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El goce, transgresión y resistencia en la obra de Eny Roland y Lilo Euler

Sigmund Freud escribió mucho sobre el juego dialéctico entre lo erótico y el dolor. Y Jacques Lacan, psiquiatra francés que reinterpretó a Freud para traerlo a la contemporaneidad, explicaba que, en el deseo y el amor, siempre habrá mucho de fantasía y de insatisfacción: la imagen de la persona deseada siempre incluirá elementos de fantasía y nunca podrá darnos de una satisfacción total, pues jamás podremos poseer, ni conocer, completamente a la otra persona. Esta inevitable insatisfacción—ese “hoyito” que queda ahí de deseo y añoranza—es, en realidad, una manera que tiene nuestra mente de regular las pulsiones más extremas de erotismo. Demasiado placer equivale a dolor. Y aunque para Freud, no queda claro si el dolor lleva al placer sexual o si es al revés, que el erotismo invita al dolor como una especie de “valor agregado” al placer, al final es irrelevante, pues la cuestión es que estos dos existen en una especie de juego constante.

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Esta es una opinión

San Juan Diego de Eny Roland

Como con todo lo humano, los juegos eróticos trascienden la interacción privada y se expanden hacia el campo de la producción cultural y simbólica, o sea, son sublimados del espacio íntimo al público a través de textos e imágenes que buscan proveer, disimulando su naturaleza sexual, un canal de escape para las tensiones eróticas a personas que, por represiones debido a votos de castidad, inhibiciones o limitantes moralistas, mantenían una vida total o parcialmente casta y asexual. Así, existen cientos de imágenes altamente sexualizadas de santos y santas en “éxtasis” que son claramente orgásmicos.

 

Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni, obra de Gianlorenzo Bernini

A lo que voy: ¿Cómo son estos fenómenos experimentados y reproducidos en la cultura contemporánea latinoamericana? Y, más específicamente, ¿entre los artistas jóvenes? Aquí hablaré de la obra de dos artistas guatemaltecos, Eny Roland Hernández y Lilo Euler Coy quienes, aclaro, para divulgación abierta, son amigos muy querido. Sin embargo, la razón que elegí escribir sobre ellos es el respeto y asombro que su trabajo me inspira (y no porque sean amigos seré menos crítica dónde corresponda serlo).

En la serie Fábrica de Santos de Eny Hernández, este juega con la imaginería religiosa del catolicismo, especialmente la versión medieval y barroca que la España imperial implantó en Latinoamérica. El masoquismo y la erotización del dolor se fija, de manera narcisista, en puntos muy específicos (erógenos) de la figura humana, algo que se ve con frecuencia en la imaginería católica barroca tan favorecida en la cultura guatemalteca—piensen, por ejemplo, en la popularidad de imágenes de San Sebastián contorsionando de dolor un hermoso cuerpo pulido, atravesado su usualmente bien delineado pecho por un manojo de flechas o la daga penetrando un pecho (el corazón) de María.
Acá, que conste, no digo nada nuevo, que ya mucho se ha escrito al respecto por historiadores del arte. Lo traigo a colación para contextualizar la reinterpretación del arte religioso en la obra de Hernández, quien, en sus series de cucuruchos y santos, crea representaciones abiertamente homoeróticas de la imaginería que, en el catolicismo Latinoamericano, se enfoca muchísimo en el martirio físico, las contorsiones de dolor, la sangre y el éxtasis. Noten, por ejemplo, como en nuestras culturas se favorece la escenografía de la pasión y crucifixión, a la más alegre y esperanzadora que es la imaginería de la resurrección preferida en otros países.

 

Imágenes de Eny Roland, serie “Fábrica de Santos”

Las imágenes de Eny erotizan, sí, pero a la vez, por ser tan perfeccionadas, hasta cierto punto “alienan” el concepto de dolor, abstrayéndolo del sudor, quejidos e incluso heridas del sexo en la realidad. Los modelos muestran heridas muy estilizadas en cuerpos perfectos, un rostro bello pero impasible, distraído y remoto. Son un Yo Ideal, o sea, en términos freudianos, una imagen-reflejo total y perfecta, en el cual la persona que lo mira disfruta una experiencia estética sublime y el dolor es reducido a una experiencia estética fría y hierática que contradice sus colores cálidos y voluptuosidad barroca. De hecho, las imágenes, aunque eróticas, son paradójicamente asexuales a pesar de su intención.

