La vergüenza ajena nos paraliza, y los políticos lo saben

La campaña anticipada me simplificó la vida. Es algo así como un sistema de exclusión por falla: El candidato, partido político o cualquier persona que viole la ley en mis narices con vallas gigantes, con mensajes en radio y televisión, y en una expresión de descaro flagrante no tiene mi voto. Lo admito, decirlo me ha provocado discusiones enardecidas y desaprobaciones.

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Esta es una opinión

El nuevo traje del Emperador. labalsadelanostromo.wordpress.com

El punto no es mi sistema de elección de candidatos, sino en lo absurdo que caemos al hacernos “de la vista gorda” e ignorar concientemente algo tan público y escandaloso. ¡Declaran, publican y publicitan su ilegalidad!

Esta situación me acuerda el cuento de aquel emperador que, estafado, sale desnudo a lucir su traje de finísimos hilos, tan finos, se decía, que sólo las personas inteligentes podían ver la tela. Entre la multitud, un niño grita: “!El Emperador está desnudo!”, declara lo evidente y levanta el velo de la multitud que ahora podía volver a confiar en su percepción y burlarse del absurdo.

Cuando veo las vallas con modificaciones ridículas para justificar la campaña anticipada, la incompetencia del TSE para ejercer la ley, lo ofensivo de los argumentos de los abogados para defender lo indefendible, etcétera, me pongo a pensar en el doloroso efecto de la luz intensa dirigida a nuestros ojos.

¿Es la intensidad de lo que representa esta campaña anticipada (y nuestro sistema legal y político) lo que hace que nos sea insoportable verla directamente y nos escudemos en desviar la mirada con lentes de justificaciones para mitigar la desagradable sensación de impotencia? ¿Será que de tanta luz (evidencia) no podemos ver? ¿Estaremos ya tan acostumbrados a estas manipulaciones que pueden ser molestas, pero no del todo indignantes? Y si no vemos para dónde vamos, ¿cómo salimos de dónde estamos?

Los políticos me hacen pensar en exhibicionistas. Me refiero a esos personajes enfermos que de pronto nos enseñan de manera violatoria sus genitales.

La apuesta es generar susto y vergüenza por parte de su “víctima”, de modo tal que este ataque visual paraliza al que lo observa. El sinvergüenza genera vergüenza a su víctima y así la somete, lo convierte en un observador pasivo.  La cuestión sería así: tendemos a poner vergüenza donde justamente a alguien le falta.

Aclarando el punto: ¿qué diferencia nuestra reacción de risa cuando a alguien se le baja la bragueta accidentalmente a la de horror cuando a alguien se la baja intencionalmente? Que ambas situaciones evocan vergüenza, y si en la interacción alguien no la tiene, nosotros la pondremos por ellos. Si yo me río del exhibicionista, siguiendo este punto, le quito su poder sobre mí.

¿Serán estas campañas perversiones y por eso no nos indignan sino nos humillan? ¿Por qué en lugar de invitarnos a la acción, nos quedamos en un estado pasivo de resignación?

En un país menos lastimado, ¿no sería esta violación (visual, auditiva, sensorial) lo que haría que rechazáramos a un candidato? ¿Seremos presas de exhibicionistas perversos que nos victimizan al punto de la parálisis visual y moral?

¿Por qué no podemos ver? Mi fascinación con los cómo tiene que ver con mi formación clínica. Si entendemos las razones, transformamos los resultados.

En mi quehacer diario, cuando un paciente se acerca a consulta, no es que yo conozca algo de su vida. Yo no le digo nada nuevo sino se lo digo de una nueva manera: una manera que está diseñada para que se re-conozca (pues ya conoce de sí) y de allí tome decisiones. Es decir, la persona que consulta habita cotidianamente con lo que lo hace sufrir, aquello que aunque incómodo le es conocido, y ante la incertidumbre del cambio, co-habita con ello.

Expuesto lo anterior, sólo me queda decir: “Señores:¡El emperador está desnudo!”

 

 

Claudia Castro Ruiz
/

Orgullosa guatemalteca. Dice mi mamá que soy heredera de hadas y amazonas, y que soy psicóloga porque no he querido ser psíquica. Me fascina la mente humana. Del mundo y su magia, lo que más me interesa es presentárselo amablemente a mi hija.


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    José Alfredo Calderón E. /

    30/03/2015 7:44 PM

    Me encantó la forma y para que me encante también el fondo, solo haría una acotación: Este no es un país de verdad. Es lo más parecido a una comarca, un territorio modesto con montón de gente mas no ciudadanos. Pero un amigo tiene una definición mejor: Arrabal. Dicho esto, nuestra rabia (la de un pushito que somos ciudadanos), la falta de futuro y la indolencia de la masa vergonzosamente mayoritaria, se explican fácil.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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