Cuando pasamos de ser comunidad a turba

Una profunda sensación de comunidad nos lleva a identificarnos como guatemaltecos. Las marchas de este año han sido muestra de ello. De ser ‘población’ nos convertimos en ‘ciudadanos’, algo que para sorpresa de muchos se logró “sin choque sangriento”. Lo diverso, lo múltiple, lo plural se identificó a los “ideales” de una nueva nación que está floreciendo. Esto a la sombra de ideologías que nos han dividido desde siempre.

Cotidianidad n135 Opinión P258
Esta es una opinión

Vehículo incendiado durante el linchamiento del alcalde de Concepción, Sololá.

Foto: Soy502

Una de las diferencias entre los fenómenos de masa pacíficos y los violentos, quizá sea que la identificación no se produce en torno a ideales (ideas), sino a emociones primitivas y poderosas, en donde justamente la capacidad de pensar queda tirada y con ella el pudor, la vergüenza y la culpa.

“El fenómeno del linchamiento contiene una secuencia bien estudiada… Nace de la frustración, se vale del prejuicio y el estigma, busca chivos expiatorios, avanza hasta el odio y culmina en la violencia. Las masas movilizadas (…) eran espoleadas por traumas reales o imaginarios en busca de una nueva identidad, cuyo requisito pasaba por la destrucción de supuestos enemigos, responsables de la desgracia colectiva”, dirá Fidanza en un artículo.

En realidad, los linchamientos corresponden a esos fenómenos de masa en los que, en lugar de funcionar como ‘equipo’, hay un funcionamiento de ‘tumulto’: un ente acéfalo dominado por la ira que envalentona (a la vez que acobarda) a sus miembros. Así, en la turba, se pierden las características de ‘comunidad’.

Antes de los linchamientos no necesariamente existe una noción de grupo. Participar en ellos resulta algo circunstancial. Y si bien hay alguien que prende la chispa, en realidad no hay ningún participante de la turba que sea indispensable. Lo que es necesario es el enardecimiento. He aquí un punto fundamental: de tanta identificación a la ira, el individuo se vuelve anónimo, junto con la difusión de la responsabilidad que se diluye en el refuerzo de unos a otros por eliminar a aquel al que se ha identificado como el enemigo.

No hay premeditación, hay violencia e ira pura: la masa humana en su más cruda expresión. No hay temor de las consecuencias, ni culpa, ni vergüenza, elementos tan importantes para regular las relaciones sociales.

Lo que si encontramos es una sensación de ataque, de haber sido ultrajados. La ira se alimentará de la impotencia, de la falta de consecuencias claras, y aumentará como resultado de las frustraciones que como grupo –y en lo individual– los participantes hayan padecido, sintiéndose víctimas que están vengando una ofensa. Talvez a esto último responde el sentir de algunos en las redes sociales, quienes manifiestan que “Hay que tomar la Ley por propia mano”.

Todos somos propensos a “contaminarnos” con estos fenómenos de masa. Recuerde, por ejemplo, la última vez que fue al estadio, o cuando cantó el himno en la Plaza Central. Habrá que pensar que si es un fenómeno grupal, tendrá mucho que ver con la identidad social del ambiente en que nos desenvolvamos. Piense cuándo fue la última vez que insultó a alguien pensando en que no lo volvería a ver en su vida. Las consecuencias de los actos, la condena social o legal, son poderosos disuasivos de la conducta violenta.

Las manifestaciones pacíficas fueron un producto nuestro. Con ellas logramos agenciarnos de un sentido de comunidad valioso. En esa transformación, será importante pensar que el linchamiento del señor Bacilio Juracán Lejá –tiene nombre, hay que recordarlo– es un síntoma de la población. Como comunidad es valioso que nos hagamos cargo de nuestros padecimientos.

Claudia Castro Ruiz
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Orgullosa guatemalteca. Dice mi mamá que soy heredera de hadas y amazonas, y que soy psicóloga porque no he querido ser psíquica. Me fascina la mente humana. Del mundo y su magia, lo que más me interesa es presentárselo amablemente a mi hija.


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    Mr. Horny /

    16/10/2015 2:42 PM

    Es interesante que todas las ONGs que se "rematan el pecho" al hablar de "genocidio" y las "triste" historia de los años 70 y 80 se queden con el pico cerrado cuando este montón de salvajes queman vivos a sus "paisanos". Pero bueno, así es la vida en los pueblos de occidente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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