El arte ve a la humanidad: el cuerpo es su excusa

El arte encuentra en el cuerpo una excusa para dialogar con el espectador: signos que develan personalidades, historias, emociones, posturas. Un diálogo que cruza de lo físico a lo sublime, con la expresión artística como puente.

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Esta es una opinión

Franz von Stuck. 1892

"Medusa"

Al entrar a un museo o galería de arte, muchas veces hay ojos que nos cautivan, algunos que nos ven con complicidad, otros que nos juzgan, pupilas muy abiertas o somnolientas y pensativas, otras emociones alteradas que tratan de escapar del lienzo, en fin, el catálogo es larguísimo. Hoy veamos más allá que figuras, notemos sus emociones y tratemos de imaginar su personalidad, un ejercicio para comprender la intención del artista y reconocer el carácter que deseaba imprimir en cada obra.

También vamos a hablar de un tema que apenas he tocado en artículos pasados, la representación de la figura humana. El cuerpo como excusa y medio para liberar el valor sublime del arte. Para ello debemos posicionarnos frente a nosotros mismos como humanidad, o sea, frente a nuestros cuerpos desnudos.

Detalle “Caida del Hombre, Pecado Original y Expulsión del Paraiso”. Miguel Ángel Buonarotti. 1512.

Y la mejor forma para ello es ver a Adán y Eva. Volvamos a observar, sin pudor ni vergüenza por favor, los detalles de sus cuerpos y sus posturas. El fragmento retrata en una sola escena el pecado de comer el fruto del árbol del bien y el mal y la expulsión del paraíso, historia que la mayoría de nosotros conocemos. Al lado izquierdo encontramos a nuestros protagonistas sanos, rozagantes, inocentes y todo esto lo sabemos por el color de su piel, la atención al detalle de su musculatura, la postura y la seguridad que imprimen en su pose, en contraposición, a la derecha notamos como el pecado ha impreso su marca en los personajes; la espalda doblada, las miradas hundidas, el cuerpo envejecido y la piel arenosa. Sin palabras somos capaces de leer lo que está sucediendo y de inferir el mensaje teológico que el Papa encargó a Miguel Ángel. Solo esta pieza es un compendio del dibujo anatómico, su intención y uso para transmitir el mensaje, tratemos de evaluar el inmenso valor que representa toda la cubierta de la Capilla Sixtina.

Bien, en la pintura anterior, el cuerpo y su salud era una metáfora para indicar la cercanía a la virtud, algo común en el Renacimiento, pero años después llega Diego Velázquez y hace algo que no habíamos visto antes. Dignificar a la persona a través de retratar su carácter. Contrario al ejemplo anterior, en este caso no veremos un cuerpo desnudo, sin embargo, no es un cuerpo usual. Era común en la corte real española contar con la compañía de “locos y enanos” que eran llamados “hombres de placer” estas personas tenían algunas tareas asignadas, pero su mayor objetivo era despertar la curiosidad y entretener a los visitantes y residentes de Palacio. Velázquez les toma en consideración y los retrata, pero a diferencia de las intenciones del rey, les dota de posturas dignas, acompañados de atributos propios de sus labores. Veamos el siguiente retrato:

“Don Diego de Acedo, el Primo”. Diego Velázquez. 1645.

Se trata de Don Diego de Acedo, quien se encuentra sentado sobre una roca, señal de fortaleza, notamos que hemos interrumpido su lectura de un grueso libro abierto, signo de educación y sabiduría, del cual levanta la mirada para vernos con firmeza a la misma altura de nuestros ojos, el paisaje difuso enmarca sus ropas elegantes y bien cuidadas y notamos que la proporción de su cuerpo encaja perfectamente en el cuadro que fue realizado para él. Más allá de esto, enfoquémonos en su rostro, esos labios apretados y la mirada serena, es la forma en que se retrataba a barones, cortesanos y príncipes.

Cercano a este cuadro, pero en Italia, encontramos otra forma de utilizar el cuerpo como dignificación, en este caso de las mujeres. Veamos a Artemisia Gentileschi.

“Judit y su Doncella”. Artemisia Gentileshi. 1613.

Esta curiosa escena representa a la heroína bíblica Judit junto a su doncella Abra, momentos después de que la primera degollase a Holofernes. Podemos ver la cabeza recién cortada escondida a medias en un canasto, pero lo más importante, vemos a ambas figuras erguidas y conscientes de lo que hicieron, su postura tensa imprime acción al momento, las miradas observan el potencial peligro que las puede perseguir. Veamos las manos de Judith que insta con suavidad a la doncella a partir, pero al mismo tiempo sostienen la espada como una guerrera, sin duda era una representación inusual para el siglo XVII ya que rompía con cánones estereotípicos de lo femenino. La historia ha reivindicado a Gentileschi como una progresista.

Aprendiendo de todos estos principios, ya en el siglo XX surge Lucian Freud como un artista que condensa en su obra la importancia y poder del retrato y las expresiones del cuerpo para increpar al espectador a emociones que muchas veces son incomodas pero que exploran dentro de la psique humana.

“Autorretrato”. Lucian Freud. 1985.

En este autorretrato, el artista se muestra de forma cruda ante el observador, aunque está despojado de cualquier elemento más que la pincelada, podemos percibir la profundidad de la mirada e intuir su carácter reflexivo. No hay adornos, los atributos son sustituidos por pinceladas que reflejan la luz en forma de arrugas naturales en la piel de cualquier persona con el paso del tiempo. Podemos leer el gesto en su rostro como el cansancio que da la experiencia y la seguridad de preguntarnos ¿Qué ves? ¿A quién te recuerdo? ¿Te ves en mí?

Este artículo no es lo suficientemente extenso para cubrir todo el tema del retrato y la figura humana en el arte, si por ahora solo nos hemos quedado con lo terrenal. ¿Qué pasará cuando tratemos de tocar lo divino?

“Extasis de Santa Teresa”. Gian Lorenzo Bernini. 1652.

Hasta la próxima.

Juan Pablo Hernández Paredes
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Guatemala. 1986. Arquitecto por profesión, restaurador por vocación e interiorista de tiempo completo. Dicen que soy sensible como defecto.


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