Apostarle a una cultura de paz es nadar contracorriente

Hace mucho tiempo, perdí el interés en leer notas morbosas sobre homicidios y otras muertes violentas. Es parte de la experiencia de vivir en Guatemala, evitar el mundo para preservar tu salud mental; concretamente, metiendo la cabeza en un hoyo y fingir que no vivimos en una cultura permeada de violencia. Pero el 18 de junio y el 4 de julio, las noticias sobre Ángel Escalante me tocaron una fibra muy sensible.

Cotidianidad n135 Opinión P369
Esta es una opinión

FOTO: SOY502

Cayó 125 metros por anteponer la vida de alguien más a la propia, una decisión que pocos tendrían la valentía de tomar. Y murió dos semanas después. Pudo haberse salvado si tan solo nuestros hospitales miserables tuvieran medicamentos.

En ningún país, en ninguna sociedad que tiene la pretensión de llamarse a sí misma “civilizada”, podrían suceder tragedias como esta, sin mirarse al espejo y reconocer las profundas heridas que tiene y que subsisten.

Según datos de Plaza Pública, Guatemala tiene un índice de mortalidad por muertes violentas de jóvenes menores de 20 años, situado en 25 decesos por cada mil habitantes. Resulta ser la segunda tasa más alta a nivel mundial, solamente detrás de Honduras. Esto quiere decir que si tomamos como base los datos de la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, de 2011, donde la población del país se estimaba en 14 millones 636 mil habitantes, entonces en 2012 murieron aproximadamente 3,659 jóvenes.

El mismo artículo establece que la mayor causa de muerte entre la juventud es el homicidio, el cual se constituye como la causa en aproximadamente el 45% de los casos de fallecimientos juveniles que se reportaron a la Organización Mundial de la Salud en 2012. Vaya forma de ofrecerle un futuro a la juventud como país.

Pero hay cuestiones en las que no reparamos cuando leemos estadísticas tan atroces. No se nos ocurre que son personas que sufrieron, rieron, amaron y fueron amadas. No reparamos en que algunos sufrieron más de lo necesario, más de lo que cualquier persona debiese sufrir a su corta edad, por causa de vivir en una cultura violenta. Todo esto antes de llegar a ser adultos, dejando un rastro de promesas incumplidas y corazones destrozados por la tragedia de sus muertes. Saber la historia detrás de cada muerte sólo genera un dolor profundo, como me sucedió con Ángel.

Tenía doce años y murió el pasado 4 de julio luego de agonizar dos semanas después de haber sido aventado, como cualquier trozo de basura, al fondo de un barranco. Todo por negarse a matar. Todo por negarse a participar en las consecuencias que la exclusión y marginación han creado en la juventud.

He leído muchos comentarios al respecto en las redes sociales, atribuyéndoles su muerte a “unos hijos de puta sin alma” que deben ser eliminados. ¿De veras? ¿Qué asesinen a los mareros? Vaya forma de promover una cultura de paz. Preferimos combatir la violencia, con más violencia. Entonces, que no importen los discursos sobre el Estado de Derecho, ¡mejor vivamos en una tribu anárquica!

Apostarle a una cultura de paz como joven en una sociedad como la nuestra, es nadar contracorriente. Es ir en contra de la violencia que la sociedad considera como una expresión normal de resolver conflictos y de dominación. Como dice Sandra Luna en su investigación“Experiencia de la masculinidad: La visión de un grupo de hombres guatemaltecos”: “La construcción de la masculinidad tiene el componente de violencia. El hombre es violento, es una característica propia. Ser violento es una característica de ser hombre”. Desde temprano, te inculcan que los problemas se resuelven a golpes. Se te constriñe a demostrar tu masculinidad por medio de la fuerza. Un ejemplo extremo al que puede llegar la presión social por demostrarse “macho”, es la propuesta que le hicieron. Morir o matar. Y él nadó contracorriente: se negó a matar.

He leído varios artículos que lo llaman “héroe”. Tienen razón. Conscientemente, tomó la decisión de ir en contra de la cultura de la violencia. No sé qué razones personales habrá tenido para negarse, superando allí su instinto de autopreservación. No sé si habrá tenido conciencia que el acto de matar consiste en terminar con la vida, con el microcosmos de experiencias vitales de un ser humano, con poner el punto final a una historia. No sé si entendía las implicaciones. Pero decidió negarse. Y en esa negación, en ese “no” que supo que le costaría su vida, él antepuso su existencia ante la de alguien más. Se sacrificó por alguien más.

