No comemos por hambre; es por falta de afecto

Nuestro primer contacto con el mundo es con la comida y con la comida a través de la madre. Y aquí es en donde el tema se pone complicado, comer tiene que ver tanto con necesidades físicas, como con necesidades emocionales, porque en este primer contacto, ambos quedaron irremediablemente asociados

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Esta es una opinión

Tamal guatemalteco

Foto Latin News

En lugar de la “Guadalupe-Reyes” propuesta por los mexicanos, el tema que me inquieta le podría llamar “Embutir fiambre-amarrar el tamal/sentirse buñuelo”. Haría alusión a que, en definitiva, estas épocas evocan nuestra “oralidad”, sea por la bebida (tema a retomar en otro momento) y/o por la comida.

Explicaciones habrá más inteligentes y profundas de las que propongo, pero recuerdo que, alrededor de los 13 años (en mi etapa asceta), me llamó la atención cómo los anuncios de cerveza eran más frecuentes en las navidades y en Semana Santa. Entonces, me indignaba que las épocas relacionadas con Jesús (su nacimiento y su muerte) eran de alto consumo de alcohol. Ahora he pensado que son épocas en las que, por lo general, pasamos más tiempo en familia y, francamente, entiendo lo ansioso y nostálgico que estas situaciones familiares pueden llegar a ser. Nos recuerdan a infancia, a muchos de maneras muy felices, a muchos otros desastrosas.

Una de las maneras más usuales de matizar ansiedad es a través de la comida, recurrimos a ella para satisfacción inmediata, es una manera de hacernos “cariñito”. El alcohol, por su parte si no “cura por lo menos alivia”. La teoría indicaría que tanto comer como “chupar” tienen relación directa con nuestro primer vínculo materno, dicho de manera clara: con la lactancia. A este respecto, bastaría apoyarnos en las maneras cotidianas de hablar: “me la mamé”, “cómeme a besos”, “se tragó el cuento”, “escupió la verdad”, “me harté”, “chupamos fino”, “es una dulzura”, etcétera.

Mi modo de explicarlo es: Nuestro primer contacto con el mundo es con la comida y con la comida a través de la madre. Y aquí es en donde el tema se pone complicado, comer tiene que ver tanto con necesidades físicas, como con necesidades emocionales, porque en este primer contacto, ambos quedaron irremediablemente asociados. Entonces si no podemos acceder a la necesidad más compleja de afecto, tendremos la opción de obtener satisfacción (por parcial y costoso que luego sea) a través de comer.

Imaginemos la típica escena de cualquier película, la patoja corta con el novio, destrozada, come helado a cucharadas del recipiente: Hay algo de comer que nos reconforta. Mucho de lo femenino, asimismo, está más expuesto a los trastornos alimenticios y a una relación “tortuosa” con la comida. Algo de esta explicación la encontraremos si pensamos en las siguientes preguntas: ¿quiénes aparecen en las revistas de hombres? Mujeres y ¿quiénes aparecen en las revistas de mujeres? Mujeres también.

Para otro momento dejaré estos vericuetos de la relación del ideal femenino y sus impactos en las relaciones entre mujeres (nos criticamos por ser madres, por no serlo, por hablar de nuestra sexualidad, por ser pudorosas, etcétera). Hoy me ocupé de las razones por las que el hambre como necesidad fisiológica quedó sepultada en las necesidades insatisfechas de afecto, y cómo en lugar de alimento, o tan siquiera comida, ingerimos culposa, pasiva y mecánicamente “chatarra”, artificial, parcial e impersonal.

Lo que sea que hartamos en los restaurantes de comida rápida, o aún peor, en los autoservicios, poco o nada tiene que ver con lo que antes eran los tiempos de preparación y su expectativa, el sabor y olor a infancia, lamer la cuchara del “recado”. Eran momentos más “orgánicos”.

Aprovenchando las fiestas, habitemos las experiencia de alimentarnos, retomemos el vínculo afectivo de la situación nutricia, con todas sus sensaciones. El olor a la cocina, las noches de frío, la FM Fama en la radio, los tiempos de espera, las lucecitas de los árboles, el hoyito en el corazón de la nostalgia.

Devolvamos el sentido emocional y caldeado del comer para que podamos degustar el fiambre, el tamal y los buñuelos, en lugar de sentirnos culpables y desapropiados de nuestros cuerpos y sus circuitos placenteros y emocionalmente satisfactorios.

Claudia Castro Ruiz
/

Orgullosa guatemalteca. Dice mi mamá que soy heredera de hadas y amazonas, y que soy psicóloga porque no he querido ser psíquica. Me fascina la mente humana. Del mundo y su magia, lo que más me interesa es presentárselo amablemente a mi hija.


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    Pablo González /

    12/12/2014 2:24 PM

    Fantástica columna. Da para un amuhco más larga y sustanciosa. Felicitaciones.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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