Hernández se caracteriza por ser un artista innovador y por crear imágenes insidiosamente transgresivas, que hilando fino juegan con la perfección estética mientras rompen, sutilmente, las opresivas normas heteronormativas. También rehúsa participar del blanqueamiento típico de la imagen comercial (y religiosa) en Guatemala y, al contrario de buscar modelos tipo “nórdico”, los suyos son más bien mestizos como lo delata su piel cobriza. Resalta, en particular, su obra San Juan Diego: un joven mestizo de notable belleza, moreno, nos mira de frente, ofrenda en mano. Pero él es, a la vez, una ofrenda que el artista ofrece al observador. Hernández reta aquí la ideología de la supremacía blanca, como si el joven “Juan Diego”, visionario de Guadalupe, nos desafía a negar su hermosura.

¿Qué mueve a Hernández? Me animo a proponer que resiste así las restricciones y mecanismos sociales que, en su niñez y adolescencia, le presionaban a acallar su sexualidad e identidad real. En este sentido, lo personal es político (¡siempre!), y transgredir esas normas son, sin lugar a duda, acciones políticas. Sin embargo, aunque estoy lejos de decir que Hernández no participa en activismo –de hecho, ha estado al frente del Orgullo LGBTQ-- su obra está lejos de ser radical. Al contrario, las imágenes, con todo, son bastante despolitizadas al punto, casi, de lo anodino. O sea, no cuestionan ni el sistema político ni el capitalismo, que subyace todas estas (y muchas otras) formas de opresión y discriminación.

En otras palabras, la obra de Hernández no va más allá de cuestionar, cortésmente casi, la ideología de blancura y el patriarcado heteronormativo. No cuestionan la simbología religiosa tampoco. De hecho, hasta se podría decir que sus imágenes diluyen el conflicto y de cierta manera cosifican a los individuos de maneras que encajan dentro de la óptica comercial, reductiva y comercial del sistema capitalista. ¿Es, por esto, “mala” la obra de Hernández? No. Es hermosa y muestra un talento que llega a la virtuosidad. Como dice el dicho, people have got to make a living, y Eny Hernández es, hoy por hoy --con toda justicia--, uno de los fotógrafos más creativos y cotizados del país (de hecho, tengo varias de sus piezas).

La resistencia es un camino y cada uno de nosotros cuestiona y provoca desde dónde estamos y hasta dónde alcanzamos.

Por otro lado, están las imágenes de Lilo Euler Coy, de su serie Shibari, palabra que se refiere al arte japonés, existente desde hace siglos, de de atar nudos como ritual erótico (en inglés se le dice BDSM bondage). Shibari es, además de una estructura sadomasoquista, hoy día considerado una forma de arte contemporáneo. Su objetivo no es, directamente, un acto sexual tanto como un proceso meditativo, que considera que el placer está en el camino o proceso, más que en llegar a la meta final.

Aunque se podría decir que las imágenes de Euler son, en relación con las de Hernández, harina de otro costal, seré ambigua y diré que lo son, pero … no lo son. Las imágenes de esta serie de Euler, talentoso fotógrafo de larga trayectoria, son de una óptica muy particular--un estilo yo llamaría “antropológico”—y carecen de mistificación o manipulaciones ornamentales. Con eso quiero decir que, en lugar de ofrecer elementos de ensoñación, como la obra de Hernández, más bien azuzan, incomodan y, me atrevería a decir, que esto es parte de su cometido. Son imágenes que existen en el espacio entre documental y arte, entre geometría y representación.

