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América Central: Fuimos el mar. Ahora somos caníbales (I)

Podría pensarse que los seres humanos que han desplegado su vida, su amor y su llanto en la porción central del continente americano nada conservan en su memoria de este origen tan oscuro y tan remoto. Sin embargo, los antiguos habitantes de la zona montañosa de Palenque, uno de los sitios mayas clásicos mejor conocidos del altiplano chiapaneco, identificaron una serie de canteras que contenían restos fósiles de tiburones, mantarrayas y peces que no correspondían con el paisaje que les rodeaba.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Una mantarraya.

Foto: miguel birostris

Los mapas sitúan con precisión al territorio guatemalteco en América Central, esa delgada lengua de tierra que une las dos grandes masas del continente americano. Antes de ser istmo, estas tierras fueron islas. Antes de ser islas fueron mar.

La Tierra es un ser vivo, y como tal se comporta. A lo largo de millones y millones de años, gracias a una serie ininterrumpida de procesos sumamente complejos en los que intervienen enormes cantidades energía, este planeta –que habitamos como un cáncer– ha ido adoptando la forma con que actualmente lo conocemos.

Una serie de placas que flotan y danzan perpetuamente sobre un mar de roca fundida (así de deslumbrantes son las certezas que nos brinda la Ciencia) determinan y moldean con la violencia de sus choques los suelos que pisamos y los mares que nos rodean. Hace 160 millones de años, por ejemplo, América del Sur y África eran una misma cosa. Sesenta millones de años después los grandes bloques continentales se fracturaron e iniciaron su desplazamiento. América Central era entonces el fondo de un lecho marino.

El núcleo del istmo centroamericano, eso que ahora conforma los altiplanos de Chiapas y Guatemala, así como algunas partes de Honduras, El Salvador y Nicaragua, empieza a emerger hace aproximadamente 80 millones de años, en forma de pequeños islotes que se alzan y se extienden por la intensa actividad volcánica y por las violentas colisiones que desde la profundidad terrestre empiezan a conformar nuevas superficies. Este suelo, en su delgadez y su aparente fragilidad, nació de una fisura. Nació de la violencia y el impacto de la tierra con la tierra. Nació del agua, del fuego y del estruendo.

Podría pensarse que los seres humanos que han desplegado su vida, su amor y su llanto en la porción central del continente americano nada conservan en su memoria de este origen tan oscuro y tan remoto. Sin embargo, los antiguos habitantes de la zona montañosa de Palenque, uno de los sitios mayas clásicos mejor conocidos del altiplano chiapaneco, identificaron una serie de canteras que contenían restos fósiles de tiburones, mantarrayas y peces que no correspondían con el paisaje que les rodeaba. Vincularon dichos restos a sus actividades constructivas, ceremoniales y funerarias, y configuraron una visión del mundo para explicar su origen y el origen de su entorno.

 

Un fósil encontrado en Palenque, casi en la frontera con Guatemala.

Un fósil encontrado en Palenque, casi en la frontera con Guatemala.

Las evidencias de ese proceso de asimilación simbólica se traducen en el hallazgo arqueológico de elaboradas ofrendas que incluyen dientes y vértebras de tiburón, espinas de mantarraya y peces fosilizados en lajas de piedra caliza. Estas ofrendas suelen encontrarse en contextos rituales o funerarios, en el interior de vasos y cuencos cerámicos cuidadosamente colocados, que dan cuenta de su sacralidad. Algunas lajas con peces fósiles fueron utilizadas, incluso, como elementos decorativos en construcciones de carácter público y como tapaderas para las tumbas de personajes de élite.

Por otro lado, el discurso cosmogónico y la iconografía de ciertas deidades relacionadas de una u otra forma con el origen del cosmos incluyen, como atributo distintivo, los mismos dientes de tiburón, las mismas espinas de mantarraya que nos remiten a las profundidades marinas. No es casualidad entonces que la concepción de un pasado remoto que se inicia en el fondo de un mar primordial (del cual emergen las superficies en donde se desarrollará la vida) se haya producido en un contexto cercano a los escasos pero significativos testimonios fósiles de nuestro pasado abisal.

Esa explicación del origen es una de las raíces más hondas –y, por tanto, menos visibles– de nuestra cultura. Poco a poco, y no sin esfuerzo, hemos comprendido que los discursos cosmogónicos elaborados colectiva, anónima y ancestralmente por los pueblos que han ocupado las mismas tierras que ahora ocupamos nosotros, tienen mucho que decir respecto a nuestra particular forma de ser en el mundo.

Ahora sabemos, por ejemplo, que los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos imaginaron la tierra como un inmenso cocodrilo, en una metáfora brillante que simboliza al mismo tiempo un origen y un destino. Ellos soñaron ese origen, y nos legaron una instantánea luminosa no únicamente de su imaginación, sino de su notable y profundo conocimiento. Me refiero al Popol Vuh: ese poema, ese canto, ese envoltorio sagrado que será siempre testimonio de cómo se concibe la vida desde esta parte del planeta.

En sus primeras páginas, la voz colectiva y milenaria que habita en el códice nos dice que “Todavía no había aparecido la faz de la Tierra,/ sólo estaba el mar en calma/ al igual que toda la extensión del cielo”. Nos recuerda que “No había nada que estuviera levantado/ sólo agua reposada,/ sólo el mar apacible;/ sólo reposaba la soledad”.

En la oscuridad, en la humedad de un mar inmenso que lo cubría todo, situaron los ancestros el origen de su vida y de los territorios sobre los que desplegarían esa vida. El agente creador, de acuerdo al mito, fue la palabra: el discurso sagrado. Quizá esto último sea testimonio de una intuición que comparto plenamente: la enorme isla que actualmente conforma el continente americano sólo cobra sentido en la palabra que se quema y que florece. En el canto que es capaz de levantar nuevas, fulgurantes geografías.

Luis Méndez Salinas
/

Escribo, reescribo y edito. Estudié arqueología porque me atrae el pasado. Me apasiona el futuro y eso me ha llevado a la escritura. Intuyo que Guatemala sigue siendo una posibilidad, y hacia ella me dirijo. Catafixia Editorial es uno de mis vehículos, así como la escritura en libertad.


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    26/02/2015 8:48 PM

    […] América Central: Fuimos el mar. Ahora somos caníbales (I) […]

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    ANONIMO /

    13/11/2014 2:02 PM

    […] texto es el tercero y último de una serie del autor. El primero fue “America Central: Fuimos al mar. Ahora somos caníbales”, del 29/10/14. El segundo, Las placas tectónicas quizás influyen en nuestro mestizaje, del […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    David /

    09/11/2014 6:09 PM

    Hace algún tiempo, cuando me empezaba a interesar por la utilización de la palabra, junto con mi familia íbamos en camino hacia unos parques acuáticos y comencé a realmente observar las montañas que se encontraban al rededor de la carretera. Y escribí lo siguiente " Cocodrilos dormidos, ocultos por el seno de la naturaleza. La maleza verde, con el paso del tiempo los ha convertido en leyendas de dioses. (Km 60 a 65 a Mazatenango, Puente Chillan) " Lo más interesante es cómo yo , al igual que los mayas pudieron accedar a esas verdades a traves de la metáfora. Casí como unirte a una pre-conciencia en la cual accedes a otros espacios de percepción. El denominador común creo que es la metáfora y la experiencia de hallazgo, y luego viene aquello inefable , la experiencia consciente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    05/11/2014 3:36 PM

    […] texto es la segunda parte de tres de “America Central: Fuimos al mar. Ahora somos caníbales” publicada el pasado 29 de […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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