El arte como intención

¿Cómo te digo que tengo algo que decir?, pregunta el autor antes de empezar una obra. Ven aquí y platiquemos un rato.

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Esta es una opinión

Huyendo de la Crítica, Pere Borrell y del Caso. 1874. Museo del Prado.

Foto: EPA/David González

El arte siempre nos va a plantear interrogantes, muchas veces podremos dar una respuesta clara, por ejemplo:

 

“La Rendición de Breda”, Diego de Velázquez, 1635.

– ¿Qué escena vemos?
– El Sitio de Breda, una escena de la historia de guerra europea de 1625.

Pero otras veces las respuestas pueden ser diversas y la certeza, difusa.

­–¿Por qué pintó Velázquez ese cuadro?
–Probablemente fue un encargo de su patrón, el rey.
–¿Y esas lanzas?
–Pues…

Aquí es donde juega nuestra capacidad subjetiva de analizar al autor y encontrar en esa lectura lo que nos quiso decir, su intención.

La intención es un pilar fundamental del arte, y su crítica, ya que da sentido y respaldo a la obra. Intencionalmente, los artistas plasman emociones, símbolos, posturas y conjuntos de formas para que su pieza sea entendible y criticable. Si reducimos el concepto: la intención es que la obra sea trascendente.

En la intención también se vuelca el corazón del autor. Si comprendemos el arte como un producto sublime del espíritu humano, este emana de la pieza cuando se une la inspiración con el talento y con esa decisión la obra se convierte en discurso.

Como he mencionado en artículos anteriores, una obra puede leerse de múltiples formas, pero debemos considerar ciertas claves para acercarnos más a los mensajes que podemos encontrar. Es aquí donde entra en juego la iconografía, el conjunto de signos y símbolos que representan un concepto.

Muchas veces se habla de iconografía estrictamente en el campo de arte religioso, pero es un principio que está presente en cualquier obra plástica. Elementos tan sencillos como el color, la postura de las figuras o las relaciones entre las formas nos dan datos para interpretar y leer ese discurso despalabrado que puede contener el arte.

Veamos algunos ejemplos:

Aventurándome, creo que las primeras manifestaciones pictóricas de arte humano fueron las impresiones de huellas con tintes rojos en las cuevas prehistóricas. El color nos estimula respuestas fisiológicas primitivas. ¿Qué es lo primero que sentimos al ver el siguiente cuadro?

 

“Junto al Lecho de Muerte”, Edvard Munch, 1896.’

Notemos la paleta de colores: rojo, blanco, gris y negro. En la cama, un cadáver que apenas destaca entre los pliegues blancos de las sábanas que hacen juego con los rostros de varios de sus acompañantes quienes se encuentran unidos por el dolor de la muerte en una masa negra. La claustrofobia del dormitorio se vuelve casi violenta con ese tono rojo ocre. Edvard Munch quería contagiarnos de ese silencio apabullante del duelo y nos coloca en la cabecera de la cama, en el lugar que ocuparía la muerte, nos hace testigos del dolor que nuestra presencia produce.

Ahora veamos una escultura, de la artista francesa Louise Bourgeois.

 

“Mamá”, Louise Bourgeois, 1999.

Esta escultora es famosa por la representación de arañas gigantescas, su obra es impresionante y monumental. Uno de los elementos que más llaman la atención es que sus bichos reciben el nombre de “Mamá”. Las arañas se han relacionado con muchos conceptos, como la brujería, la ponzoña, el ocultismo, pero en la naturaleza tienen otra cualidad: son tejedoras. Ella creció en una familia dedicada a trabajar tapices y menciona que su madre era “capaz de tejer la tela de los afectos y también quedar atrapada en ellos.” Bourgeois incluye huevecillos dentro de la araña que podemos reconocer como el deseo del eterno retorno al vientre materno, la memoria preconsciente del momento en que estábamos protegidos contra todo elemento. La araña es una forma de fortaleza.

Los anteriores ejemplos son sutiles, pero la iconografía es una disciplina antigua y dada su naturaleza contextual, misteriosa. Cualquiera podría pensar que el grabado de Alberto Durero llamado “Melancolía I” y cuyo protagonista es un ángel cabizbajo puede ser muy obvio, sin embargo, el autor enriquece la obra con elementos que llenan todo el espacio y llevan más de 500 años de lectura con múltiples resultados. Veamos.

 

“Melancolia I”, Alberto Durero. 1514.

¿Cuántos objetos podemos nombrar? ¿Cuántos de ellos se relacionan con la geometría? ¿Cuántos con el tiempo? ¿Cuántos con los astros? ¿Cuántos con la construcción?

Autores como Sartre, Rilke y Panofsky han dedicado extensos textos sobre este grabado que no supera los 25 centímetros de alto. Una de las lecturas más aceptadas es que Durero quiso exaltar el carácter melancólico, uno de los cuatro temperamentos humanos de la antigüedad que se asociaba a los tratadistas, matemáticos, arquitectos y astrónomos. Los signos que rodean la figura central (coronada de laureles y con unas llaves en la cintura) corresponden al conocimiento que se puede alcanzar a través de la exhaustiva actividad intelectual, misma que construye ideas y mueve la creatividad.

Tantos elementos con diversos significados pueden cansar nuestra capacidad interpretativa y llevarnos a un viaje filosófico tan rico como frustrante.

Después de lo anterior, creo que es importante recalcar que la mayoría de las veces, la explicación más sencilla es la correcta y está bien encontrar la simplicidad de las cosas y valorarla como tal al lado de ejemplos de complejidad. A veces, lo más sencillo, lo menos pretensioso, lo más simple, es también una expresión icónica del genio.

Con únicamente cuatro líneas, Picasso nos da un claro ejemplo de ello.

 

Sin Título. Pablo Picasso, 1930.

Con corazón, mente, experiencia, contexto y algo de investigación, podremos encontrar más evidencias de lo que nos quiso decir el artista, las lecturas son infinitas como el tiempo. Este método es válido para todas las disciplinas, desde la arquitectura hasta la moda. Contemplar el arte y tratar de interpretarlo es como platicar con un nuevo amigo, el autor.

–Pero, ¿y las lanzas de Velázquez?
*Guiño.*

Juan Pablo Hernández
/

Guatemala. 1986. Arquitecto por profesión, restaurador por vocación e interiorista de tiempo completo. Dicen que soy sensible como defecto.


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