 

Lilo Euler Coy: Shibari

Los modelos de Euler son francamente anónimos, sin rostro, los cuerpos cortados por la cámara y las ligaduras, formando imágenes que juegan más con el Yo/Ego fragmentado, ansioso, que todos llevamos a lo interno (el opuesto a nuestro Yo Ideal arriba mencionado). Al igual que en la obra de Hernández, la mirada es subjetivante (que en el psicoanálisis freudiano, está al mismo nivel que los sueños y las fantasías). Sus imágenes también enfocan puntos erógenos de manera narcisista—después de todo, todos nosotros, dice Freud, llevamos un pequeño narcisista por dentro—pero lo hace de manera escópica, o sea, trozos de cuerpo objetivados como que le enfocáramos a través de un lente.

Y, sin embargo, hay un cuidado delicado, una ternura, diría yo, en la manera en que Euler posiciona y enfoca su imagen. La pasividad de estos modelos es engañosa. Es importante resaltar que estos tipos de dominación son absolutamente consensuados. La agencia, o sea, la intencionalidad y voluntad, se ve en la manera en que los participantes depositan toda su confianza en el fotógrafo—o la persona dominante que está oculta a la vista—para dejarse atar por completo, inutilizados para defenderse, completamente vulnerables, totalmente confiados. Esto es, de cierta manera y al, contrario de la ofrenda de la persona del Juan Diego de Hernández, una especie de ofrenda voluntaria, una ofrenda del Yo.

Lilo Euler Coy: Shibari

Estas, sin embargo, no son imágenes barrocas y, mucho menos, sublimes y románticas. Son cuerpos maniatados, rotos y fragmentados, traen a mente la imaginería de la posguerra latinoamericana, cuando comenzaron a aparecer las fotografías documentando a los capturados y desaparecidos en las prisiones y centros de tortura y, a la vez, los horrores de los cuerpos que aparecen maniatados, destazados, mutilados, cada día en México y Centroamérica. ¿Es esta la intención de Euler? No lo sé, pero lo sea o no, con la violencia que impera en nuestra historia reciente y nuestra sociedad actual, es inevitable que sea una de las primeras cosas que traigan a la mente, dada esta realidad. Con todo, la obra de Lilo Euler es altamente estética, si bien modernista, minimalista, desde su angular geometría hasta la intrincada belleza del shibari, las simétricas ataduras estratégicas y nudos eróticos perfectamente alineados, un arte que Lilo Euler practica.

Otra cuestión que entra en juego en las series de ambos artistas es el asunto del modelo. Ignoro si Eny Hernández contrata modelos profesionales, pero es la impresión que da, al presentar cuerpos muy pulidos y perfectos, que caben casi estereotípicamente dentro de los cánones prevalentes de la industria de la publicidad. Y mientras que Hernández realza el mestizaje—la mera latinidad--de sus modelos, Euler, por otro lado, borra toda posible identificación étnica (¿fetichizadora?) al imprimir en blanco y negro. Sus modelos pudieran ser cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Por otro lado, sus modelos muestran cuerpos que no cumplen con los cánones estéticos prevalentes—son cuerpos más normales, más comunes y quizás por ello, más sensuales--pues son participantes auténticos de la vida sadomasoquista. La perfección está en el shibari, punto focal de la obra.

Ambos artistas, jugando con nociones de fetichismo y deseo, replantean y retan pilares ideológicos que sostienen nuestra cultura. La obra de Hernández ilumina las estructuras religiosas dentro de las cuales se dan ciertos tipos de opresión y, desde esa misma estética, sirve y subvierte, a la vez, la mirada deseante. Euler desafía los parámetros de sexualidad que el sistema capitalista privilegia, aquella que es normada por iglesia y sociedad convencional. La obra de ambos viene desde la resistencia, explora el sexo y deseo desde la mirada diversa y reta las restricciones tradicionalmente impuestas por religión, sociedad y familia a los hombres homosexuales en Guatemala. Ambos transgreden y, al hacerlo, combaten el arcaico y restrictivo orden simbólico que nos rige—y oprime—a todos y todas.

Trudy Mercadal
/

Investigadora y escritora en ciencias sociales. Mi religión son los libros. Curiosa insaciable, amante de la música, artes contemporáneas, el buen comer y viajar. Tras una larga trayectoria de estudios y enseñanza en el extranjero, hice nido en Guatemala.


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