Y es esto lo que nuestra sociedad necesita: paz. La conciencia de que nuestra vida vale lo mismo que la de otros; es decir, no tiene precio. El hecho de querer mejorar las condiciones de vida de los demás, de erradicar la violencia estructural en nuestra sociedad, es una cuestión tanto de interés propio, como de altruismo. Requiere de empatía, de tener un grado de amor por los demás. Cito a Miguel de Unamuno: “Sólo compadecemos, es decir, amamos, lo que nos es semejante y en cuanto nos lo es y tanto más cuanto más se nos asemeja, y así crece nuestra compasión, y con ella nuestro amor a las cosas a medida que descubrimos las semejanzas que con nosotros tienen. O más bien es el amor mismo, que de suyo tiende a crecer, el que nos revela las semejanzas esas”.

Ojalá la muerte de Ángel resulte en un punto de inflexión. Ojalá su sacrificio haya sido por una sociedad menos violenta, más justa, con menos odio y con más amor.

Se lo debemos.

 

Martín Berganza D.
/

Nacido en el 93. Estudiante de cuarto año de Derecho, muy a su pesar. Mantiene una relación amor-odio con su país, siempre con una intensa curiosidad y deseo de entenderlo. Adora la literatura y la historia. Intenta aprender a vivir. @MB1193.


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    Angel Abandonado /

    16/07/2015 9:35 PM

    Los niños que obedecieron la órden de las maras para disparar,
    también son ángeles abandonados.
    Lo hicieron por miedo (terror) de que mataran a su padres o a sus hermanitos.
    Y murieron linchados, porque no tenían la malicia de los bandidos.
    Después de que se haga la limpieza para tener un mejor gobierno,
    la primera tarea, es limpiar el pais de criminales.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    J.F.G.S /

    14/07/2015 1:05 PM

    Es cierto que hay que combatir la violencia con paz... Es solo que a veces resulta tan difícil ser pacifista cuando matan a tu madre... Tu padre... Hermano... Hermana... La respuesta inmediata será querer la muerte del agresor, querer ser un vengador, por así decirlo.

    Claro, no es el caso de Ángel, a él no le mataron a nadie, antepuso su vida a la de alguien mas y eso se aplaude; pocos lo hubieran hecho. Leí una notica de emisoras unidas y por lo que escribieron, sé que su padre era chofer... Quizá la imagen de su padre fue la que evitó que matara a alguien que se ganaba el pan como su padre.

    Pero volviendo al tema, lo que quiero decir es que a veces es muy fácil decir que combatamos la violencia con paz, pero ¿pensaríamos así cuando matan a nuestra propia madre? ¿Nos sentaríamos en una silla y nos conformaríamos con perdonar? ¿Estaríamos tranquilos mientras el agresor anda vagando en las calles? y de ser atrapado, ¿estaríamos tranquilos de saber que quizá en la prisión tendrá una mejor vida que en las calles, siendo alimentado y mantenido, especializándose aun mas en sus técnicas criminales?

    A esa naturaleza de violencia, de rencor, de pensamiento primitivo es a la que temo... A ese instinto asesino producto del dolor y la venganza que jamás será más débil que decir "Dejémo por La Paz". Temo por la naturaleza humana que es la del mal, la del salvajismo... O quizá, ¿Será solo la naturaleza de las personas en un paiz tercermundista como el nuestro? Guatemala nos está matando.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    11/07/2015 10:37 PM

    No estoy familiarizada con esta parte y por eso mi comentario que antecede aparece como Anónimo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    11/07/2015 10:35 PM

    Gracias Martín. Intenté escribir al respecto y no fui capaz. En cambio tu mos das esta pieza que recoge la esencia humana en la historia. La camisa de fuerza que como sociedad y sistema impusimos a Ángel y a sus victimarios. En efecto, promover la cultura de paz es nadar contra corriente pero vale la pena. Gracias por esta reflexión.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Delia Santana /

    10/07/2015 9:22 PM

    La inseguridad solo se combate con atacar los problemas sociales que nos aquejan, falta de empleo, salud y educación, para mencionar algunos de los mas importantes... no solo es represión como pretendía la "mano dura" que fue dura pero para robar pero cero en seguridad,

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    MT González /

    10/07/2015 9:09 AM

    Ayer conversamos del tema violencia y delincuencia con mis hijos de 6 y 8 años. La primera reacción del pequeño fue la esperada: ¿por qué no los matan mejor?, pero al instante se quedó pensando, sonrió y corrigió: ah, no, porque entonces seria más de lo mismo. Una de las conclusiones a las que llegaron era que había que eliminar todas las armas y únicamente permitir que la policía tenga.
    Como libertaria fue interesante observar la forma en que concluyeron eso y quizá tengan razón y debamos sacrificar cierta libertad personal a cambio de tener paz y seguridad.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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