Un pastelazo al ejercicio intolerante de la crítica

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Esta es una opinión

Meme dedicado a Avelina Lesper.

Imagen: www.tumblr.com/tagged/memes-literarios

La tolerancia a la crítica.

El límite al crítico.

La libertad de expresión.

La agresión como vehículo.

La violencia como fracaso.

El arte como víctima.

El domingo 5 de agosto, la famosa crítica de arte mexicana Avelina Lésper convocó a una charla en el Museo de la Ciudad de México sobre el grafiti. Al finalizar el evento fue agredida por un grupo de grafiteros que le arrojaron un pastel a la cara. Humillada, fue escoltada por staff a la salida mientras intentaba cubrirse el rostro, pero ya circulaban fotos por redes sociales donde se veía cubierta de turrón con una mirada asustada y rabiosa.

Pero ¿quién es Avelina Lésper y por qué la agredieron así? Dentro del campo de la crítica de arte, Avelina es una notable figura con un discurso que, a mí parecer, es lamentable. Autora prolífica de varios textos y un libro titulado “El Fraude del Arte Contemporáneo”, además de contar con muchas entrevistas en televisión, programas de radio y podcasts, es fuente de consulta constante para prensa y medios especializados. Lésper es la figura para crear polémica por sus ideas tan rígidas sobre la generación del fenómeno artístico.

 

Ilustración de Avelina Lésper. Firmado por Poper.

Avelina Lésper asegura que el arte tiene reglas y que una obra debe rellenar ciertas casillas para que su autor sea considerado artista, también asegura que el arte contemporáneo no es más que un engaño creado por galeristas y curadores corruptos que especulan con piezas que carecen de valor artístico solo por fines lucrativos y sociales. Su cruzada contra lo que ella misma ha llamado “arte VIP (Video, Instalación, Performance)” ha llegado a un nivel que raya en lo ridículo.

Dentro de todo el conjunto de ideas que conforma su cuadro de pensamiento, recientemente emitió comentarios lamentables sobre el grafiti en respuesta reactiva a una pared que decía “¡Avelina Lesper me la pelas!”(sic), diciendo frases como: “El grafiti no es arte. El grafiti es un acto vandálico de subnormales. Debería estar prohibido por ley…” estas palabras provocativas y poco racionales le explotaron en la cara unos días después en forma de un pastelazo. Ambos hechos son penosos.

Lésper posando junto al grafiti que la menciona. Tomada de www.milenio.com

Y el problema aquí está en la intolerancia de ambas partes, ni Avelina tiene derecho a calificar como subnormales a las personas que hacen grafiti, especialmente cuando existen exponentes importantísimos de esta técnica, ni la comunidad de grafiteros puede agredir a una persona como una forma de censura a sus ideas. El que se enoja, pierde, y en este pleito quien salió perdiendo fue el arte. Por una parte, bastará este hecho para continuar estigmatizando el dibujo urbano como una forma de vandalización en lugar de una expresión honesta de una situación actual y por otro lado se condicionará la libertad de expresión del crítico artístico a consecuencias de humillación y agresión según la forma en que se le califique por una comunidad creativa. Basta, el siguiente paso es la censura, retroceder.

“Niños Acarreando Agua”. James Lesjak. 2015

Sé que la relación entre crítica y arte es conflictiva, y que Avelina Lésper tiene razón en muchos argumentos sobre el ambiente comercial del arte actual, pero también estoy seguro que se equivoca y que el arte contemporáneo existe porque en ningún momento desde el inicio de la humanidad hemos sido incapaces de producir arte. ¿Qué egoísmo quiere negar esa capacidad de innovación del que la humanidad nunca ha carecido?

En todas las etapas históricas ha habido obras artísticas buenas y representativas que se convierte en inmortales, así como piezas intrascendentes, desechables y recicladas que no vale la pena incluir en ningún catálogo porque la misma historia se deshace de ellas. Creo que un gran problema en este conflicto es el hecho de que tanto Avelina se empeña en fijarse únicamente en las obras maestras, como los artistas contemporáneos se exaltan de su talento sin revisar más allá de su contexto cercano en búsqueda del pase a la trascendencia.

No soy quien para conciliar ambas partes, mi carrera apenas empieza en comparación a la de Lésper y mis conocimientos los reconozco como limitados, pero también soy un crítico con un pensamiento propio y que me preocupa que estos hechos se reproduzcan en otros círculos y circunstancias.

Luego del pastelazo, la crítica que protagoniza este texto ha dado múltiples declaraciones donde siempre afirma: “Avelina Lésper no se la pela a nadie” y no debería, pero tampoco el arte debería fijarse en palabras tercas cuando su fin es la expresión emotiva de pensamientos creativo. Aunque el arte (en su faceta política, por ejemplo) muestre y denuncie violencia, no puede llegar a herir porque degenera su discurso. Creo firmemente que el arte es capaz de trasgredir, no de agredir, si una obra ofende al espectador, al sistema que la concibió o al momento histórico que atraviesa, es porque su mensaje ha sido transmitido eficazmente por el autor y provoca sentimientos que pueden llegar a desestabilizar desde posturas filósoficas hasta sistemas políticos. Pienso en aquella famosa anécdota que cuenta que cuando la casa de Picasso fue registrada por militares y encontraron el Guernica, le preguntaron: “¿Usted pintó esto?” a lo que el artista español constestó: “No. Han sido ustedes.”

“Guernica”. Pablo Ruiz Picasso. 1937

Juan Pablo Hernández
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Guatemala. 1986. Arquitecto por profesión, restaurador por vocación e interiorista de tiempo completo. Dicen que soy sensible como defecto.


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