Cuando se suelta la mordaza

El 20 de septiembre miles de personas -doscientas mil anunciaba la PNC- a nivel nacional, salimos a manifestar nuestro repudio por un sistema roto, corrompido por el deseo de poseer incluso pasando sobre la vida. J.Jacques Rosseau sostenía que, aunque no es la naturaleza del hombre/mujer, sí es su vocación el vivir en sociedad y de esta forma satisfacer sus necesidades de supervivencia.

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Esta es una opinión

Isabel Ruiz. Foto de Eny Roland Hernández.

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Lo que necesariamente nos lleva a intercambiar miradas, pensamientos, objetos, palabras y, por tanto, ejercer nuestra autonomía dentro de un conglomerado y claro, “negociar” con éste. Es decir, ser político.

Si partimos de esta base entonces podemos suponer que escuchar al otro en su justa medida, dar los espacios de expresión que requiere y especialmente respetar sus ideas, es condición sine qua non para la convivencia. Y aquí es donde entramos en conflicto desde que se instalaron sobre nosotros la estela de la guerra fría y sus consecutivas secuelas.

De acuerdo a las historias que cuentan los mayores, en estas calles se podía transitar libremente, había parques y por tanto espacios de convivencia. En ellos mujeres, hombres y niños intercambiaban historias, posturas, lamentos. Además de los parques, parece ser que los debates ideológicos se sucedían con frecuencia. Los artistas formaban parte activa de la sociedad, participaban de la crítica social, coincidían con abogados, arquitectos, empresarios –antes llamados comerciantes- médicos y por supuesto con los estudiantes. Gracias a ello, se gestó una revolución. Diez añitos de los que somos herederos, que nos regalaron los mínimos para hacer vivible este momento del país. Adelantada aparentemente a su época, la Revolución de Octubre sigue situándose en la vanguardia.

Isabel Ruiz, la artista, me decía hace algunos años que su obra era en cierta medida producto de ese movimiento social, y no por haberse ido becada como lo hicieran Don Dago, González Goyri u otros que hoy día resultan referentes fundamentales para la cultura y el arte de este país, y que son además de los pocos regalos que podemos apreciar en la vía “pública”, además claro de decorar las casas más chic de Guatemala. No, a lo que se refería Isabel era a la capacidad de pensar, de abrirse a un mundo con posibilidades, en el que los ciudadanos tenían principios y sus acciones se fundamentaban en sus valores. Una primavera que permitía la exploración y que, desde las escuelas, fomentaba la participación y el cuestionamiento a partir de lo racional.

De esos dorados tiempos queda poco, quizás algunas instituciones, quizás la añoranza y el recuerdo lejano de que, si entonces fue posible, ahora lo es también. Pero también quizás es ella la que nos permite aún, con su vigencia, aclararnos el camino para una construcción colectiva. En la que caminemos todos y desechemos la auto impuesta ley mordaza que está queriendo hacernos creer que estamos polarizados, que no queremos lo mismo, que “no está bien” pensar así.

Sí, sí está bien, está bien pensar como le dé la gana a uno, está bien manifestarse, está MUY bien resguardar los principios éticos que facilitan la vida en sociedad. Está bien también tener la capacidad de dialogar, de discutir abiertamente, de llegar a consensos y de dejar a un lado el deseo de poseer al otro controlando su mente, su boca, su espíritu. Está bien participar del diseño colectivo de país desde donde sea. Está bien reconocer que vivimos en el siglo 21, que este baktun nos permite vivir un nuevo sol, una nueva era. Está bien que hayan distintas formas de religare y que todas convivan. Está bien que las ideologías se nutran, se refresquen y especialmente que se materialicen en acciones concretas en función del conglomerado.

Está bien vivir y sabernos vivos, dueños de nuestros trazos.

Itziar Sagone
/

Mujer, madre, hermana, amiga, compañera. Disfruta la vida trabajando desde el arte, la educación, las comunicaciones y la sanación alternativa en la construcción de un país en el que podamos vernos y reconocernos, en el que avancemos en colectivo hacia formas más humanas de relacionamiento. Ama caminar por el bosque y vibrar con él desde dentro.


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