Lo que mi madre nos contaba para que supiéramos y no repitiéramos

En casa, ni a mis hermanas ni a mí nos enseñaron o inculcaron la costumbre de callar cuando los mayores hablaban entre sí. Por ello, cada uno de nosotros, sin pena, solía plantear su opinión sobre lo que sucedía dentro o fuera de aquella vivienda de un barrio popular de la zona 18 de la Ciudad de Guatemala. Alguna vez una vecina, como tratando de entender por qué no fue igual en su familia, afirmó que una de nuestras características era que no teníamos miedo de hablar. Nunca lo tuvimos.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

La residencia de Oliverio Castañeda, en el parque San Sebastián.

Fotos: Carlos Sebastián

La voz de mi abuela, que apenas se detiene en el recuerdo como consecuencia de sus casi tres décadas de ausencia, era fuerte, contundente, directa y sin freno. Y mi padre, que se gastó hasta el último segundo de su vida en el trabajo, era gritón, reía a carcajadas y pocas veces dejó de indagar sobre los temas que no comprendía.

Pero la voz de mi mamá era la que más variaciones presentaba. A veces, durante las comidas, mientras caminábamos buscando la camioneta que nos llevaba del colegio a la casa o cuando estaba segura que nadie más la escuchaba, nos hablaba en susurros sobre lo que había pasado con sus compañeros y amigos de trabajo. Esas palabras, que necesitaban existir con voz propia, sí estaban cargadas de miedo: “Esto que les cuento, nunca se lo digan a nadie”, decía.  Sin embargo, la rebeldía era la protagonista de sus historias y esconderlas, desde entonces, resultaba ser una paradoja.

Mi mamá necesitaba narrar el esfuerzo de muchas personas que conoció y con las que estableció amistad, durante los últimos años de la década de 1970 y los primeros de la de 1980, promoviendo la organización sindical y el mejoramiento de las condiciones de trabajo de la población guatemalteca.

Ella hablaba, siempre quedita, como si alguien la estuviera escuchando, sobre las huelgas, la redacción y presentación de recursos de exhibición personal a favor de sus compañeros detenidos, las declaraciones falsas ante la Policía Nacional para lograr la liberación de quienes se encontraban en prisión por delitos políticos, la entrega de volantes con mensajes opositores a la dictadura militar y a favor de la democracia, el cambio constante de la sede de la Central Nacional de Trabajadores (CNT) ante la vigilancia y el inminente ataque de los cuerpos de represión estatal…

Y ella quería seguir hablando, pero esta vez con la voz aún más apagada, sobre el velorio del dirigente estudiantil Oliverio Castañeda de León, asesinado durante el gobierno de facto de Romeo Lucas García; o sobre los asesinatos de los dirigentes sindicales Marlon Mendizábal, Pedro Quevedo y Manuel Balán; o sobre el exilio de Israel Márquez quien, al parecer, jamás regresó a Guatemala; o sobre las detenciones y desapariciones, aún sin resolver en nuestros días, de Florencia Xocop, Yolanda Urízar, Bernardo Marroquín y Manuel Bejarano.

Fue entonces cuando comprendí que hay historias que merecen ser contadas, experiencias que han marcado rumbo, situaciones que deben ser motivo de reflexión para entender nuestro presente y construir un futuro con posibilidades de garantizar la vida y la dignidad de las personas.

Las historias de mi mamá eran, en síntesis, sobre gritos apagados por un sistema que impone el silencio de cualquier voz que no se acople al coro que fortalece, legitima y reproduce este sistema de exclusión, desigualdad e impunidad. Una sociedad que todavía reprende y desprecia al pensamiento crítico, a las voces diversas y a la organización y apuesta por la mera descripción de los hechos para generar parálisis, dispersión y el individualismo extremo.

Por ello mi interés y compromiso por las palabras y las voces que van por la vida, aquellas que evidencian la injusticia y luchan por el fortalecimiento de la democracia, la construcción y participación ciudadana y política, el reconocimiento pleno de la diversidad de las personas y la vigencia de los derechos humanos. Por eso mis estudios de periodismo y sociología, porque necesité contar con las herramientas necesarias para entender y comprender lo que me producía indignación.

Ahora, a pesar de la irrupción de las redes sociales y de esa aparente posibilidad infinita de plantear las ideas, la posibilidad de la palabra es, todavía, un privilegio que asumo con alegría.

 

Ricardo Marroquín
/

Soy periodista, comunicador social, catedrático universitario, con una maestría en Estudios Estratégicos y en proceso de elaboración de la tesis de Sociología. Soy, además de fanático de los rompecabezas de mapas antiguos, cinéfilo y lector permanente de literatura, historia, periodismo y teoría social.


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    Olga Villalta /

    17/05/2017 12:14 PM

    Felicitaciones Ricardo. La palabra articulada, fundamentada y con argumentación es necesaria en nuestro país. Necesitamos voces como la tuya que vienen con la estafeta heredada de los ancestros.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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