¿Existe un arte centroamericano?

Vivo en Paris desde ya dos tercios de mi vida, pero Guatemala sigue habitándome. En cuanto el tiempo y el banco me lo permiten, regreso imantada por mis raíces, que con el paso del tiempo se vuelven cada vez más amplias: cada vez las siento más al norte y más al sur. Este año, en mi sagrada y acelerada temporada en Guatemala, pude rascar de mi tiempo tres días para un peregrinaje a la Bienal Centroamericana. Hace dos años pude visitar la que se llevó a cabo en Guatemala y me prometí no dejar pasar la ocasión de tomar ese pulso del arte de la región mágica y turbulenta que me vió nacer y que me inspira hasta el otro lado del charco.

Cotidianidad Opinión
Esta es una opinión

Logo de la Bienal

Rumbo a Costa Rica, en el Aeropuerto Monseñor Romero, me da tiempo de comerme una pupusa que me sabe a gloria, y de escuchar una versión más de nuestro variopinto español. Nos vuelven a subir: otra hora y media más de vuelo. En el avión se oyen ya los “mae”, los “mano” y los “majes”, mezclados con muchos “vos” que la Real Academia enviaría directo al Tribunal de la Divina Inquisición. Desde arriba se divisan como parches los campos de maíz, de pueblitos, de barrancos, montañas, ríos y volcanes, nubes oscuras y luego el “azul bandera” de ese cielo que tanto se añora cuando se está lejos. Desde arriba no se ven las fronteras.

Centroamérica. Esa tierra puente entre dos continentes, entre dos océanos. Tierra joven, por su geología y su población. Tierra convulsa, por sus volcanes y sus políticos. ¿Qué más nos une?

Ciertamente ha habido esfuerzos políticos para unificar, desde la Colonia hasta los procesos de Paz. Todos los 15 de septiembre desde hace 195 años, las antorchas siguen recorriendo el Istmo, festejando la misma Independencia desde Retalhuleu hasta Puerto Limón. Los quince años (1824-39) de la República Federal de Centroamérica fueron seguidos por los tres de la Confederación Centroamericana (que unía a El Salvador, Honduras y Nicaragua, de 1842 a 1845): ambas utopías que, sin embargo, llegaron a ser realidad. Los acuerdos de Esquipulas, firmados recién acabada la Guerra Fria, le mostraron al mundo que Centroamérica no necesitaba de ninguna potencia para tomar en mano su pacificación.

El Parlacen, el Consejo Monetario Centroamericano, la Corte Centroamericana de Justicia o la SIECA son instituciones nacidas en el siglo XX, que si bien son motivo de burla para más de alguno pues han perdido credibilidad, son portadores –al menos en su concepto– de ese ideal que soñó un día Francisco Morazán.

Recién salida del aeropuerto Juan Santamaría en San José Costa Rica, empiezo a sentir en mi piel una ceniza que va penetrando hasta en mi nariz, mi garganta, mis pupilas. “El Turrialba” me dicen, señalando al Volcán que domina el paisaje. Veo la nube enorme, oscura: es lluvia de cenizas que fertiliza la tierra y paraliza la ciudad. No podía haber soñado una bienvenida más explosiva.

Pasé dos días recorriendo las diferentes sedes, conociendo a artistas y organizadores, platicando con el curador costarricense Edgar León, leyendo, viendo y tomando notas mientras intentaba proteger mi cámara de las cenizas despiadadas.

La Bienal es otra de esas utopías que mencionaba, una que tiene el mérito de la continuidad y del crecimiento. La idea nació en los idealistas años 70’s, y aunque se quedó en desuso hasta la década de los 90, fue rescatada al despertar de las pesadillas (la posguerra).

En 1998, la Fundación Paiz organiza en el Centro Cultural Miguel Angel Asturias la 1ª Bienal de Pintura del Istmo Centroamericano. Esta idea habría nacido en un avión, donde dicen que dos grandes empresarios centroamericanos soñaron juntos con una unión mediante el arte. No sé si sea cierta la leyenda, pero la idea me agrada. “Desde arriba no se ven las fronteras”, ¿cierto?

