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Pájaros de ciudad

La luz de las ocho de la mañana se parece a la de las cuatro de la tarde. O al menos en cómo rebota sobre los objetos más artificiales de esta jungla y sobre los rostros que la caminan. Rebota de frente. Aunque por momentos es más blanca, por largos ratos también es más brillante. Lo único diferente a la luz de cuatro de la tarde es que no adormece con brillos dorados las pupilas propicias a la dulzonería. La mía, por ejemplo. Aunque eso sí, la luz de las ocho de la mañana también cruza por olvidadas esquinas grises.

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Esta es una opinión

FOTO: ENGLER GARCÍA

El semáforo da rojo. Me detengo. En la esquina opuesta dos muchachos esperan también. Ellos ya trabajan. Es decir, aún no deberían, pero ya trabajan recogiendo basura. Aún tienen la edad para patear una pelota sin más preocupaciones que la del tiempo que no pasa. Detrás de sus rostros aniñados aún hay risas cándidas y nerviosas.

Llevan consigo una carretilla con un par de costales llenos de hojas aún verdes, de jacarandas aún lilas, de buganvilias aún rosadas. De grama aún olorosa. Los muchachos acarrean los restos de algún jardín con una mejor fortuna que la de sus propias vidas.

Los costales van muy llenos. Los restos del jardín parecen intuir su ruta al fondo del camión amarillo y a la zona tres después. Al Motagua y luego al mar si es que tienen la suerte de acabar en el fondo del barranco. Tal vez por eso intentan el escape y se desparraman justo debajo del semáforo de la esquina. Caen en bloque. No vuelan como las buganvilias ni se mecen como las jacarandas al caer de forma natural. Tan solo caen a velocidad supersónica. La basura se deja caer. Total, ya no hay nada que perder.

Uno de los muchachos, el más bajito, recoge los restos del jardín. Vuelve a llenar los costales, pero en algún momento se detiene. Se ve como indeciso. Intenta cerrar de mejor manera el costal para detener el derrame del jardín. Entonces veo lo que él también ve, entre la basura hay un pájaro que también ha caído del costal. De alas color marrón. De ojos abiertos, pero ya sin destellos. De pico ya silencioso. Un pájaro opaco. Un retablo desechable de un jardín de buena fortuna. Ya un pájaro muerto.

El muchacho recoge los restos del jardín, pero no el pájaro. Pareciera pedirle ayuda al otro muchacho para recoger al pájaro muerto. Ninguno de los dos se atreve siquiera a tocarlo. Se ve que los pone nerviosos y medio sonríen. Parecieran no saber exactamente qué hacer. Después de todo la muerte también puede llegar temprano al amanecer y eso es algo que uno no se espera. O tal vez han visto tantas muertes por sus barrios, pero no la de un pájaro. O tal vez han visto tantos pájaros, pero no uno muerto.

El semáforo y la luz verde me apuran. No sé cómo habrán resuelto poner de nuevo al pájaro muerto en su lugar. Deberían estar pateando una pelota sin que el tiempo pase para llegar a ser grandes, pienso. Me quedan grabadas sus sonrisas y el pájaro muerto, sus sonrisas y el jardín revelándose, sus sonrisas y la luz de siempre. La de esta cotidianidad, la de estas calles, la de estas sombras, la de sus olvidadas esquinas grises.

Engler García
/

Quise ser locutor profesional y no pude, pero fue en una cabina donde aprendí lo que sé de redactar. Abrí un blog para contar lo que veía. Después escribí en Plaza Pública, en un libro y ahora también en Nómada.


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    Alejandro Marré /

    14/10/2019 7:57 PM

    Hermoso y poderoso texto. Felicitaciones maestro Engler.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Sergio Cano /

    11/10/2019 6:31 PM

    Creo que ayer te vi. Ibas montado sobre una bicicleta que intuí liviana y resistente. No se si eras vos, solo te he visto en fotografías y te conozco, porque me encanta tu forma de escribir y como describes, con precisión, las cotidianidades de la jungla en la que vivimos. Quise saludarte, pero pasaste raudo, en la esquina de la 18 calle y 9a. avenida, la lluvia seguía tu ruta y creo, que tratabas de ganarle la partida. Oscurecía y mientras esperaba el bus, rodeado de cientos de personas anónimas, tan solo acerté a pensar: ahí va un buen escritor. Saludos Engler, sigue escribiendo, porque habemos algunos, que todavía disfrutamos de la lectura de una crónica, en la soledad de nuestras vidas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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