Cómo nos armamos un quilombo

De acuerdo al escritor uruguayo Eduardo Galeano, la palabra africana quilombo, en su origen, significaba comunidad. “Sin embargo fue interpretada por el racismo como relajo, gresca o casa de putas”. 

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Esta es una opinión

Tenemos miedo y nos atemorizan.

Imagen: Flckr

Hace un momento S. responde a una pregunta que lleva varios días revoloteando en mi cabeza, y me dice “las dos identidades más fuertes del guatemalteco son: la desconfianza y el miedo”. Luego se corrige señalando que más bien son las dos no identidades que nos marcan, que nos delimitan. Claro que lo parafraseo, no me apetece aprenderme sus palabras, me quedo con la idea, la mascullo. Me dice que por haber crecido fuera, ellos –supongo que se refiere a su familia- invitan mucho a su casa, aun así él no conoce más que algunas de las casas de sus múltiples amigos guatemaltecos, son los extranjeros los que suelen abrir sus puertas, señala. Me hace pensar en mí, en los últimos meses, en los pasados años. En la forma en la que he ido paulatinamente cerrando la puerta de mi casa, de mis palabras, de mi corazón. Las horas de café han trasmutado a un perenne goteo en redes sociales, quizás alguna salidilla o un desparpajo en el que abro a la comuna mi vida para inmediatamente después subir corriendo las escaleras a esconderme en mi madriguera favorita. Me hace pensar en el miedo como conductor y en la falta de confianza como su vehículo para acorazarme.

Por más que intento acusar a los últimos sucesos de mi vida como los fundadores del miedo y su abanico de emociones colaterales, conforme voy profundizando, -y ojo que no es gran cosa- me voy percatando de que este estado lleva enquistado en mí muchos años, más de los que quisiera o de los que incluso reconozca. Y no se trata en realidad de un modelo de vida que haya aprendido o reticulado. O quizás sí. Es probable que de forma inconsciente me haya internado en la laberíntica tarea de crear formas caleidoscópicas de desfragmentar relaciones, de la desconfianza y la codependencia y, a partir de estos trozos, construir pequeños frankesteins que satisfacen por un tiempo y luego simplemente no consigo comprender desde el corazón. Y tiene sentido esta falta de entendimiento si tomamos en cuenta que todo fue creado a partir del miedo y por tanto, de la cabeza y sus recovecos.

Como el término quilombo, la condición natural humana se ha ido deformando. El sentido de comunidad ha sido aislado como rata de laboratorio para someterse a nuevas formas, a una estética adecuada, a una idea perfectamente hilada que contribuye a una construcción en la que resulta básica la incomunicación, la enajenación y otra vez el miedo. El trato humano que un día nos salvó e incluso nos puso el calificativo de seres gregarios “por naturaleza” ha sido trastocado arbitrariamente.

Como la película muda estrenada hace escasos 102 añitos The birth of a nation -El nacimiento de una nación-, de David Griffith, o las miles de películas producidas después por la industria cinematográfica, las narraciones respecto a quiénes somos, cómo debemos ser, quiénes y cómo lucen nuestros referentes, nos han sido escarificadas, y ello es solamente la composta abonera para este nuevo modelo de relacionamiento –o no- en el que impera la prosperidad del miedo. Claro que aquí –en Guatemala- tenemos pinturas, poemas, esculturas, doctrinas y leyendas que nos han ido cincelando también, pero que como son “nuestras” casi prefiero no meterme en ese lío sólo para hacer el ejercicio desde lejecitos, sin espantarnos de nosotros y ver a algunos de los masters en acción. Siguiendo con la narrativa norteamericana -que si algo tiene es que nos permea a todos por igual- coronamos con la serie House of Cards en su quinta temporada.  En ella se pueden apreciar con detalle las argucias con las que se va instalando la cultura del terror.

Plano cerrado, fondo difuso, vestido gris. Claire (Robin Gayle Wright), le habla al pueblo a través de la TV y dice: Hace rato que quería hablarles. Es aterrador, ¿no? El presidente y yo queremos pedirles algo sencillo. Dígannos qué ven. Si algo a su alrededor les parece extraño, agarren el teléfono. Ya sea un paquete o una persona que parece fuera de lugar, quisiéramos que nos lo dijeran. Porque estos días hay mucho ruido. Una prensa ruidosa que prefiere vivir en el pasado en lugar del presente. Mi esposo y yo queremos protegerlos. En dos semanas, ustedes irán a votar para decidir en qué clase de país quieren vivir. Es una decisión importante. Pero, gane quien gane las elecciones, tendremos que trabajar juntos, cuidarnos mutuamente, y si, vigilarnos mutuamente, para mantenernos a todos a salvo. Dígannos qué ven…

Curioso resulta que sea tan evidente en la pantalla y tan distante -para algunos- en esto a lo que hemos dado en llamar realidad. Algún parecido con los sucesos del hospital Roosevelt, los atropellados en las ramblas catalanas o en Estados Unidos no son sólo coincidencias. Como el quilombo africano que rememora Galeano, hemos conseguido ser testigos de las vertiginosas formas en las que se desvirtúa el concepto de comunidad con el fin de mantenernos en la zozobra, sometidos y convirtiéndonos en cómplices de la triste desmembración social.

Itziar Sagone
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Mujer, madre, hermana, amiga, compañera. Disfruta la vida trabajando desde el arte, la educación, las comunicaciones y la sanación alternativa en la construcción de un país en el que podamos vernos y reconocernos, en el que avancemos en colectivo hacia formas más humanas de relacionamiento. Ama caminar por el bosque y vibrar con él desde dentro.


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