Somos caníbales, perforamos con la palabra

Somos caníbales. Devoramos. Hay una fuerza que nos empuja. Consciente o inconscientemente vamos en búsqueda de las pulsiones que se ocultan en cada una de nuestras palabras, así como el geólogo perfora la tierra para entender orígenes lejanos.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

Resulta imprescindible derrumbar el lenguaje, derrumbar los códigos. Nuestra voz es una piedra incandescente que perfora la historia americana. Necesitamos explicar el por qué y el cómo de nuestra existencia individual y colectiva. Necesitamos acceder al núcleo y a la profundidad de los discursos que, durante siglos, han definido nuestro rostro.

Sabemos que el presente no nos basta y aspiramos a un desborde. Sabemos –con Raúl Zurita– que la historia de la América contemporánea parte de un arrasamiento y que nuestra escritura es un retorno permanente hacia ese origen. Sabemos –con Miguel Ángel Asturias, con Alejo Carpentier– que hay un descenso impostergable para rescatar los huesos de nuestros ancestros y entablar el diálogo. Ellos nos han dicho –con sus obras y con sus silencios– que no estamos solos y que nunca lo estaremos.

Con Vallejo aprendimos a llorar por una lengua que nos pertenece y no, una lengua que nos permite nombrar al mundo y conmovernos, pero que ha significado –en su imposición– el sufrimiento de muchísimas personas. Hemos devorado –con Huidobro– todos los significados. Hemos desnudado al lenguaje y lo hemos violentado de tal forma que ya solo quedan ruinas, alaridos, estertores.

Neruda y su Canto general, Cardoza y su Pequeña sinfonía han levantado nuevos mundos, con sus palabras, con sus imágenes, con sus deseos. Su escritura –y la nuestra– es un proceso de destrucción y sanación en simultáneo. Tuvimos una relación traumática con el idioma que nos contiene. Y eso implica también un trauma y una imposibilidad para acceder al mundo.

Sin embargo, somos caníbales. En los lenguajes que hemos fracturado se condensa el sedimento de nuestra dramática historia. Hemos devorado nuestras propias lenguas. Algo brillante como un sol se alza en los nuevos horizontes de este siglo. Algo que nos dice con su luz que no somos mestizos, sino mestizaje: proceso interminable, dialéctico, de múltiples y muy variadas mutaciones.

Somos eso: mestizaje. Culturas mutantes e hibridaciones. Somos la memoria de un deseo. Somos choque, contradicción y síntesis. Somos concreción de la historia, paradigma que renace y se define con sus propios términos. Hemos venido a decir algo. Hemos venido a desmontar la soledad y la tristeza. Creemos en los mitos porque viven en nuestra voz y en nuestra carne.

Apostamos por la rebeldía. Nuestro arte, un arte tan híbrido y delirante como nosotros mismos, es la forma más honesta que tenemos para nombrarnos.Vamos a reconocernos plenamente en nuestra posibilidad y en nuestra ansia. Nuestra escritura y nuestro destino se funden inevitablemente. Vamos en nuestra búsqueda, en nuestra eterna búsqueda para el despliegue definitivo de la plenitud que históricamente nos corresponde.

Ya fuimos el mar. Ya hemos atravesado el doloroso surgimiento de nuestros territorios y nuestras culturas. Hemos visto el choque de nuestros lenguajes y su dialéctica perenne de imposición y resistencia. Las raíces viven, hoy más que nunca. La libertad nos pertenece desde siempre. Hemos cobrado plena conciencia de nuestro destino y de la fuerza telúrica de nuestra voz.

 

*Este texto es el tercero y último de una serie del autor. El primero fue “America Central: Fuimos al mar. Ahora somos caníbales”, del 29/10/14. El segundo, Las placas tectónicas quizás influyen en nuestro mestizaje, del 5/11/14.

 

Luis Méndez Salinas
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Escribo, reescribo y edito. Estudié arqueología porque me atrae el pasado. Me apasiona el futuro y eso me ha llevado a la escritura. Intuyo que Guatemala sigue siendo una posibilidad, y hacia ella me dirijo. Catafixia Editorial es uno de mis vehículos, así como la escritura en libertad.


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