La era en que la telepatía
se hizo realidad

Era una de esas reuniones que se vuelven aburridas después de veinte minutos. Cada uno reporta lo que hizo en la semana y los demás escuchan. En medio de la discusión de un informe técnico, dos integrantes del grupo tenían la mente en otro lugar. Hacían comentarios esporádicos para que nadie sospechara nada. Lo que ocurría en realidad era que compartían otro nivel de comunicación. Aquello era la encarnación de la telepatía.

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Esta es una opinión

Silicio, plástico y metal. Foto: Commons Wikimedia

Mientras todos se comunicaban usando la voz y los oídos, Andrés y Boris transmitían sus pensamientos de uno a otro sin que nadie lo percibiera. Los demás hablaban de métodos de implementación de nuevas políticas de mercadeo, al mismo tiempo que ellos ya habían acordado fingir una llamada telefónica. Andrés iba a pasar más temprano por su hijo al colegio pero como tenía el carro en el taller, Boris le haría el favor de darle jalón. Era una treta mal hecha para escapar de la reunión.

Dos minutos después, Boris marcó el número de celular de Andrés. Actuaron de acuerdo al plan. Se retiraron de la reunión y se fueron al bar de costumbre. Nadie se dio cuenta. Nadie lo notó. De hecho, todos estaban haciendo lo mismo: usaban su poder telepático para conectar su mente con la de alguien más cada vez que se aburrían en la reunión.

Los nombres de la historia son ficticios, pero los hemos repetido todos en alguna ocasión. Aunque no sepamos que estamos haciendo un uso premeditado y casi inconsciente de la telepatía.

Aquello era la encarnación de la telepatía, vuelvo a decir, pero no con carne hecha de proteínas y compuestos de carbono, como aquello que todos somos. La telepatía tiene músculos y órganos hechos de silicio, plástico y metal.

Lo que Andrés y Boris tenían, igual que todos en nuestras reuniones familiares y de trabajo, son pequeños dispositivos accionados a voluntad, conectados entre sí por medio de impulsos electromagnéticos que viajan a la velocidad de la luz por todo el espacio y en todas direcciones. Cada dispositivo tiene un identificador único. Un mensaje se puede codificar en estos impulsos para ser entregado con precisión infalible a su destinatario, atravesando una telaraña densa de fugaces pensamientos en clave, que ocupan el mismo lugar al mismo tiempo sin distorsionarse los unos a otros.

Lo que Andrés y Boris tienen son teléfonos celulares. La implementación de la telepatía la hemos logrado con circuitos electrónicos y ondas electromagnéticas. Los humanos hemos llegado al momento en la historia en el que hemos logrado lo más cercano al poder telepático.

Enviar mensajes de texto o chatear por el celular se ha vuelto tan común que se encuentra entre las cosas más triviales, sin tomarnos un minuto a pensar en lo que tal proceso requiere. No es fácil ni insignificante, porque si lo fuera no tendríamos que haber esperado hasta este punto en la civilización para tenerlo. Nuestro nuevo súperpoder descansa en los experimentos con cables, baterías e imanes de hace unos 180 años de Michael Faraday y en la formulación matemática de James Clerk Maxwell: ecuaciones que nos permiten diseñar y construir aparatos para transmitir mensajes usando ondas electromagnéticas.

Por medio de matemáticas, Maxwell encontró que el campo magnético de un imán en movimiento puede generar un campo eléctrico y viceversa: una carga eléctrica en movimiento puede generar un campo magnético. Al agitar las cargas eléctricas en un cable se crean campos eléctricos y magnéticos que viajan entrelazados a una velocidad que podemos calcular y resulta ser, precisamente, la velocidad de la luz. A eso le llamamos una onda electromagnética. Fue la primera vez que alguien pensara en la luz como una manifestación eléctrica y magnética.

De allí en adelante, a finales del siglo XIX, el resto es historia. Nuestro presente y futuro son sostenidos por las gruesas columnas del descubrimiento, entendimiento, búsqueda e innovación científica.

Laboratorio de Michael Faraday. Aquí empezó la investigación para que hoy tuviéramos teléfonos celulares y todo lo que funciona con electricidad.

Un laboratorio de Faraday. Foto: Thinglink.com

Un laboratorio de Faraday. Foto: Thinglink.com

La tecnología es magia

Existe algo llamado las tres leyes de Clarke, atribuidas al físico y escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke. La tercera de ellas dice: «Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Eso es lo que nosotros poseemos: el conocimiento necesario para que un habitante del siglo XIX considere nuestra tecnología como magia.

La próxima vez que estemos aburridos en una reunión y empecemos a chatear, recordemos que ese aparatito, acurrucado en nuestras manos, ha hecho realidad una fantasía: comunicar nuestros pensamientos sin que nadie se de cuenta de ello. Vivimos en la época en que los humanos hemos adquirido el poder de la telepatía.

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Enrique Pazos
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Enrique Pazos. Físico, protector de la verdad y viajero del tiempo. Profesor de física y matemática en la Universidad de San Carlos. Montañista de a ratos, curioso de tiempo completo. @enriquepazos


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COMENTARIOS

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    Alejandro Morales /

    18/08/2014 2:48 PM

    Que mágica descripción de uno de los medios de comunicación, y son cosas que la gente no se detiene a pensar y tu artículo creo que permite que se dé esa reflexión. Me gustó mucho.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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