Desde entonces, la cita artística se ha ganado el título de Bienal: los organizadores han logrado, en un milagroso trabajo de equipo, el reto de instituir una muestra de arte contemporáneo del Istmo que se realiza de forma rotativa en cada país de la región cada dos años. El anfitrión (Fundación Banco Promérica en Honduras, El Salvador, Nicaragua y Panamá, Empresarios por el Arte en Costa Rica, y Fundación Paiz para Guatemala) produce la Bienal que le toca, apoyado por un numero siempre creciente de patrocinadores. Generalmente cada país propone a seis artistas sobresalientes, sumando así 36 “embajadores” artísticos de la región. Las exposiciones son ideadas por un/a curador/a general. De “Bienal de Pintura” pasó a ser “Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano” (BAVIC), y este año se acortó a “Bienal Centroamericana”.

Así llegamos a “La Décima”. Cojeando tal vez, con cambios, ajustes y opiniones diversas. Pero los esfuerzos del pasado han dado sus frutos: diez ediciones la hacen ya una institución respetable en el mundo. Para esta edición, la curadora cubana Tamara Díaz Bringas instauró un sistema diferente: nombró a un co-curador por cada país (Marlov Barrios para Guatemala), encargado de invitar a artistas compatriotas, descentralizando así las decisiones y fomentando espacios de encuentros.

“Bordados y desbordes” es la línea directriz de la Bienal, el hilo rojo que la fue tejiendo desde que inició la reflexión. Bordados por los tejidos que se pueden entrelazar entre artistas y expresiones de la región, en la estética, en los procesos, en las temáticas. Desbordes porque en Centroamérica no es válido encasillar nada, y menos el arte. Díaz Bringas afirma, en la entrevista publicada por la Revista “Gimnasia” en agosto de 2015, que esta bienal no se trata de realizar una selección a través de nombres y carreras; sino más bien indagar en los procesos de creación y en los contextos que los vieron nacer.

La curadora Cubana residente en España y Tica de corazón, considera el arte a través de su contexto, afirmando que éste adquiere su sentido desde los medios de producción, los espacios de difusión y los lugares de encuentro con el publico. El título de la Bienal: “Todas las Vidas”, es una invitación a la reflexión sobre las múltiples vidas posibles y reales en Centroamérica, y en el valor que se le da a cada una. Fueron este año 58 los artistas y 12 los proyectos colectivos seleccionados, provenientes de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Vaya reto. “Un despelote”, dicen los organizadores mientras sonríen. Yo solo suspiro imaginándolo.

Tras el desmontaje de la Bienal a inicios de octubre, y ya de regreso a mi cotidiano parisino, no voy a proponer aquí un visita por todas las sedes. Más bien voy a tejer mi propio bordado de lo que vi, de lo que viví y de lo que me marcó.

Para tejer mi trama de “la Décima”, escogí cinco hilos directores:

  1. –Memoria histórica y subjetividad de la Historia
  2. –Mecanismos de poder en la sociedad
  3. –El ser humano ante la Naturaleza: la ilusoria dominación
  4. –Movimientos migratorios: la identidad vivida desde fuera
  5. –La palabra pública: por una expresión mas libre

Cinco hilos que iré desarrollando a lo largo de varias semanas en este espacio, intentando tejer un telar del arte actual en Centroamérica para contestar a la pregunta: ¿Existe el arte Centroamericano? ¿Qué nos une, en las temáticas y la estética?

Y ojalá que las obras sigan bordando en las mentes de mis lectores y, sobretodo, desbordando de ellas.

 

Christina Chirouze
/

Chapina parisina. Gestora cultural de La Caféothèque. Entre bibliotecas académicas, vagabundeos urbanos y viajes mochileros, sintetizó su pasión por el arte en general, y en especial el de Centroamérica.


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