrado provocar la ira de los estadounidenses comprometidos con defender al capital transnacional de manera más efectiva si se hubiera proclamado un bolchevique.

Poco después de un año en la presidencia, en 1952, Árbenz hizo algo que confirmó los peores temores de Washington: logró la aprobación de la primera reforma agraria seria en la historia de Centroamérica. Demandó que grandes terratenientes vendieran la parte sin cultivar de sus tierras al gobierno, para distribuirla entre familias campesinas. La United Fruit, que era dueña de más de medio millón de hectáreas de las tierras más ricas del país y dejaba el 85% sin cultivar, se tomó esta ley como una declaración de guerra. También lo hicieron los hermanos Dulles, que disfrutaban de un salario constante gracias a los honorarios legales y dividendos de acciones de United Fruit. No podían contraatacar a Árbenz, pero esperaban con ansias el momento de poder hacerlo.

La reforma agraria no tendría que haber sellado el destino de Árbenz. Ni siquiera se selló cuando, cinco meses después de adoptarla, los votantes estadounidenses eligieron a Dwight Eisenhower para la presidencia. Pero una vez que Eisenhower eligió a Foster, como Secretario de Estado, y Allan Dulles, como jefe de la CIA, para diseñar y llevar a cabo su política exterior, las cartas estaban echadas. Árbenz se convirtió en el segundo monstruo que destruyeron en el extranjero.

Durante sus primeros seis meses en el gobierno, los hermanos Dulles se enfocaron en el derrocamiento del líder iraní Mossadegh, democráticamente electo. Una vez logrado este objetivo, y casi sin pausa, se lanzaron contra el otro líder mundial que había asestado golpes fuertes a clientes de Sullivan & Cromwell: Árbenz. Estos eran los dos jefes de estado que los hermanos estaban decididos a derrocar cuando llegaron al gobierno de Eisenhower. No hay prueba de que hayan respondido a la noticia del derrocamiento de Mossadegh con la expresión de “Uno habido, otro por haber”, pero esa fue la esencia de su reacción.

“El viernes 4 de septiembre, 1953, me reporté a la Casa Blanca”, escribió Kermit Roosevelt al final de su recuento de la Operación Ajax (en Irán). “[Mi reporte] fue, creo, muy bien recibido. Uno de las personas que me escuchaban pareció casi alarmantemente entusiasta. John Foster Dulles se estaba reclinando hacia atrás en su silla. A pesar de su postura, no estaba adormilado. Sus ojos brillaban; parecía estar ronroneando como un gato gigante. Claramente, no solo estaba disfrutando de lo que escuchaba, sino que mi instinto me decía que también estaba planificando… A las pocas semanas me ofrecieron comandar una operación en Guatemala que ya se encontraba en plena gestación.”

Roosevelt declinó la oferta. Su decisión no atrasó en nada el complot en Guatemala, pero algo más sucedió alrededor de esos días que pudo haberlo hecho. El presidente de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, Fred M. Vinson, murió de un ataque al corazón, y Eisenhower le ofreció el trabajo a Foster “por mi creencia de que es uno de los pocos hombres que podría ocupar el puesto con distinción”. Pocas veces se le ha dado a un estadounidense una elección tan extraordinaria: continuar como Secretario de Estado o convertirse en presidente de la corte suprema de justicia.

“Se eliminó a sí mismo de inmediato y sin equívocos”, escribió Eisenhower en sus memorias. “Dijo, en efecto, ‘He estado interesado en los asuntos diplomáticos y extranjeros de nuestra nación desde mi niñez. Me siento muy halagado por la sugerencia de que yo podría estar capacitado para ser presidente del tribunal, pero le aseguro que mis intereses yacen con las responsabilidades de mi puesto actual. Siempre y cuando esté contento con mi rendimiento aquí, no tengo interés en ningún otro”.

La decisión de Foster de permanecer como Secretario de Estado abrió las puertas para que Earl Warren fuera designado presidente del tribunal. Indudablemente, incluso de haber decidido lo contrario y dejado el Departamento de Estado, Allen hubiera continuado empujando el proyecto anti-Árbenz. Pero que otro Secretario de Estado hubiera compartido la misma pasión por tal proyecto es una pregunta intrigante para la cual no puede haber respuesta.

