Involucrarnos por mejorar el paisaje puede ser revolucionario

Tengo muy buena memoria, lo cual puede ser útil o ser un estorbo. Por alguna razón recuerdo muy bien la oficina de mi pediatra, especialmente los cuadros que colgaban en la sala de espera. Uno era el de un par de niños vestidos con harapos comiendo fruta.

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Esta es una opinión

La obra de Murillo se exhibe en la Pinacoteca de Munich.

Niños comiendo uvas y melón

No lo sabía, pero fue de las primeras obras de arte que me acompañarían por siempre. Yo tenía siete años y un interés especial por estas cosas y un gusto por las litografías viejas. La obra que veía en cada cita era una reproducción del artista barroco Bartolomé Esteban Murillo llamada “Niños comiendo melón y uvas”, pintada en 1650.

Esta obra forma parte de una categoría pictórica llamada “pintura de género” que se caracteriza por abordar temas comunes, domésticos y cotidianos. Son las favoritas para almanaques, recuerdos y decoraciones gracias a que son ligeras de procesar, tienen una atmósfera relajada y resultan familiares y amistosas.

Aunque nos pueda parecer extraño, este tipo de pinturas no fueron usuales hasta el Barroco (Siglo XVI y XVII, aproximadamente) porque se consideraba que el arte debía tener una intención religiosa o intelectual. Además, quienes podían pagarlas eran los grupos poderosos y a ellos poco les interesaba lo que sucedía fuera de su campo de influencia. Pero el arte no es conceptualmente elitista y la inquietud por liberarlo de esos paradigmas impulsaron observar y plasmar otra cosa: la vida misma.

¿Y por qué es importante? Para responder esta pregunta, destaquemos lo siguiente:

Primero: El arte se vuelve testimonio de su propio tiempo porque el artista puede crearlo a través de la vista de su ventana, de las vivencias u oportunidades que le muestra el momento por casualidad. Por ejemplo, los bodegones de Clara Peeters se consideran fuentes documentales de la dieta de la época, el gusto en utensilios de cocina, la forma de preparar y presentar los alimentos y además de la burguesía que solicitaba este tipo de cuadros.

 

La obra de Clara Peeters (1611), en el Museo del Prado.

Veamos en este cuadro lo exótico de la porcelana china en medio de Europa, igual que las conchas de colores que se traían probablemente de África o América.

Segundo: El arte se universaliza y democratiza al poder ser visto y comprendido por más personas que ven reflejado su propio ser en manos del artista. La academia permite que los talentos que cada maestro descubre sean entrenados en escenas al natural y composiciones sencillas que ejercitan el ojo, la técnica y la sensibilidad.

 

Autorretrato con mi hija, Vigeé Lebrun, 1789.

Tercero: El arte dignifica y visibiliza. Por primera vez se retratan personas que no pueden encargar un cuadro para guardar su memoria. Podemos ver personajes sin poder político, económico o religioso, pero vistos con mérito a su humanidad. También se convierte en denuncia social y política, otra forma de atraer atención a problemas reales y corrientes.

 

La Lechera, Johannes Vermeer, 1658.

Alejadas de otros temas, como la mitología, el historicismo y la religión, las pinturas de género son precursoras de corrientes como el Impresionismo, el Romanticismo, el Realismo, Primitivismo y el arte Naïf que son tendencias que guardan en común la sensibilidad a la atmósfera, la atención al momento y la construcción de una intimidad entre el artista y la obra donde los espectadores somos invitados a participar. No podemos imaginar qué hubiera sido de la invención de la fotografía sin estos precedentes.

 

Madrugada a la ceremonia, Pedro Rafael González Chavajay.

En este 2018 se conmemoran los 400 años del nacimiento de Bartolomé Murillo y en su natal Sevilla se reunirán la mayor cantidad de obras para celebrar su vida y obra. Sin embargo, no nos desanimemos si no podemos viajar hasta allá para verlo. Murillo es un artista que podemos encontrar fácilmente en nuestros contexto, desde la influencia en la iconografía religiosa del barroco que inunda nuestra historia, hasta esas escenas callejeras que vemos todos los días y que tal vez pasan desapercibidas.

 

“Niño y niña comiendo melón y uvas. Reinterpretando a Murillo”, Samuel Monot, 2013.

Encontremos la belleza de lo común en cada instante que podamos y sobre todo, creamos que la sensibilidad nos puede abrir los ojos y transformar la realidad. No veamos con nostalgia o con apatía, involucrarnos por mejorar el paisaje puede ser revolucionario. Hagamos de esto algo cotidiano.

Juan Pablo Hernández
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Guatemala. 1986. Arquitecto por profesión, restaurador por vocación e interiorista de tiempo completo. Dicen que soy sensible como defecto.


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