** El más franco de los pro-comunistas es el capítulo sobre Guatemala del nuevo libro The Brothers: John Foster Dulles, Allen Dulles y su secreta guerra mundial, del periodista Stephen Kinzer. La editorial Times Books autorizó la traducción y publicación de este capítulo en Nómada.

*** Nómada publicará el capítulo en cinco entregas que se publicarán cada viernes durante las próximas cinco semanas.

Stephen Kinzer
/

Stephen Kinzer es un periodista estadounidense que fue corresponsal en Centroamérica entre 1974 y 1989. Es co-autor del libro Fruta Amarga. Es catedrático en Brown University y escribe comentarios para el Boston Globe. Tiene una foto de Árbenz en su despacho.


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    Rudy /

    08/11/2017 12:31 PM

    donde consigo el (5/5)??? para que me lo socializen Gracias!!!

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    ¡Nítido!

    Sergio Agnes /

    21/10/2017 3:36 PM

    Y pensar que el mayor error de la revolución fue dejar que las estructuras oligargicas siguieran vivas y colianado, me refiero al empresariado oligarca, al ejercito servilista y a la iglesia. Si algo nos debe dejar de experiencia la revolución de 1944 es que si en realidad queremos cambiar el país y terminar con esa oligarquía altamente corrupta, hay desmantelar todas sus estructuras que le dan el poder. Es un reto que lamentablemente las nuevas técnicas de dominación de masas la tienen bien controlada, como la idea que nos han introducido médiaticamente en el común de los mortales de que un cambio de nuestra institucionalidad corrupta traería males mayores, que bien, como que esa institucionalidad corruptas nos haya traído algo bueno, o nos haya convertido en la Suiza o la Filandia de América.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marco /

    24/04/2017 12:32 AM

    Ni Arbenz ni la Reforma Agraria eran comunistas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Celso Hernández /

    23/04/2017 4:59 PM

    Estaba leyendo un artículo esta semana en donde hacen mención a uno de los hermanos Dulles. No recuerdo cuál de los dos, pero escandalosa la cuestión. Este fue ni más ni menos que el abogado representante de los intereses del III Reich... Vaya criminales los que vinieron a poner el país de cabeza..

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Indira Franco /

      20/10/2017 4:11 PM

      Y siguen a través del Cacif, Fundesa y las transnacionales que están destruyendo y robándose descaradamente nuestros recursos

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

    Otto /

    30/10/2016 9:54 AM

    Una pregunta, ¿publicaron la quinta parte (5/5)? No la encontré en ningún lado y quisiera saber más

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Acelerino Izquierdo /

    21/12/2015 3:11 PM

    El gobierno de Arbenz fue acelerado por los comunistas del PGT que lo integraron:
    atacaron inmediatamente la propiedad privada local y extranjera, sin haber agotado otras opciones sin conflictos:
    Miles de propiedades que estaban en venta voluntaria
    Millones de hectareas ocupadas por bosques y selvas, que de todas maneras fueron dilapidadas.
    La carreta delante del buey ... y no han comprendido ... Quieren repetir el mismo fracaso ...

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

      Indira Franco /

      20/10/2017 4:04 PM

      Parece que no comprendió el texto. O usted realmente es antiderechos para todos y todas y a todo lo vincula con comunismo.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      Celso Hernández /

      23/04/2017 5:05 PM

      Pienso que la cosa no es tan simple como parece. Hace falta mucho por poner en su lugar en Guatemala. En la época éramos apenas 3 millones de habitantes. La mayoría en la miseria. En realidad una minoría de familias necesitaban tanta tierra. O un código de trabajo que imagino que para Ud., Acelerino, es símbolo de comunismo. O no ha comprendido que es una minoría la que se apropió del país desde un y que la UFCO no tenía nada que hacer en Guatemala si no respetaba sus leyes y sus obligaciones. Eso del comunismo es pura imaginación. El nacionalismo lo ven como comunismo, lo continúan viendo como el diablo.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

        Indira Franco /

        20/10/2017 4:09 PM

        De acuerdo con usted dio Celso. Pero el nacionalismo también lo usa Jimmy Morales para identificarse...jajaja.

        ¡Ay no!

        ¡Nítido!

    ANONIMO /

    19/12/2014 10:01 AM

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    12/12/2014 8:05 AM

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    ANONIMO /

    05/12/2014 4:35 PM

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    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    05/12/2014 4:33 PM

    […] (1/5) Árbenz, el más franco de los pro comunistas […]

    ¡Ay no!

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